Vivimos convencidos de que, si lográramos planificar mejor, prever cada escenario y anticiparnos a cada obstáculo, podríamos evitar el fracaso y el sufrimiento. Organizamos agendas, diseñamos proyectos, calculamos riesgos y posponemos decisiones, esperando el momento perfecto. En el fondo, perseguimos una ilusión profundamente humana: creer que algún día podremos controlar la vida.
Hace más de un siglo (1903), León Tolstói convirtió esa inquietud en el corazón de uno de sus cuentos más sencillos y, al mismo tiempo, más profundos: Las tres preguntas. Lo que comienza como la búsqueda de un emperador para obtener respuestas infalibles termina transformándose en una extraordinaria lección sobre la incertidumbre, el presente y el verdadero sentido de la existencia.
El emperador está convencido de que, si logra responder tres preguntas —cuál es el momento oportuno para actuar, quién es la persona más importante y cuál es la tarea más importante—, jamás volverá a equivocarse. La pregunta parece razonable. Después de todo, ¿quién no ha deseado alguna vez saber cuál es la decisión correcta antes de tomarla? Sin embargo, cuanto más avanza el relato, más comprendemos que el emperador no busca sabiduría, sino seguridad.
Quiere eliminar la incertidumbre de su vida, una fórmula que le garantice el éxito; quiere controlar aquello que, por naturaleza, nunca podrá controlar. Con honestidad, ¿no hacemos exactamente lo mismo? Esperamos el momento ideal para cambiar de empleo, el momento adecuado para emprender un proyecto, para enamorarnos, tener hijos, comprar una casa o perseguir un sueño, y, convencidos de que una mejor planificación nos protegerá del error, terminamos aplazando las decisiones mientras la vida continúa avanzando sin pedir permiso.
Tolstói rompe esa ilusión con una sencillez admirable. En cuanto al ermitaño, nunca responde directamente a las preguntas del emperador, pero sí le permite descubrir las respuestas viviéndolas: primero, mientras cava la tierra ayudando a un anciano; después, al salvar la vida de un hombre herido que, paradójicamente, había salido con la intención de asesinarlo. Es solo al final cuando el ermitaño revela aquello que el emperador llevaba buscando desde el comienzo: el momento más importante es siempre el presente; la persona más importante es la que está frente a nosotros; y la tarea más importante consiste en hacer el bien a quien necesita nuestra atención.
La grandeza del cuento reside precisamente en esa aparente simplicidad, porque las respuestas no llegan en medio de un discurso filosófico ni en un acto heroico; llegan mientras se sostiene una pala, se limpia una herida y se ofrece un vaso de agua. Tolstoi parece decirnos que la vida rara vez se presenta bajo la forma de grandes acontecimientos, sino que casi siempre llega disfrazada de pequeñas decisiones cotidianas. Quizá por eso este relato conserva tanta vigencia.
Estamos enquistados en una cultura obsesionada con el futuro, hablando constantemente de lo que haremos cuando mejoren las circunstancias, cuando llegue un ascenso laboral, cuando terminemos los estudios, cuando tengamos más tiempo, cuando desaparezcan los problemas. Pero el futuro posee una característica inmutable: nunca deja de serlo.
Mientras tanto, el presente continúa escapándose, y es precisamente ahí donde Tolstói nos invita a detenernos. No podemos controlar los acontecimientos que vendrán mañana ni modificar lo que ocurrió ayer. Lo único que realmente nos pertenece es la decisión que tomamos en este instante.
Resulta significativo que el emperador no encuentre las respuestas que buscaba hasta dejar de buscarlas. Solo cuando abandona la obsesión por controlar el futuro y se concentra en ayudar al anciano y socorrer al herido descubre aquello que llevaba tanto tiempo intentando comprender. Quizá esa sea la mayor paradoja del cuento. Pasamos buena parte de nuestra existencia intentando dominar la vida, cuando ella misma nos pide únicamente que estemos plenamente presentes en ella.
No significa renunciar a los sueños, ni dejar de planificar, ni vivir sin responsabilidades. Significa comprender que ningún plan puede sustituir la importancia del momento que vivimos, porque las decisiones que verdaderamente transforman nuestra existencia casi nunca ocurren en el mañana que imaginamos, sino en el ahora que tantas veces dejamos pasar.
A más de cien años de que ocurrieran, las tres preguntas siguen recordándonos una verdad tan sencilla como difícil de practicar: no siempre podremos decidir lo que ocurrirá mañana, pero siempre podremos decidir cómo tratamos a la persona que tenemos delante, qué hacemos con el tiempo que vivimos y qué clase de seres humanos elegimos ser en este preciso instante. Al final, la vida nunca estuvo esperando el momento perfecto. La vida siempre estuvo ocurriendo ahora.
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