“Longtemps, je me suis couché de bonne heure.”

“Durante mucho tiempo, me acosté temprano.”

Pocas frases iniciales parecen prometer menos, y sin embargo pocas arrastran desde tan pronto una transformación tan profunda de la experiencia narrativa. No hay escena, no hay peripecia, no hay una entrada que marque un comienzo en el sentido tradicional; la frase se instala en un tiempo ya vivido, como si el relato no empezara, sino que emergiera desde una duración anterior, desde una zona donde la memoria ya ha comenzado a trabajar antes de que la narración se anuncie. En esa sobriedad se produce un desplazamiento decisivo: el tiempo deja de percibirse como sucesión y empieza a sentirse como espesor.

El inicio de À la recherche du temps perdu (In Search of Lost Time. En busca del tiempo perdido) no organiza una acción, establece una relación con la memoria; lo que se pone en juego no es lo que ocurre, sino la forma en que lo vivido regresa, se transforma, se recompone en la conciencia. El pasado no queda atrás, se infiltra; el presente no se fija, se deja atravesar por aquello que vuelve, y cada frase parece prolongarse más allá de su propio límite, no por exceso, sino porque la experiencia que contiene no cabe del todo en una medida lineal. Lo que se abre con Proust es una forma de duración en la que recordar deja de ser mirar hacia atrás y pasa a ser otra manera de vivir el presente.

Esa dilatación no responde a una lógica cronológica, responde a un cambio más hondo en la sensibilidad de su tiempo. La Europa de fines del siglo XIX y comienzos del XX había empezado a desconfiar de las seguridades que habían sostenido a la novela realista; la idea de una conciencia estable, de una narración capaz de ordenar el mundo desde fuera, comenzaba a resquebrajarse. En ese contexto, Proust no rompe de manera estridente con la tradición: la desborda desde dentro. Donde antes la novela avanzaba por hechos, aquí empieza a avanzar por asociaciones; donde antes importaba la secuencia, aquí importa la reverberación. La memoria deja de ser archivo y se convierte en fuerza activa, capaz de reorganizar lo vivido a partir de un detalle, de una sensación, de una inflexión mínima que arrastra consigo un universo entero.

Marcel Proust.

No es casual que esta transformación surja en un momento en que la cultura europea se vuelve más consciente de la inestabilidad del yo, de la fragilidad del tiempo y de la dificultad de apresar la experiencia sin que esta se altere en el intento. La obra de Proust pertenece a esa modernidad que ya no cree del todo en la transparencia de las formas heredadas, pero su originalidad consiste en no responder con la violencia de la ruptura visible, sino con una expansión paciente, casi hipnótica, donde la conciencia se repliega, vuelve sobre sí misma y convierte al tiempo en materia narrativa. La fractura, en su caso, no aparece como estallido, aparece como dilatación.

Por eso este inicio resulta tan decisivo. No inaugura solo una novela, inaugura una manera de leer. Quien entra en Proust debe renunciar a la expectativa de que el relato lo conducirá rápidamente hacia un desenlace; lo que se le pide es otra clase de atención, una más cercana a la escucha que a la persecución de hechos. No se sigue una historia, se habita una memoria; no se avanza hacia adelante, se aprende a reconocer que lo remoto puede irrumpir con una intensidad capaz de desordenar el presente. Esa experiencia, que en su momento debió parecer extraña, terminó por alterar la idea misma de lo novelable.

La influencia de ese gesto en la literatura universal ha sido profunda y persistente. Después de Proust, la memoria dejó de ser un simple recurso temático para convertirse en estructura; el tiempo interior, con sus superposiciones, sus retornos y sus desvíos, pasó a ocupar un lugar central en la imaginación narrativa del siglo XX. No se trata solo de los escritores que dialogaron de manera directa con él, sino de una transformación más amplia: la novela entendió que la experiencia humana no se deja reducir a una cronología limpia, que vivir y recordar son actos inseparables, y que la conciencia no recibe el mundo como una superficie ordenada, sino como una materia movediza, hecha de presencias y retornos.

También por eso este comienzo sigue siendo contemporáneo. No pertenece únicamente al mundo en que fue escrito, aunque lo exprese con una precisión extraordinaria; permanece porque toca una dificultad que no ha dejado de acompañarnos: la imposibilidad de fijar lo vivido en una forma definitiva. Cada época vuelve a Proust y encuentra allí algo de su propio desconcierto ante el tiempo, algo de esa experiencia íntima por la cual lo aparentemente más lejano puede volverse de pronto inmediato, y lo presente puede revelarse ya contaminado por la memoria.

En ese sentido, el vértigo de Proust no procede de la velocidad, sino de lo contrario. Proviene de esa lenta apertura en la que el tiempo deja de ser una línea y se vuelve profundidad; proviene de descubrir que un comienzo puede no empujar hacia adelante, sino arrastrar hacia dentro. La frase inaugural de En busca del tiempo perdido conserva intacta esa potencia: no nos pone frente a una historia que empieza, nos coloca ante una conciencia para la cual nada termina de empezar del todo, porque todo comparece ya tocado por el recuerdo. Ahí reside su rareza, y también su permanencia.

Ramón A. Lantigua

Abogado

Abogado, docente y especialista en mercados regulados. Egresado de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña; Postgrado en Derecho Procesal Civil, de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, y Maestría en Derecho de la Universidad de Tulane, en la ciudad de Nueva Orleans.

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