Hay artistas cuya historia parece haber sido escrita por el azar. Y hay otros cuya trayectoria revela una misteriosa coherencia, como si cada paso hubiese estado aguardando silenciosamente al siguiente. La vida de Mayumi Sakamoto pertenece a esta segunda categoría. Nacida en Mao y formada inicialmente en Santiago de los Caballeros, terminó integrándose a una de las tradiciones más rigurosas y prestigiosas de la historia de la danza: la escuela rusa de ballet. Durante más de dos décadas formó parte del histórico Teatro Mikhailovsky de San Petersburgo. Más tarde se convertiría en maestra, investigadora, coreógrafa y académica. Sin embargo, al escucharla hablar, uno descubre que todo comenzó mucho antes de Rusia. Comenzó con el cuerpo y con una niña dominicana que todavía no sabía que su destino estaba esperando detrás de una barra de ballet.
El primer lenguaje: la ciencia del movimiento
Antes del ballet existió la gimnasia artística. Mayumi no habla de ella como una etapa secundaria, sino como el fundamento invisible de todo lo que vendría después. "La gimnasia me dotó de una estructura física sólida, una conciencia corporal precisa y una disciplina que se convirtió en el cimiento de mi técnica y de mi arte en el ballet", explica. Mientras la escucho, comprendo que para ella el cuerpo nunca fue únicamente una herramienta de expresión; fue también un territorio de conocimiento analítico. La gimnasia le enseñó equilibrio, fuerza, flexibilidad y control, pero sobre todo, le inoculó la propiocepción y la capacidad de superar la fatiga, regresando cada día al mismo ejercicio hasta transformarlo en una segunda naturaleza.
El tránsito, sin embargo, supuso un choque dramático en términos biomecánicos. Pasar de la gimnasia al ballet clásico exigió una reconfiguración absoluta de su estructura. Mientras la gimnasia artística premiaba la fuerza lineal, el impacto explosivo y una colocación pélvica adaptada a las acrobacias, el ballet tradicional le exigió asimilar las reglas del en dehors —la rotación externa de las caderas—, el aplomo de una columna fuerte pero libre de rigidez, y la comprensión de que cada movimiento es un proceso y no solo un resultado.
Un amor a primera vista en Santiago
Durante un tiempo, en los años ochenta, convivieron dos pasiones con igual intensidad. La joven atleta pertenecía a la selección de gimnasia de Santiago y, simultáneamente, iniciaba sus estudios de ballet clásico. Sus tardes eran una carrera permanente contra el reloj: terminaban las clases escolares, corría a entrenar al Estadio Olímpico y, apenas terminaba, atravesaba la ciudad para llegar al Centro de la Cultura. "Era una locura, pero esa locura me impulsaba", recuerda con una mezcla de asombro y ternura. No sabía qué elegir, pues ambas disciplinas reclamaban una entrega absoluta. Pero el ballet terminó imponiéndose por una conmoción interior: "Llegó como una revelación repentina, un amor a primera vista que me arrebató el aliento. Se convirtió en mi lenguaje, en mi forma de existir".
Aquellos inicios en el país estuvieron exentos de certezas metodológicas. Al observar fotografías y libros de las grandes figuras internacionales de la danza, Mayumi experimentó una temprana conciencia de la distancia técnica. "Desconocía las reglas y la precisión que requiere la metodología tradicional para ejecutar cada movimiento; dudaba constantemente de si lo hacía bien". Lejos de paralizarla, esa insatisfacción alimentó a la investigadora que aparecería muchos años después: la artista que no se conforma con ejecutar, sino que necesita comprender el porqué de cada línea.
El encuentro con Rusia: el método como instrumento total
Hay decisiones que transforman una vida. El ingreso de Mayumi en la tradición de Agrippina Vaganova significó el encuentro perfecto entre una personalidad y un sistema de formación. La disciplina extrema de la escuela rusa no la intimidó; por el contrario, parecía esperarla. "Esa exigencia extrema resultó perfectamente compatible con mi espíritu de superación y perfeccionismo", afirma. En su mentalidad resonaba no solo su pasado deportivo, sino la educación estricta recibida de su padre japonés, basada en el respeto absoluto por el proceso, la constancia y la convicción de que la excelencia se construye día a día. Rusia no fue un choque cultural, sino una confirmación existencial.
Al desglosar el método Vaganova, que cuenta con más de 285 años de evolución ininterrumpida, Mayumi evita los lugares comunes. "Este sistema convierte el cuerpo en un instrumento total. No se trata solo de hacer los pasos bien, sino de entender cómo funciona cada parte del cuerpo y cómo todas ellas trabajan juntas". Un bailarín de esta escuela se distingue a leguas por esa integración: los brazos no son elementos decorativos, sino activos que aportan equilibrio y emoción; la mirada guía el movimiento y el torso otorga la estabilidad necesaria para giros y saltos potentes. Para ella, «formar el cuerpo» es un equilibrio entre la ciencia del movimiento y el arte puro: una progresión lógica donde el alumno nunca repite mecánicamente, sino con una profunda conciencia de dónde está cada articulación y cómo se distribuye el peso.
La superación de la carencia
Al preguntarle sobre el desafío más complejo de su etapa en San Petersburgo, su respuesta elude lo previsible. No habla del idioma eslavo, del invierno inclemente o de la distancia geográfica de su Caribe natal; habla de una herida técnica e íntima: "No haber comenzado mis estudios allí desde los primeros años. Esa ausencia temprana deja una marca profunda, ya que la formación inicial moldea la técnica y la sensibilidad de manera irrepetible".
Sin embargo, su respuesta revela el rasgo más definitivo de su carácter: la perseverancia indomable. "A través de una búsqueda constante de la perfección y de un estudio profundo, tanto práctico como metodológico, logré superar esa carencia". Bailó el exigente repertorio de Marius Petipa rodeada de compañeras y maestros formados exclusivamente en la Academia Vaganova. Vivió dentro de aquella tradición hasta hacerla suya, guiada inicialmente en su juventud por la memoria de su gran maestro panameño, Armando Villamil, quien de manera premonitoria se había formado en el GITIS de Moscú. Al final, el cuerpo recordó el camino trazado. Mayumi asimiló la técnica eslava no como un corsé, sino como una segunda piel, validando que su escuela y su metodología son, de forma incuestionable, las de Vaganova.
[Mañana el cierre: Segunda parte]
En la entrega de mañana domingo, Mayumi Sakamoto nos abrirá las puertas del histórico Teatro Mikhailovsky de San Petersburgo, donde habitó el cuerpo de baile durante más de dos décadas. Compartirá los secretos del anonimato y la trascendencia colectiva en clásicos como "La Bayadère", el impacto de trabajar durante quince años junto al célebre coreógrafo Nacho Duato, y cómo dialogan hoy en su madurez el corazón dominicano, la disciplina japonesa y la estética rusa.
"Es una pena que el cuerpo no nos permita bailar eternamente, pero sé que la danza seguirá bailando en mi mente y en mi corazón."
(Mañana, la conversación se vuelve más íntima y reveladora).
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