Introducción
El general Pedro Santana, dos años antes de concluir la Guerra Restauradora, en carta enviada el 11 de octubre de 1863 al Ministro de Ultramar de España, Francisco Permanyer y Tuyets, reconocía que la misma “se halla hoy en toda su plenitud, presenta cada día tales proporciones, se desenvuelve con tales iras, que exceptuando el Castillo de Puerto Plata, se enseñorea en toda la provincia de Santiago, en la de La Vega, y pisa ya dentro de los límites de las de Santo Domingo, Azua y el Seibo.”
Al enterarse de los movimientos de rebeldía que se desarrollaban en diferentes puntos del país, los comandantes Juan Nuesí Lafitte, Juan Pablo Tolentino y José Dolores Bermúdez organizaron una fuerza revolucionaria en la sección Los Ranchos que, dividida en tres columnas, marchó sobre la ciudad de Puerto Plata.
Los españoles habían establecido sus avanzadas integradas por criollos, al mando del general Gregorio de Lora, quien, al llegar a Los Ranchos, confraternizó con los revolucionarios al grito de ¡Viva la República!, lo que le permitió ser reconocido como generalísimo de las fuerzas patrióticas puertoplateñas.
De Lora tomó el mando del movimiento y con los rancheros logró apoderarse de la gobernación y del cuartel, al tiempo que sitió el fuerte de San Felipe, intentando posesionarse de él en varias ocasiones. Fue rechazado por las fuerzas españolas en igual número de intentos realizados, viéndose forzado a establecer la Jefatura de la Comandancia de Armas en el mismo pueblo de Puerto Plata.
El comandante Velasco, gobernador de la Plaza, envió la goleta El Federico a Santiago de Cuba para solicitar refuerzos. El mariscal José de la Gándara, que a la sazón era gobernador de Santiago de Cuba, con prontitud y sin esperar la orden del Capitán General de la Isla, Dulce Garay, despachó al coronel Arizón, quien, con mil quinientos hombres, desembarcó en Puerto Plata el 21 de agosto en la noche, avanzando en seguidas contra los sitiadores.
Las fuerzas que dirigía el general Gregorio de Lora fue vilmente masacrada, pero el coronel Arizón murió en el primer combate, a lo que siguió una oleada de degüello y pillaje por parte de los españoles, quienes cargaron varios buques con todo tipo de riquezas existentes en aquel importante puerto comercial del país, que llevaba y lleva el nombre de Puerto Plata.
Por último, un incendio de grandes proporciones iluminó las acciones vandálicas ejecutadas y la gloriosa Ciudad del Atlántico quedó reducida a cenizas. El general Juan Suero, comandante de la Plaza de Armas de Puerto Plata, quien se encontraba de visita en Santo Domingo, regresó a la ciudad norteña y puso término a tantas depredaciones.
El día de la derrota, los rancheros que lograron sobrevivir al bestial ataque se replegaron hacia la comunidad de Hojas Anchas, situada a cuatro leguas de Puerto Plata. En tanto que los patriotas procedentes de Jamao, Yásica y de otras comunidades situadas al oeste, se fijaron en Jácuba, ubicada a menor distancia, encabezados por el capitán Vilo Matías y el comandante Juan Bonilla.
Dos columnas españolas intentaron forzar estos campamentos, siendo abatidas, causándoles grandes bajas e impidiéndoles avanzar hacia Santiago de los Caballeros, donde las fuerzas peninsulares estaban sitiadas en la fortaleza San Luis. Una de esas columnas dejó una pieza de artillería en poder de los dominicanos que acampaban en Hojas Anchas, ahora dirigidos por Lafitte, ya que el general De Lora se había retirado junto a varios de sus compañeros primero a Jamao, luego a Moca y finalmente marchó con algunas fuerzas sobre la ciudad de Santiago, acompañado del general Manuel Rodríguez, alias El Chivo, donde el generalísimo Gaspar Polanco había sido aclamado como Comandante en Jefe.
Polanco había transmitido órdenes a Lafitte para que impidiese todo tránsito de las tropas enemigas que pretendieran ir desde Puerto Plata hasta Santiago. Lafitte se replegó primero hacia Altamira, centro de la vía entre Santiago y Puerto Plata; luego al Limón y, finalmente, dejó el camino libre cuando se enteró de la marcha de una fuerte columna al mando del general Juan Suero y el coronel Mariano Cappa, situación que le fue informada al General en Jefe de los revolucionarios, Gaspar Polanco, por uno de sus espías.
