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Introducción
La Siguaraya, del escritor Jesús Manuel Pérez, no es sólo una novela: es una novela-ensayo que plantea una situación histórica insoslayable: la deuda histórica con el manejo ético del poder en la administración estatal. Esta novela constituye una pieza importante, como reflexión del fenómeno, que juega su papel en el ajedrez de la historia dominicana, y por qué no en la latinoamericana. La trascendencia de la importancia como pieza estético-ideológica de La Siguaraya puede ser inadvertida por literatos y hasta intelectuales dominicanos debido a dos hechos fundamentales que se entremezclan: a) la moda de descartar las obras por que plantean temas sociológicos, políticos, sociales, y b) porque la mayoría de los escritores de este país están vendidos al poder o al menos no quieren buscarse problemas con ese poder instituido. La Siguaraya deja entrever las paradojas históricas fundamentales de la cultura dominicana de pie a cabeza, en el discurso del ser dominicano. Yo podría arriesgarme a decir que la trascendencia de esta novela no puede ser intuida o advertida más que por unos pocos. Pocos vislumbran la importancia de ella en la contingencia histórica del discurso, la ideología, la política de ideologización en el decurso de la historia dominicana. Esta obra no es novela light, de la moda de ahora, de esas que buscan no buscarse problemas con el poder establecido y con los intereses de quienes manejan los medios y practican la posverdad, de quienes prefieren una literatura alejada de los problemas nacionales, de personajes mitológicos evasivos que anulan el contexto único de la subjetividad escritural. Pero tarde o temprano la literatura ha de hacer que el ser se encuentre consigo mismo, con su propia realidad existencial, puesto que de allí, de su propio contexto de vida, es que deriva la validez mayor de toda literatura. Por tanto sería necio pretender acogida del sistema para validar una obra como La Siguaraya, que como literatura hace un planteamiento-cuestionamiento a los valores del ser dominicano. El hecho de que una novela como esta reciba elogio de tales medios podría ser, en el fondo, una trampa para anular el efecto crítico que ella encarna, una trampa tendida y respaldada, tácitamente o no, por la mayoría de los pocos que leen en este país, cuya filosofía de estética del signo, aristotélica en su sentido conservador, en su designio histórico de mismidad, es reforzada conscientemente. Por suerte que siempre habrá quienes veamos la vida de otro modo, con la otredad irredenta del tiempo, eternamente irredenta, arquilocada contra la manipulación histórica de los preceptos estéticos de la miseria automatizada por los ejes del poder a quienes, igualmente, con tanta misera sirven ciertos intelectuales, infames como el peor de los infames. Por tanto, las obras como La Siguaraya son objeto de violencia epistémica (Spivak, 1988) en contextos como el nuestro, de censura sutil o abierta, por lo cual no resulta habitual que sean ponderadas en función de su orientación ideológica. La mayoría de las obras más vigorosas de la literatura han sido silenciadas (ya con la negación, ya con indiferencia u omisión).
Dice Borges en su cuento TEMA DEL TRAIDOR Y DEL HÉROE “Que la historia hubiera copiado a la historia ya era suficientemente pasmoso; que la historia copie a la literatura es inconcebible. . .” En este país los politiquerosos copian la historia, la historia más funesta, y la historia copia a la literatura con pavorosa pasmosidad. Eso parece decirnos el autor de La Siguaraya. La literatura, en esta novela, trata de radiografiar a la realidad histórica porque frente a esta aquella queda corta en ficción. Es lo propio que se viene diciendo, desde Lord Byron, Mark Twain, Oscar Wilde, de que la verdad, la realidad supera a la ficción. La Siguaraya, el país de las vainas, sin proponérselo, llega a convertirse en el “inverosímil ficcionario” al que se resiste uno creer por cuanto es difícil aceptar que tales hechos pudieron haber acontecido y que la propia sociedad subsistiera a los mismos. Me refiero a la realidad dominicana como “inverosímil ficcionario” atendiendo a mi parecer: que la relación jerárquica verosímil-inverosímil y su consecuente manipulación (histórica, mediática, teatral) a partir de la poética aristotélica no es más que una política de ideologización del sujeto a favor de la intelligentsia de la clase dominante en la historia; de ahí que La Siguaraya sería algo inverosímil estéticamente hablando y, por lo tanto, inválida estéticamente hablando. Eso es aplicación de violencia epistémica. Pero resulta que esta novela-ensayo se basta a sí misma para enfrentar tal violencia. Sólo hay que ponerla a circular, y el tiempo hará su trabajo, cumplirá con su fortaleza estética innegable, más allá de la izquierda y la derecha, más allá de las modas pseudoestéticas, más allá de los poderes fácticos, más allá de todos nosotros. Trascenderá el propio momento histórico que la genera y al que ella alude.
