Pablo Neruda ha sido el primer poeta que han leído muchos amantes de las letras, y dentro de estos lectores, autores de renombre.
Pasión, fuerza, inmensidad, imperfección, círculo dentro de un cuadrado, atrevimiento, desigualdad y muchos puntos suspensivos han intentado encasillar al mundo nerudiano. Pero -nos guste o no- Neruda indudablemente: poeta.
Hay voces que han sentenciado que él no tiene un verso memorable. En el arte hay que respetar hasta el derecho al desprecio porque el arte es un auténtico ejercicio de libertad. Ahora bien, que sean las letras las que hablen.
El verso el hambre es un incendio frío, ¿es una expresión trivial? Quien lee la línea Andan días iguales persiguiéndose, ¿no dice: qué forma tan profundamente sencilla de dibujar la rutina? O quien se detiene en Al pie desde su niño, ¿lo olvida o lo recuerda?:
Al pie desde su niño
El pie del niño aún no sabe que es pie,
y quiere ser mariposa o manzana.
Pero luego los vidrios y las piedras,
las calles, las escaleras,
y los caminos de la tierra dura
van enseñando al pie que no puede volar,
que no puede ser fruto redondo en una rama.
El pie del niño entonces
fue derrotado, cayó
en la batalla,
fue prisionero,
condenado a vivir en un zapato.
Poco a poco sin luz
fue conociendo el mundo a su manera,
sin conocer el otro pie, encerrado,
explorando la vida como un ciego.
Aquellas suaves uñas
de cuarzo, de racimo,
se endurecieron, se mudaron
en opaca substancia, en cuerno duro,
y los pequeños pétalos del niño
se aplastaron, se desequilibraron,
tomaron formas de reptil sin ojos,
cabezas triangulares de gusano.
Y luego encallecieron,
se cubrieron
con mínimos volcanes de la muerte,
inaceptables endurecimientos.
Pero este ciego anduvo
sin tregua, sin parar
hora tras hora,
el pie y el otro pie,
ahora de hombre
o de mujer,
arriba,
abajo,
por los campos, las minas,
los almacenes y los ministerios,
atrás,
afuera, adentro,
adelante,
este pie trabajó con su zapato,
apenas tuvo tiempo
de estar desnudo en el amor o el sueño,
caminó, caminaron
hasta que el hombre entero se detuvo.
Y entonces a la tierra
bajó y no supo nada,
porque allí todo y todo estaba oscuro,
no supo que había dejado de ser pie,
si lo enterraban para que volara
o para que pudiera
ser manzana.
Y quien navega, por ejemplo, por los sonidos y los sentidos del poema Balada, ¿lo borra de repente o se queda inexplicablemente pegado en su memoria?:
Balada
Vuelve, me dijo una guitarra
cerca de Rancagua, en otoño.
Todos los álamos tenían
color y temblor de campana:
hacía frío y era redondo
el cielo sobre la tristeza.
Entró a la cantina un borracho
tambaleando bajo las uvas
que le llenaban el sombrero
y le salían por los ojos.
Tenía barro en los zapatos,
había pisado la estatua
del otoño y había aplastado
todas sus manos amarillas.
Yo nunca volví a las praderas.
Pero apenas suenan las horas
claudicantes y deshonradas,
cuando al corazón se le caen
los botones y la sonrisa,
cuando dejan de ser celestes
los numerales del olvido,
aquella guitarra me llama,
y ya ha pasado tanto tiempo
que ya tal vez no existe nada,
ni la pradera ni el otoño,
y yo llegaría de pronto
como un fantasma en el vacío
con el sombrero lleno de uvas
preguntando por la guitarra,
y como allí no habría nadie
nadie entendería nada
y yo volvería cerrando
aquella puerta que no existe.
Hay voces que han querido invisibilizar a Neruda. Sepultar de golpe todas sus palabras. Pero, ¡ojo!, cuidado, a veces los dioses también se equivocan.
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