"Por una de tus venas me iré Cibao adentro". Manuel del Cabral, Carta a Compadre Mon

De pie sobre la acera y aturdido por el disparo del muchacho que le rozó la nuca haciéndole saltar un trozo de piel repleto de pelo hirsuto, fue cuando lo vio venir, hecho una muralla de músculos, resuelto a matar o morir, blandiendo un revólver pavonado de seis balas y empuñadura de nácar. Por un momento se quedó de una pieza, pensando quién era ese que se atrevía enfrentarlo, sin duda tenía que ser alguien con los timbales bien puestos porque ya para esa época su presencia irradiaba tal temor que paralizaba las moscas en pleno vuelo y la gente se quedaba embelesada mirando su casaca de charreteras doradas con la banda presidencial terciada sobre el pecho. Aquello le azoró la sonrisa con la que se despedía del amigo, entonces enseriándose aceptó el reto.

Todavía tuvo tiempo de defenderse sin atinar un solo tiro sobre el gigante que le disparó no una ni dos sino tres veces, como metralla, bang bang bang. El cuarto tiro lo recibió a quemarropa, tan cerquita que logró reconocerlo y hasta llegó a decirle, patinándole la voz, tú, el hijo de Memé Cáceres, ¿por qué me has matado? Con ese último balazo se le descompuso la vida en una baba sanguinolenta. Entonces su cuerpo, negro y aplanado como un grillo, se ladeó sobre la acera con los ojos abiertos y llenos de asombro.

Los disparos alertaron a los esbirros que corrieron a proteger al dictador, en tanto él, riesgosamente petrificado, miraba aquel cuerpo del que brotaba la sangre que fue dibujando una mácula informe sobre el piso hasta que el corazón se detuvo y que resistió duros restregones con lejía y raspados de piedra pómez y justo a los cien días desapareció por sí sola. De soldado bizarro de la Restauración, Lilís había degenerado en los últimos años, convirtiéndose en un ser marrullero y avaricioso, pero ahora con el pecho lleno de hoyos era incapaz como otras tantas de impartir sus alevosas órdenes de muerte. Entonces, garzón mañoso, ¿ʼique no te entraban las balas porque estabas untao? ¿De qué te han valido tus Dragones si ninguno está aquí para cuidarte? Mírate, gran abusador, tan bellaco habías de ser que ni tu madre te quiso criar. ¿No ʼique tenías un arreglo con los brujos de San Juan y Comendador, maldito desgraciao? Fue Jacobito, el del balazo que cepilló la cerviz del tirano, quien lo sacó de su ensimismamiento voceándole desde la otra orilla de la calle Vete Mon, vete.

Así fue que Mon lo mató, me dijo vaciando en los vasos poco menos de media botella de whisky. El alcohol se derramaba sobre el hielo disolviéndolo cuando tuve el pálpito de que no era a mí el primero a quien el hombrecito le echaba el cuento. Era un tipo colorado, cibaeño y de figura mal tramada a quien la camisa le colgaba sobre su cuerpo enjuto y de cuyas mangas sobresalían sus largos brazos, pero en la penumbra en que se hallaba aquella mesa de bar de tercera mostraba su dentadura blanquísima, natural, y tres hebras de pelo encanecido, embadurnado con vaselina. Todo en él aparentaba casi un siglo.

Pocos años más tarde, cuando habían pasado los gobiernos de Jimenes, Horacio y Morales y estaban superadas las contrariedades que trajo la Desunión, ya Mon era presidente al terminar el primer lustro del siglo. De tarde en tarde nos sentábamos con él en el porche de la mansión de gobierno, ¡ah si usted hubiera visto ese lugar, con aquella verja de concreto que le daba la vuelta al caserón! ¡Cómo le gustaba mirar desde una mecedora la puesta del sol mientras conversaba con sus amigos! Siempre acudíamos a visitarlo, los jueves, que salía más temprano de su despacho para regalarnos algunas horas con su compañía. Decía que los de la infancia éramos sus mejores amigos, y poca gente sabe que nuestra amistad venía desde el colegio San Luis Gonzaga, cuando aún Mon no abandonaba los estudios y se volvía al campo a trabajar la finca tras el asesinato de su padre. A veces me quedaba mirándolo sin que él se diera cuenta y sus ojos se llenaban de nostalgia al evocar su niñez en Estancia Nueva. Alguno de los muchachos lo notaba y entonces le recordábamos su época de porteador, cuando recorría el país al frente de una recua de mulas, llevando mercaderías desde Sánchez, Puerto Plata o Manzanillo hacia los pueblos del interior, y su rostro se llenaba otra vez de felicidad.