Si la relación verosímil-inverosímil de la historia no deja de ser manipulación, podemos decir que las obras afianzadas en mitologías ajenas o heredadas (como la greco-romana u otra) pueden ser y no ser otredantes con relación a la mismidad histórica. Esto va a depender de la orientación ideológica del sujeto-escritor; al menos de la orientación estético-ideológica que la obra asuma en su propio discurso. Me explico mejor: no toda obra que refiera mitologías ajenas a nuestra realidad, a nuestro contexto anulará nuestro propio contexto escritural (individual o colectivo). Hay escritores (como el gran poeta Franklin Mieses Burgos o Tomás Hernández Franco) que utilizan la mitología (pasada y actual) para metaforizar una realidad propia, haciendo una obra representativa de la existencia de su tiempo. Pero hay otros que integran tales mitologías para evadir la responsabilidad de asumir del algún modo su propia realidad y la ineludible tarea del enfrentamiento. En esto último no cae La Siguaraya. Por eso, su importancia como literatura no sucumbirá en una moda de su tiempo, sino que será discurso que desde su propio contexto abarca todo el contexto de la historia dominicana, y sobre todo, el discurso de la deuda pendiente con los más altos ideales de la nación. Porque bueno es decir aquí que los dominicanos, en su mayoría, a pesar del sueño de Duarte, Luperón, Hostos, Francisco Henríquez y Carvajal, Juan Bosch y otros, seguimos revolcándonos en las mismas cagadas que ejecutamos.

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La lengua
En La Siguaraya la lengua se difumina entre autor y personajes. Sus fronteras se borran. Esas fronteras que estaban tan bien delimitadas en La mañosa, de Juan Bosch, Over, de Marrero Aristy y no tan así en Sólo cenizas hallarás, de Pedro Bergés. La Siguaraya se diferencia de las anteriores, lo cual establece una singularidad de ella como novela. La lengua empleada en La Siguaraya se diferencia de la de La Mañosa, de la de Over, de la de Sólo cenizas hallarás. Si bien es cierto que en Sólo cenizas hallarás se pierden las fronteras lexicales entre personaje y autor, como luego sucede en La Siguaraya, esta, distinto a aquella, registra la lengua popular, coloquial de las primeras décadas del presente siglo referida directamente por los personajes (y asumida por el autor mismo), mientras que la de Bergés registra la lengua de su entonces (años 1960) cedaceada por el uso indirecto del propio autor. La lengua de La Siguaraya incluso se distingue de la lengua urbana, practicada por las nuevas generaciones, y en los nuevos escenarios virtuales.
La relación jerárquica verosímil -inverosímil se convierte en sutil manipulación mediática (en la escritura misma, en el discurso literario) en que la realidad de ese teatro la desnuda, y aún más una radical deconstrucción. En esta novela se asume una teatralidad contraria a ese teatro, un contra teatro con un arma creativa: la reingeniería de la lengua popular con sentido estetizante. Esto es un gran logro. En esta novela la historia familiar del círculo Juan Luis–Alberto–Mochi–Vicky–Rosy y demás sirve de pretexto para representar ese teatro que es la mal llamada democracia representativa de nuestra historia.
