Desde los años noventa del siglo pasado hasta el 2011, la librería Calíope ocupó un espacio importante en la vida cultural de la comunidad dominicana en Nueva York.
La desaparecida librería sirvió de espacio de reunión, debate y difusión de ideas y punto de encuentro de los gestores culturales así como de las organizaciones de la izquierda dominicana.
El cierre de la única gran librería dominicana en Washington Heights en el 2011 era una clara señal de la crisis de los espacios culturales golpeados duramente por el alto costo de los alquileres. Por su condición de empresas independientes con poco capital, las librerías de autores caribeños y latinoamericanos sufrieron con más dureza los embates de la crisis económica del 2008. Previamente habían cerrado sus puertas Lectorum y Macondo, dos librerías icónicas de la calle Catorce.
Los jueves de tertulia literaria y presentaciones de libros eran cita obligada. Al final de las actividades programadas, los presentes se quedaban por varias horas socializando entre vino, picadera y café. En ese instante se instalaba en el local de la librería otra actividad de tinte informal pero igual de enriquecedora. Por algún lugar deben existir registros fotográficos: grupos de dos o tres personas inmersos en el debate político, comentando la realidad dominicana; venta y distribución de la prensa de izquierda dominicana; lectores examinando las carátulas de novelas, poemarios, ensayos históricos y políticos; otras personas hablando de cotidianidad y después de tanta pepla, el establecimiento cerraba aproximadamente a las 1:00 a. m. o 2:00 a. m. y luego nos íbamos al restaurante dominicano La Ñapa a degustar los tres golpes y de vez en cuando, a tomarnos unos tragos en un bar karaoke hasta las 4 de la madrugada para luego levantarnos temprano para asistir a las clases de la universidad.
Por Calíope pasaron grandes figuras literarias, jonroneros, ligas menores y algún que otro novato. La poeta Osiris Mosquea se destacó por su profundo compromiso con la literatura y la cultura. Promovió el trabajo del colectivo Trazarte y la revista del mismo nombre mientras que Roberto Castillo anunciaba conmemoraciones para que no olvidemos la lucha de los Comandos de la Resistencia ante el terrorismo de Estado del Balaguerato.
Freddy Ginebra también estuvo ahí contando anécdotas pintorescas acerca de Casa de Teatro y del mundillo cultural dominicano. Sus memorias orales nos parecieron más interesantes y jugosas que sus memorias textuales.
La puesta de circulación de libros no se limitó a escritores de origen dominicano. Por ahí pasaron artistas y escritores de varias nacionalidades como Amy Goodman, periodista estadounidense de izquierda y moderadora del programa radio-televisivo Democracy Now! (¡Democracia ahora!). Su presencia abarrotó la librería hispanoparlante más importante del Alto Manhattan en aquel entonces. Estaba tan lleno el local que fue todo un espectacular acto de masas muy parecido al conversatorio a cargo del periodista Huchi Lora en otra ocasión y en el mismo lugar.
Calíope atraía ciertos personajes fuera de serie entre ellos Frank Adolfo, recitador y tertuliano asiduo de voz estruendosa y dulce. Sabía captar la audiencia. Cuando Frank Adolfo contaba sus peripecias en el Santo Domingo post-dictatorial se enorgullecía sobremanera de haber tenido una participación en la revolución de abril a la que uno u otro aprovecha para mencionar su participación en las orgías entre personas del mismo sexo en la ciudad sitiada por los yanquis. Frank Adolfo solo se reía y para callar el chiste homofóbico, confirmaba ese fragmento olvidado y silenciado de nuestra historia patria. Del otro lado del ring estaba el poeta Dagoberto López-Coño con vestimenta africana y quien no se detenía en recitar poesía y aprovechaba para hacer la denuncia pública acerca de la contaminación minera en Cotuí o la situación política en Santo Domingo desde un ángulo disidente y lúdico.
En la primera década del nuevo milenio, Calíope era el lugar obligatorio para encontrarse con la bohemia dominicana: artistas, militantes de izquierda de todas las tendencias: maoístas, revisionistas, pro-albaneses, estalinistas, progresistas, chavistas, etc. Y no faltaban los ex-militantes de izquierda a punto de claudicar, fellow travelers, chismosos y chismosas, mansos y cimarrones (Bienvenido Lara, antiguo raso de la policía balaguerista frecuentaba la librería), borrachines, lectores serios, gestores culturales, poetas, pensionados, músicos muertos de hambre y vividores de las ONGs neoyorkinas (las non-profits). En fin, exiliados económicos que encontraron pertenencia y refugio en la librería Calíope y en los libros de autoras/res de origen dominicano y autores de otros países.
En Calíope conocimos a Héctor Miolán, militante emepedeista de larga data. Me llamó mucho la atención sus intervenciones teórico-literarias en base a los postulados de Jean Paul Sartre. Más tarde me convertí en un lector asiduo de sus ensayos publicados en periódicos de asociaciones de taxistas dominicanos distribuidos gratuitamente por toda la ciudad.
El alma de Calíope, sin duda alguna, era César González con su gran sonrisa, amabilidad, gentileza y espíritu democrático. César era un amor, me vendía libros a crédito porque no comía cuento con nuestro amigo mutuo, el poeta y militante de izquierda Luis Gil. Yo siempre le cumplía con mis deudas a tiempo y cada vez que visitaba la librería, aprovechaba y me llevaba más libros y poco a poco, pude armar una biblioteca de libros dominicanos.
Calíope desaparecería como también desaparecería años más tarde el activismo de la izquierda dominicana en Nueva York donde esa vieja izquierda dominicana había tenido una presencia muy activa en todas las luchas reivindicativas, en los movimientos pro-derechos de todos los inmigrantes y en las jornadas antiimperialistas que buscaban poner fin a la política guerrerista de la Casa Blanca.
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