Concluida la Batalla de Santiago, el generalísimo Polanco fue designado Jefe de Operaciones de Puerto Plata, con el encargo de tomar el otro bastión español en el Cibao, el fuerte de San Felipe. En tal sentido, el general Luperón, que pasó a ser Jefe de Operaciones de Santiago, procedió a reforzarlo con una columna de mocanos al mando del coronel Manuel Rodríguez.
De igual modo, por el camino de Yásica, Luperón puso en ruta una columna de tropas puertoplateñas, al mando del comandante Reyes, quien fue promovido a coronel. En tanto que el capitán Reynoso fue promovido a comandante y se les impartieron órdenes de que estableciera un cantón en Jácuba, se pusiera en contacto con el General en Jefe, Polanco, y procediera a acatar su suprema autoridad.
En su retirada de Santiago a Puerto Plata el 13 de septiembre de 1863, los españoles fueron perseguidos tenazmente por el generalísimo Polanco con una columna de 300 hombres, por un camino de travesía, para situarse delante de la columna española en el lugar conocido como El Carril, donde había unos cerros muy apropiados para hacerle una emboscada. Las tropas españolas levantaron el campamento de Quinigua en la madrugada y, tiempo después, ya estaban en contacto con las tropas que encabezaba el General en Jefe de los patriotas, cuyo encuentro fue muy costoso para los peninsulares, ya que hubo muertos, heridos y prisioneros.
Entre los prisioneros se encontraba el conocido escritor Alejandro Angulo Guridi y su familia, que habían sido apresados en la emboscada de El Carril mientras se iban con los españoles. En la subida del Limón, el general Polanco volvió a repetir la táctica del Carril, procediendo a hacerle otra emboscada al brigadier Buceta, mientras que los generales Benito Monción, Pedro Antonio Pimentel y otros empujaban al enemigo con una persecución constante por entre los montes.
A las nueve de la mañana del 14 de septiembre, la guerrilla del generalísimo Polanco rompió la vanguardia de las tropas españolas con una temible descarga y, aprovechando las ventajas del terreno y la inexperiencia de los peninsulares en la guerra de bosques, ofreció una resistencia mortífera al avance de su columna. Sin embargo, los batallones del regimiento de La Corona, con la ayuda de los demás cuerpos, resistieron la embestida con gran heroísmo y dedicación.
Ambos ejércitos paralizaron sus fuegos, reemplazando así las armas de fuego por las armas blancas. Las bayonetas españolas lograron despejar el camino a costa de muchas bajas, pero sin poder evitar el fuego permanente de las tropas dominicanas por los flancos derecho e izquierdo, que igualmente les causaron grandes bajas.
Cuando la columna española llegó a la cuesta de Altamira, los insurrectos dominicanos tenían ocultos 500 hombres en el bosque y mil más en el pueblo de Altamira. El Batallón de la Corona cubría la vanguardia y Los Cazadores de Isabel II cubrían la retaguardia. Los patriotas dominicanos rompieron el fuego y se produjeron sucesivas lluvias de plomo. La artillería española se disponía a lanzar su metralla sobre los insurrectos, cuando de repente salieron 500 dominicanos en forma de emboscada en la entrada de Altamira y les cortaron el paso.
Las cornetas peninsulares lanzaban toques de retirada, lo cual no era posible sin grandes muestras de heroísmo. La vanguardia española, viéndose cortada y en peligro, dio frente a la retaguardia, caló bayonetas y se impuso gracias a las ventajas de sus granadas.
Los dominicanos se vieron cogidos entre dos fuegos. Cuando éstos quisieron retirarse ante el empuje de las bayonetas, se refugiaron en un bosque que era ocupado por el Segundo Batallón de la Corona. Este Batallón persiguió a los patriotas, obligándoles a despeñarse por una barranca situada en la parte occidental del poblado.
Los partes oficiales españoles reportaron la cifra exagerada de 500 muertos en ese combate. No obstante, las bajas sufridas por los peninsulares fueron muy significativas. Los dominicanos continuaron sus fuegos salteados y certeros desde las alturas vecinas, que fueron respondidos por los españoles con el uso de la artillería.
