La puesta en escena de Se busca un hombre honesto, del dramaturgo dominicano Franklin Domínguez, realizada por Anacaona Teatro en la Sala Teatro La Gruta, constituye una de las propuestas teatrales más interesantes y renovadoras que se han presentado recientemente en la escena dominicana.
Lejos de limitarse a una reposición tradicional de este clásico de 1964, la dirección de Lucina Jiménez apuesta por una lectura moderna, dinámica y conceptualmente distinta, que logra conectar la esencia política y satírica de la obra con sensibilidades contemporáneas. La directora asume una mirada autoral sobre el texto y convierte la pieza en un ejercicio escénico vivo, ágil y provocador, donde el humor y la crítica política adquieren nuevas resonancias.
La obra, escrita originalmente como una aguda sátira tras el derrocamiento del gobierno democrático de Juan Bosch en 1963, conserva hoy una sorprendente vigencia. El absurdo universo político de los partidos Todo-Para-Mi, Todo-Para-Nadie y Todo-por-la-Fuerza, así como la desesperada búsqueda de un “hombre honesto” para ocupar la presidencia de la República Sálvese-Quien-Pueda, continúa reflejando con ironía las contradicciones del poder, la ambición política y las fragilidades institucionales de nuestras democracias.
Uno de los mayores aciertos de esta puesta radica precisamente en su concepción escénica contemporánea. El montaje rompe con ciertos esquemas clásicos de representación y apuesta por una teatralidad más abierta y física, donde el ritmo, el desplazamiento corporal y la interacción espacial adquieren un papel determinante. La puesta evita el exceso de realismo decorativo y privilegia una escenografía funcional y sugerente, permitiendo que el peso dramático recaiga sobre los actores y la energía del espectáculo.
La dirección escénica demuestra un manejo inteligente del espacio y del tempo teatral. Cada entrada, transición y pausa parece cuidadosamente construida para sostener la comicidad y, al mismo tiempo, dejar entrever la dimensión crítica del texto. Hay una búsqueda evidente de síntesis y depuración visual que aporta modernidad al montaje y evita que la obra quede atrapada en una lectura nostálgica o meramente costumbrista.
En escena destacan las actuaciones de Zacarys Heredia, Vladimir Brea Hilario, Raymond Moreta, Francesca Mainardi, Ivelisse José, D’javan Díaz, Arturo Rampembert, Edwin Javier y Erick Flores
La producción posee además un mérito profundamente significativo: rescatar y revalorizar el teatro dominicano como instrumento de reflexión crítica y conciencia social. En tiempos donde muchas veces la cartelera se inclina hacia textos extranjeros o propuestas concebidas únicamente para el entretenimiento ligero, resulta valioso que una agrupación teatral vuelva la mirada hacia un clásico fundamentales de nuestra dramaturgia nacional y lo coloque nuevamente en diálogo con la realidad contemporánea.
No se trata solamente de montar una obra dominicana por nostalgia cultural, sino de reconocer que nuestros dramaturgos han producido textos capaces de cuestionar el poder, desnudar las contradicciones políticas y provocar pensamiento crítico en el espectador. Ahí radica uno de los mayores aciertos de esta propuesta: entender que el teatro dominicano también puede ser moderno, audaz, irreverente y contestatario.
La dirección de Lucina Jiménez comprende precisamente esa vigencia y evita convertir el montaje en una pieza de museo. Por el contrario, revitaliza el texto desde códigos contemporáneos, otorgándole dinamismo, frescura y una energía escénica que conecta con el presente. El resultado es un teatro vivo, reflexivo y provocador, que interpela al espectador más allá de la risa.
Otro de los grandes méritos de esta producción es el sólido trabajo colectivo que viene construyendo Anacaona Teatro como grupo teatral independiente. Más que un elenco circunstancial reunido para una puesta específica, se percibe una verdadera comunidad artística, un tejido humano unido por la disciplina, la búsqueda estética y la convicción de hacer un teatro con sentido.
En escena destacan las actuaciones de Zacarys Heredia, Vladimir Brea Hilario, Raymond Moreta, Francesca Mainardi, Ivelisse José, D’javan Díaz, Arturo Rampembert, Edwin Javier y Erick Flores, quienes logran sostener con precisión el delicado equilibrio entre la sátira política, la comicidad y la crítica social que exige el texto de Franklin Domínguez. Cada uno aporta matices propios a sus personajes, construyendo interpretaciones dinámicas y orgánicas que mantienen el ritmo de la puesta y fortalecen la intención crítica de la obra, sin perder nunca la frescura ni la efectividad del humor escénico.
Tal como revela la visión artística de Lucina Jiménez, el teatro para ellos no es únicamente espectáculo: es vocación, resistencia y acto de fe. Esa filosofía atraviesa la identidad del grupo y explica la honestidad artística que transmite la puesta.
Incluso detalles aparentemente silenciosos —como el respaldo organizativo y humano de Lucina Lugo, madre de la directora— revelan que detrás de este trabajo existe una auténtica familia teatral comprometida con la permanencia de un espacio cultural independiente.
En tiempos donde muchos proyectos escénicos desaparecen rápidamente, Anacaona Teatro reafirma el valor del grupo teatral como comunidad artística y humana, capaz de sostener un teatro dominicano crítico, contemporáneo y profundamente conectado con su realidad social.
Más que una simple reposición, esta puesta constituye una reinterpretación moderna de una obra fundamental del teatro político dominicano, confirmando la permanencia y actualidad de un texto que, a más de seis décadas de haber sido escrito, continúa interrogando con humor y agudeza la realidad nacional.
Daniloginebra54@gmail.com
Compartir esta nota