Hubo un momento en que la cultura popular dominicana dejó de ser únicamente una experiencia compartida para convertirse también en una pregunta; hasta entonces las décimas seguían recorriendo los caminos de boca en boca, las salves acompañaban las velaciones, las fiestas patronales reunían comunidades enteras y los tambores marcaban celebraciones cuyo origen pocos se detenían a explicar. Todo aquello formaba parte de la vida cotidiana y, precisamente por ser cotidiano, parecía no necesitar otra justificación que su propia existencia.

La historia del folclore dominicano cambió cuando algunos hombres y mujeres comprendieron que detrás de esas prácticas había algo más que costumbres heredadas. Entendieron que una canción podía conservar episodios de la historia nacional o acompañar el sudor campesino durante las largas jornadas de trabajo; que una danza era capaz de revelar antiguos encuentros culturales, que una máscara de carnaval contenía símbolos cuya permanencia desafiaba el paso del tiempo y que un refrán, repetido durante generaciones, podía decir tanto sobre una comunidad como un documento conservado en un archivo.

Ese cambio de sensibilidad no surgió por casualidad. Formó parte de un movimiento intelectual que, desde finales del siglo XIX y durante buena parte del XX, comenzó a conceder un nuevo valor al conocimiento producido por los pueblos. La República Dominicana no permaneció ajena a ese proceso. Poco a poco fueron apareciendo personas convencidas de que la cultura popular también merecía ser observada con el mismo rigor que cualquier otra expresión de la vida nacional. No respondían a un programa común ni pertenecían a una misma escuela. Los unía una inquietud semejante: salir al encuentro de un patrimonio que todavía vivía en la memoria de la gente y comprenderlo antes que clasificarlo.

Entre los primeros nombres que ayudaron a construir ese camino figura Ramón Emilio Jiménez; su interés por la tradición oral permitió preservar décimas, romances y expresiones populares que de otro modo quizá se habrían perdido con el paso de las generaciones. Obras como Al amor del bohío constituyen todavía una referencia obligada para quien desee acercarse a la sensibilidad del campo dominicano y a la riqueza de una palabra transmitida mucho antes de llegar a la imprenta.

Poco después aparecerían otras voces que ampliarían ese horizonte: Sócrates Nolasco comprendió que la cultura popular también formaba parte de la historia nacional y contribuyó a incorporarla al debate intelectual de su tiempo; su trabajo ayudó a desmontar la idea de que las costumbres del pueblo pertenecían únicamente al ámbito de lo pintoresco. Detrás de ellas existían procesos sociales, económicos y culturales que merecían una lectura rigurosa.

La investigación folklórica dominicana alcanzaría una nueva dimensión con Edna Garrido de Boggs. Sus estudios sobre la música y la danza tradicionales aportaron un nivel de sistematicidad poco frecuente hasta entonces. No se limitó a describir manifestaciones; las comparó, las clasificó y las interpretó dentro de un contexto histórico y cultural más amplio; gracias a esa labor, muchas expresiones dejaron de ser simples referencias dispersas para convertirse en objetos de estudio cuidadosamente documentados.

Fradique Lizardo.

Hablar del folclore dominicano sin mencionar a Fradique Lizardo resultaría imposible. Su nombre terminó identificándose con una de las empresas de investigación y divulgación más amplias emprendidas en el país durante el siglo XX. Recorrió comunidades, observó fiestas, registró bailes, entrevistó portadores de tradición y reunió un acervo documental cuya importancia continúa proyectándose sobre las nuevas generaciones de investigadores. Comprendió, además, que el conocimiento adquirido en el trabajo de campo no debía permanecer únicamente en los archivos o en los libros. Con esa convicción fundó en 1975 el Ballet Folklórico Dominicano y, tras la creación del Ballet Folklórico Nacional Dominicano en 1981, asumió su primera dirección. La investigación encontraba así una nueva forma de transmitirse: el escenario se convertía en un espacio para divulgar, con fundamento y respeto, las expresiones tradicionales documentadas durante años de trabajo de campo.

A partir de 1985 esa labor tendría continuidad bajo la dirección de Josefina Miniño, quien consolidó la proyección artística y educativa de la institución. Hoy el Ballet Folklórico Nacional, dirigido por Maritza Reyes, discípula de Fradique Lizardo, mantiene viva esa línea de trabajo, recordándonos que el conocimiento del folclore también se transmite de maestro a discípulo y de generación en generación. El mayor legado de Fradique, sin embargo, quizá resida en haber demostrado que el trabajo de campo constituye una herramienta indispensable para comprender la cultura popular. El folclore no podía estudiarse exclusivamente desde un escritorio; había que caminar el país y, una vez comprendido, encontrar también la manera de compartirlo con la sociedad.

Sería un error pensar que esa historia pertenece únicamente a esas figuras. Alrededor de ellas trabajaron investigadores, músicos, gestores culturales, fotógrafos, artesanos y portadores de tradición cuya contribución rara vez ocupa el lugar que merece en la memoria nacional. El conocimiento del folclore nunca ha sido el resultado de una sola mirada; se trata de una construcción colectiva donde cada generación añade nuevos testimonios, nuevas preguntas y nuevas formas de interpretar aquello que recibe de la anterior.

Tal vez esa sea la enseñanza más importante que deja este recorrido: ninguno de aquellos investigadores salió en busca de un país desconocido; el país siempre había estado allí. Lo verdaderamente novedoso fue la disposición para escucharlo con atención, para registrar aquello que otros daban por evidente y para comprender que la memoria de una nación también habita en la voz de su gente, en sus celebraciones, en sus silencios y en las formas cotidianas de entender la vida.

Si el primer paso para valorar el folclore consiste en conocerlo, el segundo exige reconocer a quienes dedicaron su vida a estudiarlo. Sus libros no representan el punto final de una investigación; constituyen, por el contrario, una invitación permanente a continuarla. Quizá esa sea la mejor manera de honrar su legado: volver a recorrer los caminos que ellos recorrieron, formular nuevas preguntas y recordar que la cultura de un pueblo nunca termina de decir su última palabra.

Ramón A. Lantigua

Abogado

Abogado, docente y especialista en mercados regulados. Egresado de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña; Postgrado en Derecho Procesal Civil, de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, y Maestría en Derecho de la Universidad de Tulane, en la ciudad de Nueva Orleans.

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