La lengua popular no es fija, por tanto cada obra la refleja en tiempo y contexto. En este caso, el mayor logro estético se consigue con la apropiación, por parte de la subjetividad del autor, de una reingeniería lexical de la propia parafraseología cotidiana. En este caso resulta una parafraseología humorística estetizante de los actos de habla de la narración. La condensación lingüística lograda aquí sólo pudo darse a través de la subjetividad del propio autor, cuya esteticidad, única, es la resultante. Aunque construida en léxico popular, la novela posee referencialidades propias de la intelectualidad. Así se mueve entre un polo y otro. Al parecer en La Siguaraya se da un sociolecto que se configura como idiolecto del conglomerado de caracteres que intervienen en ella; esto da unidad a la narración. Un sociolecto trazado por el autor y ceñido al contexto de la narración que no perjudica la escritura con estériles influjos y citas traídas por los moños para alardear intelectualismo o erudición.

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Lo ideológico
En nuestro lar ha habido una tendencia, dominante, a soslayar los temas estructurales de la sociedad dominicana, amparada en el argumento de lo panfletario. Así todo lo que huela a sociología contestataria es, ipso facto, desechado en el sentido de la estética. Al parecer los males del realismo socialista siguen siendo carga pecaminosa para la buena “literatura social” (aunque toda literatura es social). Sin embargo, esa evasión no constituye más que no arriesgarse, no buscarse problemas, no enfrentar al sistema de poder establecido. Así, escritores de esa tendencia niegan la calidad de obras grandiosas. Para mí lo light sustituye a lo panfletario en la genética de la mediocridad. Lo light es lo panfletario de la banalidad y la evasión existencial de hoy día. Uno sustituye a lo otro. La ideología en La Siguaraya está dominada por la propia paradoja existencial de ser. ¿Del autor? Lo cierto es que la ideología responde a aspectos materiales de la existencia y cuando las ideologías se manipulan, y se lleva a cabo el teatro ideológico de la historia que hemos visto, cuando los pueblos advierten esto, juegan el juego de doble o falsa moral al que asistimos a diario. Sin reglas claras para todos, todo se vuelve turbio, vorágine de sálvese quien pueda. La solución que plantea La Siguaraya a tal vorágine no es sino la reflexión del contexto, de su contingencia, de su hermenéutica y su saldo suicida. Cualquiera pensaría que es la aceptación de la auto aniquilación de las especies y del planeta, pero en esa aparente aceptación está implícita su propia propuesta: miren hacia dónde vamos. ¿Vamos a seguir por ese camino? El homo sapiens, digo, el homo Brutus sigue su agitado curso…
Jesús Manuel Pérez alude aquí a una periodista que encara la corrupción administrativa, que asume denunciarla. Aquí el autor se acerca a un criterio que he mantenido hace tiempo: que ciertos periodistas han funcionado mejor que cualquier partido de oposición o de izquierda, por el simple hecho de que “todo periodista es político en acción”, como dice Taufic (1986); al menos, a mi parecer, es político en tanto asume una postura (siempre ideológica, por supuesto), la defiende y la promueve. (. Así, el periodismo se constituye no sólo en el cuarto poder, sino en el contrapoder del propio estado de la corrupción y el crimen. La corrupción es la vaina sin parangón, sin freno. “La actitud vainosa” es lo propio del país de las vainas, en la cultura siguarayense. Lo vainoso es prodigio del descalabro moral institucionalizado y asumido por la pasmosidad de sus mismos actores. La vorágine de la corrupción y la consecuente impunidad se funda en la injusticia social, cuya base es la maldad, más que en las leyes (en las reglas del juego). Así, quinientos años de injusticia social (resumen de todas las maldades individuales, equivalente a decir de interacción de sujeto a sujeto), son quinientos años de relación sadomasoquista enquistada en las relaciones de poder, que no se desarticulan con esporádicos deseos y actos éticos de justicia, etc. Aún en las sociedades más efectivas en la aplicación de leyes la injusticia campea por sus fueros.
Por otro lado, para entender la hermenéutica de la relación sadomasoquista de la historia (esa menéutica y no menos memética siguarayense), la mayoría de quienes detractan al sistema de corrupción imperante son corruptos en potencia (todo es cuestión de acceder al poder), aunque teman renunciar a las sujeciones morales que les dan solvencia de vergüenza ante la sociedad. Por tanto, muchos juegan el teatro de la doble vida o moral (el inconsciente colectivo). Así la mujer del César no necesariamente debe ser seria, sino aparentarlo. ¿Paradójico? No, paralógico. Paralógico en el sistema de relación sadomasoquista de la historia. El paralogismo es la base de eso que afirma Bertrand Russel: “La humanidad tiene una doble moral: una que predica y no practica, y otra que practica y no predica”.