Al amanecer del 15 de septiembre, los españoles dieron la orden de marchar precipitadamente sobre Puerto Plata, ya que ese viacrucis era demasiado mortal para la columna. Consiguieron todos los caballos que les fue posible encontrar y la caballería se desmontó para transportar a los numerosos heridos. En ese momento, el general Juan Suero se encontraba en posesión de un terreno conocido, pero también tenía de frente a dos titanes de la lucha patriótica, a los restauradores Juan Bautista Latour y Juan Nuesí Lafitte, quienes se cubrieron de gloria en esta ocasión.
Desde que los españoles se pusieron en marcha, los patriotas rompieron fuego por el frente y por los flancos, causándole grandes bajas. Los restauradores habían llenado el camino de grandes obstáculos, como troncos de árboles, abundantes ramas y enormes piedras derribadas desde las barrancas de las colinas, sierras y cordilleras del entorno. En algunos parajes había enormes empalizadas, que, junto a los impedimentos de los heridos y de las familias españolizadas que acompañaban a las tropas desde Santiago, dificultaban enormemente la jornada, la cual fue aún más desastrosa para las fuerzas realistas que la del Carril.
A las diez de la mañana del 15 de septiembre pararon las tropas españolas en Los Llanos de Pérez, a la altura de la finca del general Juan Suero, donde procedieron a colocar a los heridos en la casa y a las mujeres asiladas en las enramadas. Pero antes de que terminaran de acomodarse, los patriotas incendiaron todos los cañaverales de la finca y el fuego se propagó rápidamente, ayudado por la fuerte brisa que había entonces. Los restauradores que habían calculado muy bien este golpe aprovecharon el desconcierto del enemigo, que estaba acorralado por las llamas y el humo, causándole gran daño.
Los patriotas también causaron grandes bajas al enemigo en el ataque que realizaron en Arroyo Negro, el cual fue extremadamente sangriento para los peninsulares, quienes estaban obligados a limpiar el camino de diferentes obstáculos colocados por los patriotas insurgentes para continuar su retirada hacia Puerto Plata.
La columna española, forzada a continuar la marcha, se mantuvo resistiendo con un débil fuego de retaguardia, pero al llegar al río Bajabonico se encontró con una tremenda emboscada. Los patriotas dominicanos los estaban esperando muy bien situados en enormes barrancos al frente y por el flanco derecho de la columna.
Las guerrillas de Lafitte con los valientes rancheros estaban apostadas en los montes, desde donde lanzaban un mortífero fuego casi a punto metido. El río Bajabonico estaba defendido con grandes trincheras de árboles, detrás de los cuales había que disputarles el paso a los certeros cazadores de guineas de Los Ranchos. Esto significaba que cada tiro de los rancheros conllevaba para los españoles un hombre muerto o herido.
La defensa del paso del río Bajabonico fue verdaderamente heroica, lo que obligó a los españoles a cejar por un momento. Sin embargo, el comandante general, entrando en cólera, tomó la bandera que rodó en tierra al morir el portaestandarte. Al ritmo de tambores de guerra, al grito de ¡Arriba España! ¡Viva la Reina! y ayudados por la certera artillería, los peninsulares pasaron el río como un huracán, después de matar a los patriotas que defendían la sólida trinchera.
Ese combate fue muy reñido y costó muchas bajas a ambas partes. De ahí en adelante los españoles no fueron hostilizados hasta llegar a la Cuesta de San Marcos, lugar donde se encontraban los restauradores, situados en los barrancos de ambos lados del camino. Siguiendo la misma defensa del río Bajabonico, los patriotas dominicanos habían construido una enorme trinchera, que el Ejército Realista español no logró destruir.
A los españoles no le quedó otra alternativa que combatir y abrir una vereda por entre los montes, con la protección de armas de fuego y granadas, lo que implicó tres largas horas de trabajo. La falta de artillería y la indisciplina de los patriotas dominicanos eran sus dos grandes desventajas, ya que estos tenían las mejores posiciones. Luchaban contra un enemigo muy superior en armas, disciplina y experiencia. Los soldados peninsulares no eran más valientes que los dominicanos, ya que éstos sin contar con abundantes municiones ni jefes militares experimentados, causaron grandes bajas al Ejército Realista español.
