La casa editorial Río de Oro Editores puso a circular un libro de crónicas titulado Primavera bajo cero grados, de la autoría de Mary Leisy Hernández, un libro inspirador que compila, desde la mirada de una dominicana curiosa, ávida e inquieta, más de setenta «memorias de viaje», como les he llamado, para retratar y compartir su visión del mundo desde una prosa amena, como si pasáramos la vista por cualquiera de los murales que someramente trazan un mapa socio-cultural de República Dominicana.
Ella ha conseguido hacerlo desde este título que llama de inmediato la atención de los lectores, pero el mural lo ha llevado consigo en su periplo internacional. Apenas poco más de doscientas páginas y cinco capítulos es el volumen de este crucero literario.
Recorrer las calles adoquinadas de Holanda, Praga, Venecia, la calle El Conde en nuestro propio Santo Domingo, partir y regresar de su isla amada como un transeúnte del mundo, por solo citar algunas de las ciudades que me vienen a la memoria, en una tarde de otoño, perderse en el laberinto de callejuelas de Marrakech, o escuchar el eco de las olas rompiendo contra los acantilados de la costa amalfitana, es una aventura que todos quisiéramos experimentar.
Cada ciudad, cada rincón del mundo, tiene una historia que contar, una identidad que se manifiesta en su arquitectura, en sus aromas, en el ritmo de su gente, sus miradas, gestos, costumbres, comidas, lenguajes, jergas, conflictos, religiones, música, artes…, en el sentido más amplio de la palabra.
Y es precisamente a través de las crónicas de viaje que esas historias cobran vida más allá de sus fronteras, convirtiéndose en una fuente inagotable de conocimiento cultural para los lectores. Grosso modo eso es lo que he encontrado en este libro: un viaje en el túnel del tiempo a través de la mirada de Mary Leisy Hernández, de sus impresiones, vivencias, anecdotario, vicisitudes, de su sentido de pertenencia, no ya a su media isla sino al mundo que ha tenido el privilegio de atrapar con su mirada y plasmar en estas páginas.
Sí, Primavera bajo cero grados es un viaje hacia y desde la «morriña» del Ser isleño que se cuela en nuestras maletas, queramos o no.
Impulsados por sus letras podremos recorrer importantes ciudades, culturas, sombras y luces, progresos y otras maneras de ver y acaecer la vida de sus personajes y personalidades por muchos lugares del planeta, partiendo desde el mismísimo terruño que la vio nacer.
Desde tiempos inmemoriales, la humanidad ha sentido la necesidad de narrar sus travesías. Heródoto, Marco Polo, Ibn Battuta o Humboldt plasmaron sus periplos en relatos que, siglos después, siguen siendo referentes fundamentales para comprender el mundo.
Los cronistas de América, más cercanos a nosotros por razones lógicas, también narraron las peripecias de sus viajes por nuestra naturaleza y civilizaciones. La historia de la humanidad estaría incompleta sin esos personajes que escribieron para la posteridad esos relatos mágicos-reales, y también viceversa.
Con la profesionalización del periodismo y la evolución del género literario, la crónica de viaje se ha venido consolidando como un híbrido entre la narración personal y la información objetiva, brindando una visión íntima de los lugares visitados, pero sin perder el rigor y la profundidad que exige el ejercicio periodístico. Aun cuando en esos relatos existe una alta dosis de subjetividad, toda vez que son creados desde la visión personalizada de cada escribano. En este sentido cuánto me gustaría que nuestros estudiantes de Periodismo, Comunicación y Letras estuvieran al alcance de este título que Río de Oro Editores ha tenido la gentileza de editar para los lectores, y que Mary Leisy Hernández ha tenido la generosidad y la confianza de poner a su (nuestra) disposición.
Hoy el cronista de viaje no es un simple turista que recoge anécdotas, vivencias, pinceladas folkloristas de sus respectivos periplos; es un observador curioso y agudo que, con su escritura, logra transmitir no solo la belleza que van descubriendo en los paisajes, y las disímiles culturas que reseñan, sino también las antítesis de esas culturas, como respetuosamente ha narrado Mary Leisy Hernández en su libro, manera de ver y escribir que nos permite disfrutar aquellos contrastes más notables, de la geografía en particular, pero de esa otra que se conoce como geografía humana, referida a la idiosincrasia y los aspectos sociales que con más frecuencia marcan cuán distintos somos los seres humanos y, al mismo tiempo, cuánto nos parecemos los individuos que construimos justamente esas mismas sociedades: la esencia misma de cada destino, podría decirse; y así lo corroboran estas pinceladas que Mary Leisy Hernández va dibujando, página a página para los lectores, sin darnos apenas oportunidad para dejar de leer.