Imagíneselo, aquel joven de veintidós años, alto y fornido, guiando treinta bestias atestadas de bártulos, con las cinchas y los aparejos bien amarrados para proteger la carga, recorriendo enormes distancias ora en caminos reales, ora en los trillos resbaladizos de las laderas de las montañas, persiguiendo los vados naturales de los ríos, con un parapeto de piel curtida para protegerse del frío en las noches neblinosas, llegando siempre a tiempo para entregar a los comerciantes la carga que le había sido confiada por los capitanes de los barcos. De esa forma fue forjándose su reputación de hombre honrado y cumplidor, antes de que Lilís construyera el ferrocarril. Y Mon reía con esa risa limpia y franca, celebrando la evocación del amigo que lo rescataba del desierto de la melancolía. Todavía era un hombre feliz, a pesar de los sinsabores que conlleva el sostener las responsabilidades del gobierno. Todavía la mala disposición de la gente para conducirse honradamente no había mellado su innata confianza. Mon era, ¿cómo se lo explico?, un tipo campechano y sencillo, honesto como nunca tuvimos un presidente. Y volviéndose hacia la barra ordenó con voz altisonante que nos trajeran otra botella, que era el 19 de Noviembre y estaba recordando a su mejor amigo.

Aunque un hombre no lo quiera, los problemas financieros siempre terminan agobiándolo. Eso le pasó con los acreedores de la Westerndorp y la Improvement, la maldita herencia del régimen lilisista.  Cada cierto tiempo venían al Ozama los barcos de las potencias europeas a cobrarnos la deuda pública, con sus cañones prestos a bombardear la ciudad. No, no ponga usted esa cara de incrédulo, eso no es un cuento, se lo dice alguien que vivió de cerca esas presiones: es mejor pactar con el diablo a que tener los acreedores de los bonos detrás de uno. Finalmente se firmó la Convención de 1907, fue lo mejor que pudimos conseguir porque dice el refrán que aquel que debe o paga o ruega. Y no teníamos para pagar. Durante las negociaciones, el presidente fue volviéndose cada día más desconfiado de los políticos que le adversaban pues en lugar de hacerles ver a la gente la situación en que se hallaba el país, preferían explotar el sentimiento nacionalista contra la solución menos gravosa que pudiéramos conseguir. Hasta su primo Horacio se le volteó en esa encrucijada.

Ulises Heureaux (Lilís) en 1893.

¿Quién lo hubiera dicho, eh? El general Horacio Vásquez, que le debía la vida a Mon. Cuando este lo supo no lo quiso creer ni porque le trajimos el periódico a su despacho, lo defendió diciéndonos que no podía ser, que eran conjeturas de periodistas. Hasta que por fin Horacio lo confirmó desde el extranjero. En ese momento sentí que sobrábamos, que lo mejor era dejarlo solo para que se acomodara el dolor en alguna parte. Horacio, su primo más querido, su alter ego. Comprenda lo que le estoy diciendo, pues si a alguien quiso parecerse Mon desde jovencito fue a su primo mayor. Imagínese el golpe que sufrió el presidente al Horacio decir tales cosas, sin reparar que Mon y su ministro Velázquez ordenaban el país y enderezaban las finanzas públicas. Yo estaba a punto de cerrar la puerta cuando me retuvo.

Ramón Cáceres (Mon), 1910.

Me di la vuelta y entonces lo vi. Había algo en sus ojos, yo no sé si era a consecuencia de la luz que entraba a través de los ventanales y le daba en el rostro dejando ver un perfil distinto. Nunca he podido definirlo, no obstante que el bigote era el mismo; su cara redonda, la misma; su adustez, la que ponía cuando trataba asuntos serios. Pero sus ojos… la luz revelaba algo que yo nunca había visto en ellos; estaban perdidos, como ahogados en un estanque, flotando en otra dimensión de su pasado.

—Mon… —le llamé bajito para que recordara que yo estaba allí. No tuve su atención, no me miraba ni parecía mirar nada en concreto.

—Los ojos. La mirada de él…

—¿De quién, Mon? ¿Qué mirada?

—De Lilís. Cuando lo maté.

—¡Qué cosas dices!, ¿qué pasó con su mirada, qué viste? ¿Y qué tiene eso que ver con Horacio, con lo que ha estado diciendo por todas partes?

—Creo que me agradeció por los disparos. Era un hombre fatigado. Vi en sus ojos mucha soledad y desaliento. Ya se quería ir. Pero es cierto, no tiene nada que ver.

Por algunas semanas no volví a verlo debido a mis compromisos de negocios en las provincias del este, pero en cuanto regresé fui a visitarlo y ya se comportaba como el mismo de antes. Sin embargo, los asuntos del gobierno fueron haciéndose cada vez más pesados y ya no hallaba espacio para sus amigos. No fue que dejara de recibirnos, sino que las reuniones de los jueves en el porche se fueron espaciando hasta desaparecer.

Siempre recordaré aquel día que me habló con una voz que no era la suya, una voz seca, sin volumen, más plana. Nunca supe qué quiso decirme y creo que terminaré mis días sin llegar a saberlo. Por eso me gusta hablarlo con la gente que suele venir a este bar, con la esperanza de que alguien alguna vez me lo explique, porque fue la misma mirada que volví a ver en su rostro cuando lo velamos. Tenía congelada esa expresión triste, profunda y opaca, como un pozo de aguas quietas.

Víctor de Frías

Abogado y escritor

Víctor de Frías es abogado y escritor. Algunos de sus cuentos han sido premiados.

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