En los altos de la Cuesta de San Marcos a la columna peninsular sólo le quedaban tres caballos cargados con las municiones de reserva, lo que deja ver que la situación de las tropas realistas era sumamente difícil. Si se hubiese producido un ataque de los patriotas dominicanos, habrían podido impedir la entrada de los peninsulares a Puerto Plata. Pero la suerte estuvo de su lado, ya que los dominicanos estaban cansados, sin comer, sin dormir, sin municiones y con la moral baja, tras enterarse de que la columna enemiga había logrado pasar por el monte de San Marcos.
Con el camino libre, los demás batallones realistas pudieron entrar en Puerto Plata a las seis de la tarde del 15 de septiembre, donde encontraron calma y auxilio los heridos, los enfermos y las familias españolizadas que les acompañaban, tras el indescriptible viacrucis de aquella jornada. Conforme a lo expresado por el capitán español Ramón González Tablas, cuando los jefes militares pasaron lista, se dieron cuenta de que aquella retirada le había costado alrededor de mil hombres, entre muertos, heridos y extraviados.
El 3 de octubre de 1863, el general José de la Gándara salió desde Puerto Plata hacia Santo Domingo con varios batallones, acompañado de los generales Juan Suero, Manuel Buceta y Antonio Abad Alfau, así como de todos los generales de las reservas. Aquel día se pasó a las filas de los patriotas dominicanos, el valiente general Benito Martínez.
Aprovechando esta situación, los patriotas dominicanos atacaron la ciudad de Puerto Plata el 4 de octubre de 1863, siendo rechazados por la guarnición española del fuerte de San Felipe. Ese día fue incendiada la ciudad más rica que había en esa época en la República Dominicana y, de igual manera, el puerto comercial más importante del Cibao.
El incendio se extendió libremente en horas de la noche por acción de la brisa del mar, teniendo una duración de tres días, ya que la mayor parte de las casas del lugar eran de madera. En pie solo quedaron dos casas: la de Sánder y la de la Capitanía del Puerto de la ciudad, las cuales fueron salvadas por los soldados, al estar situadas al pie del fuerte de San Felipe, para evitar que el fuego también las afectara.
A finales de diciembre de 1863, el general Luperón pidió y obtuvo permiso al Gobierno Provisorio por tres días para ir a ver a su madre, a sus hermanas y hermanos, a quienes hacía alrededor de dos años que no veía. Cuando llegó al Campamento de Las Javillas que dirigía el generalísimo Gaspar Polanco, fue recibido con algarabía por sus compañeros de armas, los generales Polanco, Benito Martínez, Carlos Medrano, Juan Bonilla, Francisco Reyes Marión, Juan Pablo Tolentino, Pedro Gregorio Martínez y todos los oficiales superiores de Las Javillas y de Malius, quienes también se enteraron de la llegada del líder restaurador y fueron a recibirle.
El general Luperón recorrió, con los jefes de los cantones y el General en Jefe Polanco, las diferentes trincheras construidas por los restauradores para enfrentar a las tropas españolas, quienes pidieron su opinión sobre la disposición de éstas y sobre la posición de la fortaleza de San Felipe. El general Luperón hizo algunas observaciones para mejorar las trincheras, las cuales fueron inmediatamente acatadas e implementadas por el general Polanco, al tiempo que expresó las siguientes palabras:
“El sitio que ellos sostenían con tanta bizarría y denuedo, era el hecho de armas más heroico que se conocía en la historia de la guerra de la isla; que los felicitaba con la mayor y sincera efusión del alma; que como hijo de Puerto Plata, y uno de los defensores de la patria, se sentía orgulloso de poder pasar algunas horas al lado de soldados tan distinguidos y heroicos.”
El asedio a las tropas españolas en Puerto Plata y muy especialmente a las apostadas en el fuerte de San Felipe, se mantuvo desde octubre de 1863 hasta julio de 1865, fecha en que la reina Isabel II ordenó el retiro del Ejército Realista español del territorio dominicano. Los patriotas restauradores las mantuvieron en jaque y les causaron grandes bajas a las tropas realistas españolas en todo el perímetro de la Ciudad Atlántica.
Compartir esta nota