Bendito Gordo o La ascensión escatológica del Gordo Larancuent es la flamante pieza con la que el Teatro Guloya celebra sus 35 años de resistencia cultural. Antes de avanzar hacia las consideraciones y reflexiones que amerita este trabajo creativo e imaginativo, es bueno dejar constancia de la ficha técnica. La dramaturgia y dirección es de Claudio Rivera con préstamos de La irresistible ascensión de Arturo Ui de Bertolt Bretch, Cien años de soledad de García Márquez y Vía intestinal de Reynaldo Disla. Además de películas, videos de las redes, testimonios, vivencias…  Interpretaciones: Claudio Rivera, Viena González, Gerardo Mercedes y Luinis Olaverría; escenografía: Fidel López; iluminación: Ernesto López; vestuario: Vera Bertuzzi; musicalización a partir de creaciones de Vic Contreras y letras de Claudio Rivera; diseño de la palmita: Miguel Ramírez y animaciones: Jafreisy De la Rosa y Yacela Payano.  

En este montaje todo abunda, es excesivo. La hipérbole, entiendo, es la génesis que abona esta inevitable e irresistible ascensión del Gordo Larancuent. Una hipérbole alimentada por la levadura más efectiva: el terror crónico de casi todo latinoamericano, sobre todo el de aquellos que vienen caminando sin privilegios desde las independencias, a pasar hambre, a no andar montado, a ser confundido con los prietos, los morochos, los esos o los nadie. Esa mismita es la levadura que fermenta, pero que no llega a pudrir, a este Gordo y su anillo escatológico que vuelve y vuelve porque sigue montado en el palo.  

Lo que abunda hasta Dios lo ve, ¡Bendito Gordo!

El relato que alimenta a este montaje es nuestro pan de cada día. Un pan abundante en abusos de todo tipo: falta de institucionalidad, paternidad irresponsable, doble moral (santo niño de Atocha en el desayuno y Belié Belcán en la madrugada), manipulación, extorsión, violación de menores, asociación de malhechores, suicidios de jóvenes,  abandono desesperanzado de la patria y un largo etcétera. Las escenas se concatenan a partir de cada una de estas prácticas en un in-crescendo escatológico que nos embarra doblemente, como su etimología: con el asco a los detritus corporales y con ese fin último que parece no llegar nunca.  

En este montaje abundan las actuaciones bestiales. Se sabe que los actores y las actrices son la clave del teatro. En Bendito Gordo, se vuelve una verdad irrefutable. Claudio Rivera engorda de manera desproporcionada, no solo por el vestuario sino que encarna a ese gordo en cada una de sus acciones físicas, incluida la voz, y con eso el público ya tiene suficiente como para ponerle alma, corazón y vida. Gerardo Mercedes, un actor de experiencia sobrada, nos “vende” de manera creíble e increíble ese militar que tanto despreciamos pero que nos viene tan bien para sacarnos de cualquier aprieto. Viena González es primero la compañera incondicional del Gordo y casi sin solución de continuidad se convierte en la víctima que debe encontrar el equilibrio adecuado para cargar la mochila con que transita durante casi toda la obra. Equilibrio que encuentra en el uso de su energía actoral, tal como nos tiene acostumbrados. Además detrás de una máscara y una pamela se transforma en el opuesto: una oligarca de esas que dan pelas. 

Lo que abunda hasta Dios lo ve, ¡Bendito Gordo!

Me veo en la obligación de hacer un punto y aparte para referirme a Luinis Olaverría quien caracteriza a varios personajes. Es evidente que su sólida formación en el arte de la improvisación dan una base fuerte a su desempeño en la puesta en escena. Aclaro, improvisar no es un talento innato para subirse a un escenario y darle pallá. No, es una disciplina que requiere de un entrenamiento físico y un repertorio capaz de permitirle a un actor crear y cambiar de personaje en cuestión de segundos. Eso es lo que hace Luinis Olaverría, quien comienza como un cabo de la policía y se va transfigurando en lambón que sabe cosas, asesino que colecciona sombreros, urbano-gurú-palma, profesor de retórica o un viejo miembro de una familia con negocios en la frontera, familias que disponen de sus hijas como parte de los acuerdos comerciales.  

El ritmo del montaje encuentra su punto y contrapunto en las confesiones del Gordo a un sacerdote invisible, las canciones del urbano con atuendo de palma, las coreografías desopilantes tan propias de Guloya y en la dosis abundante de asco, desprecio y risas. Los ecos de una cultura musical reconocible de varias décadas,  la escenografía minimalista que juega con el contraste del blanco inmaculado del papel de baño y la asquerosidad que limpia producen un efecto temporal terrible: esto que vemos está sucediendo, sucedió y sucederá.

En fin… Bendito Gordo es una pieza abundante, que todos nos mecemos ver, no solo Dios. 

Mónica Volonteri

Mónica Volonteri, escritora, editora, docente y crítica de teatro. Argentina de nacimiento y nacionalizada dominicana. Imparte Semiótica en Chavón, la Escuela de Diseño en las carreras de Cine y Bellas Artes. También imparte talleres de escritura creativa de forma independiente.

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