Durante la pandemia, leí las memorias de Sylvia Beach, la legendaria fundadora de la librería Shakespeare and company. Fue uno de los libros que más disfruté y que me llenó de más júbilo. Es la autobiografía de una librera transformada en editora de una obra maestra, Ulises, que se puede leer como la crónica de una época única e irrepetible: encarna el espíritu de un periodo, donde convergieron muchos genios, y que fue, en cierto modo, el refugio de la “generación perdida”, denominada así por Gertrudis Stein. Sylvia Beach les dio cobijo y aglutinó a todos ellos con su mística, su hospitalidad y su solidaridad. Beach nació en Baltimore, en 1887, y era hija de un pastor presbiteriano. Desde muy joven viajó por París, España, y a fines de la Primera Guerra Mundial, estudió literatura francesa en París, donde conoció a la librera Adrienne Monnier, que se convirtió en su íntima amiga y amante, y quien la introdujo en los círculos intelectuales. Beach, como no pudo abrir una sucursal de la librería inglesa de Monnier en Nueva York, por sus escasos recursos, la abrió en París. La librería se mantuvo abierta desde su creación, el 19 de noviembre de 1919 hasta 1941 con la ocupación de Francia por los nazis y la caída de París (1940) hasta que personalmente Hemingway la reabrió, en 1944. Shakespeare and Company no solo fue librería para un puñado de sus amigos escritores, sino que se convirtió en domicilio para los que carecían de domicilio fijo, y por tanto, sus cartas llegaban ahí. Cuando estalló la guerra, en 1939, se le instó regresar a EEUU, pero ella se negó. Permaneció en París, incluso durante la ocupación alemana, con valentía espartana, porque no quería dejar a sus amigos, ni a París ni a su compañera Adrienne. “Gran parte del éxito de mi librería se lo debo a la ayuda de todos los amigos franceses que hice en la librería de A. Monnier”, dice en sus memorias. El éxito de esta librería consistió en los préstamos de libros, pues era más fácil que venderlos.
El sueño de Beach fue siempre instalar una biblioteca de libros en inglés y que se pudieran vender, prestar y alquilar, hasta que ella se convirtió en editora cuando editó Ulises, en 1922. Esta librería fue un refugio de escritores y artistas, y también un puente entre Estados Unidos y París. Asimismo, un foco de resistencia y espacio de libertad, en el periodo de entreguerras. Representó un oasis de hospitalidad y de calor humano, encarnado en la figura y el alma de Sylvia Beach. Simboliza, en la historia de la literatura del siglo XX, el lugar donde se editó y exhibió, por primera vez, este clásico de la novelística, que encarnó la manzana de la discordia, del escándalo y del cotilleo del mundo cultural de su época. De modo que Shakespeare and Company y Sylvia Beach equivalen a una misma realidad histórica. En efecto, las memorias de Beach se leen como la historia de una amistad, y a la vez, en tanto historia de las peripecias, los avatares y las batallas literarias, que libró y de la historia de James Joyce y su enciclopédica obra novelesca. Como librería y biblioteca, hostal y café, su fama cruzó los límites del Sena y de París, y aun de Francia. De ahí que estuviera siempre repleta de lectores y clientes, y por tanto, se escribía sobre ella como si fuera un organismo vivo o la encarnación de muchos autores. Por consiguiente, fue protagonista esencial de la vida literaria y cultural parisina durante varias décadas, y personaje inanimado de un puñado de novelas y cuentos.
En 1936, Sylvia Beach le comentó a André Gide, del cierre de la librería, en razón de su situación económica, lo que provocó la alarma de Gide. Lo confirmó con Adrienne Monnier, y exclamó:”!No puedes dejar a Shakespeare and company!”, le gritó a Sylvia. Gide reunió, en tal virtud, a un grupo de escritores, y les planteó una fórmula para salvarla. Así, le enviaron una carta al gobierno en la que le pedían una subvención. Se creó un comité de amigos de la librería integrado por: Georges Duhamen, André Gide, André Maurois, Paul Morand, Jean Paulhan, Jules Roumains, Paul Valery, entre otros. Se les ocurrió la idea de hacer lecturas mensuales de obras inéditas al público como forma de recaudar fondos, así como que doscientos amigos se suscribieron, pagando doscientos francos cada año, durante dos años. El ciclo de lecturas comprendió a André Gide (el primero), Jean Paulhan, André Maurois, Paul Valery, Ernest Hemingway (quien rompió su norma de no leer en público), Stephen Spender, y hasta T.S. Eliot, quien vino de Londres (hay una foto de Eliot leyendo en la librería). Este programa de lecturas en la librería contribuyó a su rescate.
Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, se produjo un gran éxodo, con la invasión de la Alemania nazi. Sin embargo, Sylvia Beach y Adrienne Monnier prefirieron quedarse en París, resistiendo, aun cuando la capital se quedó con aproximadamente 25 mil personas. Tras el fin de la guerra y de la ocupación, la librería siguió de pie y abierta. Sylvia Beach optó por quedarse, en lugar de irse a EEUU, pese a los intentos de rescate. Prefirió no salir y compartir con sus amigos y clientes la vida parisina, y en la ciudad ocupada por los nazis. Cuando EEUU entró en la guerra, la vida de Sylvia Beach se le complicó aún más: por su condición de ciudadana americana y por sus amistades judías. Así que los nazis pusieron la mirada en su librería, y los clientes alemanes, por temor, dejaron de visitarla porque la consideraban una “enemiga”. Un día, un oficial nazi visitó la librería y pidió comprar un ejemplar de Finnegans Wake, y Sylvia Beach le dijo que no estaba en venta, a lo que el militar, en perfecto inglés, le preguntó el por qué. Beach le dijo que era el último ejemplar, y por tanto lo quería conservar. El oficial preguntó que para quién, y ella le respondió: “Para mí”. El nazi se enfadó, ya que sentía gran interés por Joyce y ese libro. Al retirarse de la librería, Beach tomó el libro y lo escondió en un lugar seguro. Dos semanas después, volvió el militar, y le preguntó que dónde estaba el ejemplar, a lo que Sylvia le respondió: “Me lo he llevado”. Dijo el oficial: “Hoy volveremos y confiscaremos todos sus bienes”. Lleno de rabia, se marchó. Ante todo esto, Sylvia, ayudada por su portera y algunos amigos, recogieron todos los libros y todas sus pertenencias, los introdujeron en el tercer piso del apartamento de una amiga suya, no sin antes borrar el letrero de la librería. Volvieron por la librería y la apresaron. Fue confinada en prisión durante seis meses. Sus amigos la escondieron en un Hogar de los Estudiantes, del boulevard Saint Michel, donde vivió en la cocina de la casa. Cuando la liberaron, ya ella no tenía ánimos para reabrirla, pese a la insistencia de sus amigos y sus clientes.
Cuando los nazis se marcharon de París, Sylvia y Adrienne volvieron a la calle d´Odeon, a su refugio libresco. Cuando aún se oían tiros de balas en su calle, todavía con la presencia de militares alemanes, oyeron una voz que gritaba: “! Sylvia, Sylvia!”. “! Es Hemingway!”, gritó Adrienne. Hemingway se desmontó de un jeep, y abrazó y besó a Sylvia. El escritor americano venía vestido con uniforme de guerra y con una metralleta: estaba sucio y ensangrentado. Pidió jabón y agua y se lavó los brazos. Solicitó a los gendarmes que lo acompañaban eliminar a los nazis, que estaban apostados en los techos de las casas. De ese modo, según el propio Hemingway relató, “liberaron el bar del Ritz”.
En esta librería escribió y corrigió, gran parte de su novela Ulises, James Joyce, y también fue donde por primera vez se vendió, venciendo la censura de EEUU y Gran Bretaña. Sylvia Beach, convertida en editora, arriesgó su fortuna y su prestigio, apostando por esta novela, experimental, monumental y calificada de soez y vulgar. Con coraje y valentía, asumió el reto, cuando ningún editor se atrevió a publicarla. No obstante, se convirtió, desde su publicación, en 1922, en una obra canónica y paradigmática de la novelística del siglo XX. Durante más de veinte años, Shakespeare and company fue la librería más famosa del mundo. Especializada en literatura inglesa, desde su creación, esta librería ha servido de atracción para los viajeros; además, sirvió de guarida durante los años difíciles de la guerra y el interregno de entreguerras, en París. Ya no es la misma, ni está en el mismo lugar originario, pero sigue teniendo el halo de atracción y seducción, que atrajo a tantos escritores y artistas europeos. Residencia efímera de escritores, esta librería también fue una trinchera de honor, resiliencia y resistencia. Las fichas de préstamos de los libros, desde 1919 hasta 1962, nos permiten saber los gustos de lecturas de la legión de escritores que por ella pasaron. Es un icono de la vida cultural, y de ahí que figure en películas, libros y series, y que en Medianoche en París, de Woody Allen, veamos algunas escenas memorables. Poetas de la Beat generation, como William Burroughs, Jack Kerouac, Gregory Corso, Allen Ginsberg y Lawrence Ferlinghetti, se hospedaban en Shakespeare and company. Instalada ahora en la 37 de la rue de la Bucherie, próximo a la plaza de Saint Michel, cerca del Sena y de Notre Dame, esta librería sigue incólume, con su mística y abierta al turismo mundial. A su lado, desde 2015, abrió el café Shakespeare & Co, de comida orgánica y vegetariana, como una forma de poner a dialogar el paladar y la lectura, los libros y la comida.
El lugar donde estuvo situada, la calle 12 de l´Odeon, no lo fue siempre, sino la número 8 de la calle Dupuytren, hasta el año 1921, o más bien, entre 1919 y 1941. Actualmente, está en la 37 de la calle Bucherie. De modo que es una librería itinerante. Fue el epicentro de la cultura parisina y el hervidero de la literatura angloamericana. Asimismo, Hemingway, en su crónica parisina, París era una fiesta, ocupa un lugar simbólico en su memoria sentimental. Los libros que se exhibían en sus estanterías obedecían a los gustos de Sylvia Beach, y de ahí que fuera una dinamo frente a la censura de los gustos de lectura de la burguesía al vender libros prohibidos y censurados como El amante de Lady Chatterley o el mismo Ulises.
Shakespeare and company, permanece fiel al espíritu de libro de papel, plantando cara al libro digital, a más de un siglo de su fundación. Con libros nuevos y usados (algunos no se venden, pues pertenecen a la colección originaria de Sylvia Beach), esta librería-hospedaje representa el paraíso como una imagen de una biblioteca, como dijo Borges. Templo del saber y fuente de conocimiento, pasearse por sus pasillos y anaqueles es sentir el espíritu de los escritores que le dieron vitalidad y fama.
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