El Malecón se convirtió en una caldera de ritmo, donde el sudor y el color dictaron la pauta del Desfile Nacional de Carnaval. Entre el estruendo de los fuetazos y el brillo de las caretas, República Dominicana reafirmó por qué su alegría es un patrimonio indomable.
Desde el sur profundo llegaron los diablos bacases de San Juan, cargando el misticismo y la fuerza de la tierra en cada paso. A su lado, el orgullo nacional se vistió de diablo cojuelo, con trajes que ondearon los colores de la bandera bajo el sol de marzo.
La fantasía de Villa Francisca encendió la avenida con diseños inspirados en el fuego y los cuatro elementos, elevando la creatividad popular a niveles de alta costura. Mientras tanto, el califé y el satírico Papelón recordaron con sus rimas que el carnaval es, ante todo, la voz del pueblo.
La nostalgia de San Cristóbal desfiló al ritmo de Roba la gallina y su inseparable "viejo", personajes que son el corazón latente de los barrios. El recorrido cerró el círculo de la identidad con la representación taína, un homenaje visual a las raíces que sostienen nuestra cultura.
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Fotógrafo profesional y fotoperiodista especializado en fotografía documental y narrativa visual. Actor y maestro de teatro. Interesado en contar historias humanas a través de la imagen.