La música ha tenido múltiples propósitos a lo largo de la historia: ha funcionado como medio de comunicación, expresión, ritual, entretenimiento y vínculo social, entre muchos otros. Sin embargo, la formación clásica moderna ha comenzado a tratar la virtuosidad como un fin en sí mismo, en lugar de un medio al servicio de la musicalidad.
Históricamente, la palabra virtuoso proviene de virtud y se aplicaba a cualquier persona destacada en un campo determinado. No obstante, hacia el siglo XIX, el término pasó a asociarse principalmente con intérpretes de habilidades técnicas excepcionales, como Niccolo Paganini y Franz Liszt. Aun así, su virtuosismo respondía a una visión mucho más amplia que ser difícil porque si; era un aspecto creativo marcado por el riesgo y la teatralidad compartido tanto por intérpretes como por compositores. Esta brillantez técnica era una forma de expandir los límites expresivos e imaginativos.
Aunque las interpretaciones virtuosísticas no son una invención moderna, existe una diferencia clave entre los músicos actuales y los de hace cien años: el componente de riesgo en la interpretación se ha ido perdiendo. El riesgo no consiste en tocar a Bach lleno de armónicos o con un vibrato exagerado al punto de la locura, el riesgo está en tomarse libertades con el tiempo cuando no está explícitamente escrito en la partitura, o en considerar ideas propias sobre una obra, incluso si difieren ligeramente de su interpretación tradicional. La técnica debería ser un elemento al servicio de dar vida a la música imaginada por el intérprete, aun cuando ello implique cierta imperfección. Hoy en día, las interpretaciones están marcadas por la precisión y la limpieza. Pero ¿por qué estamos tan enfocados en construir una técnica deslumbrante y en ser recordados como perfectos en lugar de comunicativos?
Los conservatorios y otras instituciones académicas han enfatizado la técnica. Los músicos son entrenados para cumplir con expectativas estandarizadas bajo presión. Estas instituciones necesitan establecer criterios para poder evaluar y calificar a los estudiantes, pero esto suele generar confusión y muchos jóvenes terminan utilizando el concepto de “no fallar” como sinónimo de “no arriesgar”, lo cual transforma el valor de la musicalidad y la interpretación. Sin embargo, históricamente la realidad ha sido mucho más compleja. Muchos de los más grandes músicos, tanto del pasado como del presente, han cometido errores en grabaciones y conciertos: imperfecciones técnicas, decisiones interpretativas poco convencionales o no siguen estrictamente las prácticas históricamente definidas. Esto no ha disminuido el valor de sus interpretaciones, pero les otorgan una identidad propia y un sello personal que debería ser valorado y fomentado en este campo.
A los músicos se les forma para producir grabaciones perfectas y cumplir con un estándar repetitivo, donde la afinación rígida, el ritmo impecable y una interpretación cuadrada basada en la “precisión histórica” suelen ser favorecidos por encima de la creatividad. Se prioriza el éxito medible, ya que la técnica resulta más fácil de puntuar que la subjetividad de la intención musical. Seamos honestos, la música va mucho más allá de tocar las notas correctas en el momento correcto.
Esto tiene consecuencias enormes para las nuevas generaciones. Estamos creando un entorno cargado de ansiedad escénica, impulsado por el miedo constante a fallar en el escenario. Innumerables horas de práctica se dedican a alcanzar una perfección técnica basada en parámetros académicos que se presentan como objetivos, mientras se trabaja dentro de una forma de arte subjetiva.
La técnica es la infraestructura que sostiene una gran interpretación. Como músico, siempre valoraré y buscaré alcanzar la mejor versión técnica de mí misma. La técnica permite la libertad de asumir riesgos, y su ausencia puede convertirse en un límite para la expresión. Carecer de técnica sería como intentar escribir un libro en un idioma que no dominado.
La pregunta es, por qué la perfección técnica ha sido tratada como el gran premio, cuando el público general rara vez recuerda la perfección, lo que recuerda es la capacidad de comunicar algo. Como músico, puedo asistir a un concierto y admirar la afinación impecable de alguien, pero mis padres, que no son músicos, no recordarán eso. Ellos tienen una memoria emocional y describirán el concierto a partir de lo que sintieron. ¿Estamos haciendo música para los músicos o para las personas?
En este 2026, quizá valga la pena replantearnos el papel de la música en nuestra sociedad y cómo la técnica se inserta dentro de ese rol. La virtuosidad y el dominio técnico no son la meta; son herramientas a través de las cuales la expresión se vuelve posible. Cuando la perfección suena más fuerte que la comunicación, el propósito mismo de la música corre el riesgo de quedar oculto.
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