En Santiago acaban de celebrar el Primer Encuentro Nacional Decimero. Aquello fue mucho más que una simple reunión de poetas. Mientras escuchaba nombres, versos, homenajes y recuerdos en el Ateneo Amantes de la Luz, reafirmé una idea: un pueblo avanza cuando reconoce su cultura, conversa sobre ella y encuentra maneras de mostrarla con orgullo.
El encuentro, organizado por el colectivo DeciMás, reunió a 24 decimeros de diversos puntos del país. En la jornada reconocieron a Huchi Lora, Ramón Saba, Jhonny Lama y, de manera póstuma, a José Jáquez. Hubo además un minuto de silencio por Lenia Guzmán, activista cultural cuya memoria estuvo presente en la sala.
Pero lo que más llamó mi atención fue comprobar que la décima sigue viva y que una pléyade de cultores está en la mejor disposición para mantenerla.
Allí, cada poeta llegó con su voz, su forma de apreciar el entorno y su manera particular de combinar palabras. Sin embargo, todos aceptaban una misma regla: diez versos, una métrica y un orden para rimar. Pero esa disciplina, que podría parecer simple exigencia literaria, contiene una enseñanza social importante.
Algunas enseñanzas
Allí reparé en que construir una buena décima requiere mucho más que decir lo primero que llega a la cabeza. Implica escuchar, pensar, ordenar y respetar una estructura. Se me ocurrió que algo parecido necesitamos como sociedad. Podemos tener opiniones distintas, incluso discutir con fuerza, pero necesitamos reglas compartidas que permitan entendernos sin que las diferencias nos separen.
La tradición de la décima demuestra que hasta la confrontación puede transformarse en diálogo. Con cierta frecuencia, versadores se desafían, responden y defienden sus ideas con rima. En esos casos puede haber picardía, crítica y provocación, pero existe un código que respetan: el contrario no tiene que ser enemigo; con él se construye una conversación.
Ahí identifico uno de los mayores aportes del encuentro de Santiago: recordarnos que la cultura popular también enseña ciudadanía.
La décima reúne personas, crea vínculos entre generaciones, da espacio a la memoria y permite que una comunidad se reconozca en sus propias palabras. Cuando alguien recita un verso sobre su barrio, su familia, una injusticia, el amor o la esperanza, otras personas pueden descubrir que también han vivido sentimientos parecidos. Eso crea cohesión social. Nos ayuda a sentir que pertenecemos a algo mayor que nosotros mismos.
También existe una forma de resistencia en conservar la décima. Durante mucho tiempo, algunas manifestaciones populares fueron vistas como inferiores frente a formas culturales consideradas “cultas”. Sin embargo, los poetas populares defendieron sus estructuras, sus maneras de hablar y su derecho a contar el mundo desde su propia experiencia.
Como se puede apreciar, mantener viva la décima significa también defender una parte de nuestra soberanía cultural.
La propuesta de Huchi
Por eso considero muy oportuna la propuesta planteada por Huchi Lora en el encuentro: vincular más la décima con la música. Ahí existe una oportunidad enorme. Si la décima entra con mayor fuerza a escuelas, comunidades, plataformas digitales, festivales y nuevas expresiones musicales, puede acercarse a públicos que hoy apenas la conocen. Entonces, en lugar de exhibir la tradición en una vitrina, lo que necesitamos es mantenerla en movimiento.
Me parece simbólico y muy oportuno que la Ciudad Corazón haya sido punto de reunión para el primer encuentro. Ahora, como torrente por todo el cuerpo, debería ocurrir un movimiento más amplio que conecte poetas, escuelas, gestores culturales, empresas, entidades gubernamentales, universidades, medios de comunicación y organizaciones comunitarias.
Necesitamos más espacios donde jóvenes y adultos aprendan a rimar, pero también a escuchar. Donde puedan defender una idea sin agredir. Donde comprendan que una tradición no pertenece únicamente al pasado, sino que puede ayudarnos a aprovechar el presente para construir futuro.
Esa visita a Santiago me generó una tesis: la décima no es solamente poesía. Creo que la décima es memoria, conversación, disciplina, identidad y encuentro. En una sociedad tan afectada por el ruido, la prisa y la división, sentarnos alrededor de la décima es un gesto trascendente.
Mi más reciente visita a Santiago sirvió para encontrar en la rima una manera de cultivar comunidad. Ojalá que el encuentro decimero organizado por DeciMás sea solo el inicio de una gran cosecha.
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