Un impulso alucinante habita en estas páginas que nos hace viajar de un folio al siguiente, de una ciudad a otra ciudad sin casi percatarnos de que hemos recorrido cinco capítulos, tomar un «souvenir de viaje», voltear la hoja y sentir la fuerza de la narración «antes de partir» a la próxima, como quien viaja «del calor al frío» con la misma avidez con que se vive una «añoranza», o esos «regresos» anhelantes que solo se sienten cuando el terruño llama desde lo más hondo de nuestra nostalgia.
Sí, Primavera bajo cero grados es un viaje hacia y desde la «morriña» del Ser isleño que se cuela en nuestras maletas, queramos o no.
En un mundo que vive hoy hiperconectado, donde la información resulta instantánea, el intercambio de conocimientos tiene efecto inmediato y las imágenes saturan todas las plataformas y las redes sociales habidas y por haber; las crónicas de viaje siguen teniendo, sin embargo, una relevancia especial de indiscutible valor para los hombres: ofrecen una mirada (más) humana y reflexiva sobre los territorios, las culturas y sus habitantes. Hoy ese género híbrido entre periodismo y literatura, como señalábamos, se ha convertido en un puente entre culturas; y sus fronteras continúan ampliándose con el devenir de las disímiles plataformas de comunicación que actualmente tenemos a mano.
Mary Leisy Hernández se me antoja arquitecta de uno de esos puentes que podremos transitar, donde ida y regreso a otras naciones es un impulso para la imaginación, el placer y tres puntos suspensivos. Toda lectura ha de ser un viaje deleitable con partida y sin destino.
Uno de los mayores aportes de estas crónicas de viaje es la capacidad de la autora para generar esos puentes entre la nuestra y esas otras culturas allende los mares. En cada relato, el lector no solo descubre una ciudad o un país, sino que entra en contacto con sus costumbres, tradiciones, gastronomía y formas de vida. A través de las palabras —a veces hasta de las lágrimas— de ella como cronista, puede el lector comprender por qué en Etiopía, por ejemplo, en las iglesias de Lalibela, quedó nuestra autora absorta y se «sentía en otro mundo» ante —la cito—: «la devoción de los feligreses, los cánticos, el ambiente», o por qué en Francia, lejos de su terruño amado, de su idiosincrasia y cultura fue capaz de conmoverse hasta las lágrimas y de conmover al lector y despertar en nosotros la sed de conocimiento para saber más del pintor dominicano Roberto Flores, de su arte sacro, de las huellas que ha dejado en la cultura dominicana.
Lágrimas en París fue una de las crónicas que más conmovieron e incitaron a este redactor para indagar sobre aquellos sucesos lamentables, pero sobre todo para comprender que este ejercicio escritural puede ser —además— un símbolo de identidad y resistencia cultural donde quiera que se encuentre un nacional dominicano.
Las crónicas de viaje reunidas en Primavera bajo cero grados tienen un componente subjetivo que las hacen únicas: la vivencia personal de la cronista. Cada relato es una interpretación del mundo a través de sus ojos de viajera. Sus emociones, sus impresiones, incluso aquellos momentos de desconcierto o admiración, que forman parte de la percepción de la autora y su cosmovisión del mundo es algo que incorpora a su narración y enriquecen la experiencia del lector. En este sentido, debemos reconocer que las crónicas de viaje que ha puesto a nuestra consideración Mary Leisy actúan como un medio para la diplomacia cultural. La propia autora lo ha confesado: «Soy una embajadora sin sueldo».
Cuando nos sumergimos en esos relatos que fotografían una sociedad que desconocemos, nuestra percepción de esos universos cambia ipso facto. Ya no los veremos como un lugar lejano y extraño, sino más bien como un espacio habitado por personas iguales a nosotros, con aspiraciones, sueños y valores que, muchas veces, no son tan distintos a los nuestros. Y esto es un plus que nos hace sentir este libro que hoy hemos comentado. No resta más que agradecer a la autora, a Rafael J. Rodríguez, presidente y director de Río de Oro Editores, por el tino de contar dentro de su catálogo títulos —y autoras— como este, que enriquecen el acervo cultural de nuestro inventario literario.
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