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Personajes
En esta novela se da una fluctuación entre humor y tristeza que revela una tensión-distensión límite de la condición humana que no todo el mundo consigue narrar con éxito. Entre una y otra subyace una intención, propia de la ideología del sujeto-escritor, que subyace más allá de la simple sucesión de los hechos y que representa la intención última del relato-reflexión, de la novelensayo que constituye La Siguaraya. Es una tensión-distensión que fluye como el que no sabe si quiere o no la cosa, como el que espera que pase o no algo. Es tensión-distensión del azar, no del determinismo; ni siquiera de un azar al estilo Mallarmé, al cual “no puede abolir un golpe de dados” y al cual se expecta con emoción, sino un azar que se expecta con razón y reflexión. Si bien es cierto que todos los personajes juegan un papel de pieza de engranaje, la historia de la vida de Mochi es memorable, digna de buena literatura. José Alfonso Hinojosa, alias Mochi, no será olvidado por quien lea esta novela. La filosofía con que él asume la vida es un pragmatismo modulado por el amor ante un horizonte incierto que se irriga, día a día, con cerveza, con “una fría” para algo más que matar el calor del tórrido tráfico del curso agitado de la vida siguarayense. Los demás caracteres no dejan de tener su importancia. Llama a la atención el perfil psicológico de Juan Luis, hombre cuya angustia existencial se pasea no sólo “entre dos aguas”, sino entre dos vulvas de prostitutas que dicen no serlo, y la vida de la cuñada mulata que dice no serlo, igual que los politiquerosos corruptos que dicen no serlo, no saberlo, no entenderlo.
Dijimos en principio que La Siguaraya constituye una novelensayo en donde convergen, se entrelazan la historia social y la historia familiar, y las cuales siguen un curso paralelo; en la cual una historia particular de varios personajes sirve de pretexto para, mediante el análisis y la reflexión lúcida, reconstruir la atropellada historia de una nación sometida al sadomasoquismo. Es como si el autor nos dijera lo que dijo Borges que dijo Julio César: todos los hombres son el mismo hombre. La impotencia ante el desastre permea la historia, una impotencia que no puede asumir un solo humano, sino todos. En donde la maldad de uno o unos cuantos puede más que muchos, que tantos, precisamente porque esos tantos la apadrinan.
Mi filosofía de la otredad me permite ponderar esta novelensayo. En La Siguaraya no se plantea una fórmula expedita para cambiar la realidad, pero sí se llega al convencimiento de que hay que hacer algo. En ese hacer algo descansa el quid del asunto de enfrentar la rastrería que asalta el poder cada cuatro años. De los rastreros que llegan al poder. Porque nuestra historia está plagada de rastreros en el poder. Porque es en el ser humano que anida esa maldad y rastrería, y por tanto, si la mayoría o casi todos son malos, rastreros no se podrá hacer mucho. Sólo resistir o combatir los embates de esa relación sadomasoquista de la historia. Porque la corrupción administrativa es la corrupción misma del ser humano. El exilio, como en el caso de Mochi, es la solución (o más bien evasión) para no ser engullido por esa vorágine que gravita como peso insoportable de la existencia. Es el peso del destino al que si tratamos de dar el destino de nuestro antojo, fe, esperanza o ideal, de nuestra ansiedad como golondrina solitaria, no lograremos nada. “La insoportable levedad del ser”, Kundera, es el peso del destino, determinado desde antes de nacer; por tanto, quien no siente el peso de su ser, tampoco siente el contrapeso del destino. La Siguaraya tiene vigencia y la tendrá por siglos; mientras haya “un país en el mundo colocado en un archipiélago de azúcar y de alcohol”.
BIBLIOGRAFÍA
Borges, Jorge Luis (1944). Revista Sur, 112. Buenos aires.
Gayatri Spivak (2009). ¿Puede hablar el subalterno? Barcelona, España.
Jesús Manuel Pérez (2020). La Siguaraya. Amazon
Kundera, Milán (2013). La insoportable levedad del ser. Tusquets editores, Barcelona.
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