(I)

1. Dualidad signada

La obra de Pastor De Moya es inmensa refiriéndonos al poeta en su totalidad abismal claro-oscura. Y esa totalidad, umbral de modernidad que toca estos días en sentido de desencadenar rutas desde un hacer que se afirma en expresión y que vuelve y envuelve en fluir de dualidades trazadas en la memoria del mundo imaginario, salta al exterior de su pulso y grafía conviviendo en pareja con la tangible temporalidad, subyugada a planos del cielo e infierno.  Esta expresión que antepone dos espacios, desciende en conciencia y traspasa unos signos enlazados por representaciones de la realidad, evidentes de acuerdo con la palabra escogida:
                     

 Negación de las cosas                         

El hombre corre entre la sombra
                             Y la luz
                            hacia la fuente del sueño
el final de todo es el principio
en el revés de las cosas está
la puerta del suicidio
otoñacen las lunas del olvido
y todo muere
en el primer crepúsculo nace la vida
de mis mundos
inhalo los mares de cada orgía
inhalo la música de los colores
                      afirmo en cada sí/no
estoy en la nada sin descubrir
el hombre         la razón
la otra bestia
En este poema, Pastor De Moya afirma esa condición particular de la materia desde la misma concepción del vivir que le fue dada. Esto así con facultades necesarias para crear mundos bajo pretensión de escenas sucediéndose en lo más primigenio de la adultez, misma que se concreta en páginas y extiende en el quehacer de su transitar.

2. Nacer en adultez

Desde un punto de vista concreto, comencé a leer a Pastor De Moya con tres poemas, por decirlo así, que más tarde aparecieron en una edición artesanal, donde se reunía una producción suya completa. Y en ellos el pulso demorado del autor, hasta hoy, disuelve su poderoso latir en quejidos que se trasgreden a estos momentos en que la forma y el fondo permean la insaciedad y la lujuria, contempladas en un universo fragmentado en los ojos de Pastor. Confieso y subrayo, ahora que hilvano estas líneas en su nombre, de aquel poeta novel, desorientado en su mismo hábitat, hay un salto evolutivo, en consecuencia, lo leo con el mismo fervor y asombro de antaño, hallando sobriedad y conexión entre el joven y el ahora adulto. En él nada defectuoso se vislumbra, ausente es de algunas debilidades de la escritura, permaneciendo focalizado sobre la estructura de aquello que intenta contener: la poesía. Testimonia, Pastor De Moya, la suma de rasgos construyendo una entidad intacta sumida al tiempo, íntegra en el hacer por una voluntad superior.  En esas atenuantes aciagas, su forma escritural directa y orgánica recrea un horizonte único, restaurando individualidad y universalidad con lo simultáneo.
Temblor limpio que caracteriza a contraste, oscuridad y luz, en la que esta última se impone en verticalidad de vida que deponemos ordinariamente sobre el ritmo vertebral del existir en torno a la autonomía de la palabra.
La imagen se asienta en el ojo y memoria:  dualidad que marca y domina dentro de un latir traumático desde que se forjó la sangre y carne en dimensiones de la ´´Creación´´ porque su obra responde a un impulso que viene desde muy alto, reiterado y enraizado en cada poemario. La imagen, cuando me detengo en su trayecto de vida, asimilada en algunos momentos y circunstancias, se afirma en sus primeros escritos, o momento alargado en sucesivas memorias que tejen un pulso que no cede en ser naturaleza de misma palabra, que me viene a la memoria en ese descender inevitable a la tierra y penetrarla, devorarla hasta alcanzar los ámbitos más despiadados de lo impenetrable.
Álgebra de peces.
Y esa adultez manifestada en el mirar y sentir, en lo presentido, igualmente, se manifiesta en conciencia ante instrumentos expresivos acurrucados en su genealogía. Precisión justa, necesarias palabras en la cadena fónica –sintáctica, enfatizando la fórmula lingüística donde encarna el verso y sobre el verso la poesía.
 
Poema horizontal
tendido en lo infinito
la otra realidad es la misma
esta transfiguración del sueño en la sustancia
es tan grande
que puede llegar a tropezar
con el olvido
a lo lejos es azul
las 2:30 instante en que la vida
y la muerte paralela se prolongan
y divagan los objetos por tus piernas
son los cuerpos transparentándose
en la tibieza del vacío
         para ser
vertical en la estatura
y seguir caminando por los mares
entremezclando ligereza en el
espacio
En este poema, observamos que, en el mundo físico, las imágenes del mismo se desplazan en direcciones múltiples, manteniendo siempre la justeza de las palabras sustentadas, estableciendo precisión y en ellas rasgos que constituyen elementos sonoros y semánticos, exigencia de la ambigüedad dentro de la misma verosimilitud. Todos estos movimientos, detallados en este poema, responden a la existencia del mayor recurso retórico de nuestra lengua: metáfora, y  de ella realidades permeables dentro de la inmersión de espacios hoyados por carencias en la citada pieza.
 

3. De la tierra a la tierra

William Blake.
William Blake (1757-1827) (1), poeta de una generación pasmada en circunstancias y acontecimientos externos en el orden religioso social, recrea en su obra despierta (Matrimonio  del  cielo y el infierno) lo siguiente a modo de análisis; la claridad en la poesía viene de las alturas, pero también desde lo insonoro esmaltado por  caminos de la desolación y  locura, atributos de hacedor intacto, donde el hombre que una vez dijo ver el rostro d Dios, pastorea las palabras en misión de las mismas palabras, única entidad que funda y conserva lo primigenio que se expresa con iguales cargas de sonidos, sentidos, morfología y orden que atrae simultaneidades amparadas por un hilo conector, en este caso, la voz interior que lleva al  espectador a una idea:  la ascensión al paraíso estando en el infierno.
Veamos este ejemplo:
Proverbios del infierno (Matrimonio del cielo y el infierno)
El camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría. La prudencia es una vieja solterona rica y fea cortejada por la incapacidad. Aquel que desea, pero no obra, engendra peste (William Blake).

José Enrique García

Poeta y novelista

Nacido en 1948, Licenciado en Educación y Letras de la Universidad Católica Madre y Maestra, Doctor en Filología por la Universidad Complutense de Madrid y Miembro de número de la Academia Dominicana de Lengua. Ganador de premios como Siboney de poesía con su obra El Fabulador, Premio Nacional de Novela con Una vez un Hombre. Escritor del Ritual del tiempo y los espacios, Un pueblo llamado pan y otros cuentos infantiles, ensayos como La palabra en su asiento y El futuro sonriendo nos espera.

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