Uno de los equívocos más recurrentes entre profesores, historiadores y estudiantes dominicanos es creer que una novela histórica debe contar los hechos históricos con apego a la más estricta verdad de lo ocurrido en la vida real. “Eso no fue así”, suelen decir; o si no, más o menos: “Ese escritor no sabe lo que dice, pues eso sucedió de tal y cual forma”. O, por el contrario, leen la novela y dan como históricamente cierto lo narrado en ella. Incluso hay profesionales altamente cualificados que incurren en este yerro.

Semejante confusión se ha convertido en una disputa que no parece tener fin, puesto que los literatos y lectores de literatura tienen al respecto un criterio que, salvo excepciones, no concuerda en lo más mínimo con el de historiadores y profesores. Sin embargo, hay que tener claro que una novela histórica y un libro de historia, incluso ciñéndose a los mismos hechos históricos que abordan, constituyen dos realidades completamente diferentes entre sí.

Por solo poner dos ejemplos: lo que cuentan Salambó de Flaubert y La fiesta del Chivo de Vargas Llosa no es lo que cuentan los historiadores, ni mucho menos lo que realmente sucedió en la vida real. Ambos escritores realizaron exhaustivas indagaciones sobre los temas históricos abordados en sus respectivas novelas; pero no lo hicieron para plasmar esos hechos como verdad histórica, sino, más bien, como verdad estética.

Una novela histórica no es, por tanto, un libro de historia. La primera está revestida de subjetividad; y el segundo, de objetividad. En una novela histórica los hechos son contados del modo que prefiera el autor, con fidelidad o no a lo real, en tanto que en el libro de historia los hechos deben ser contados tal como ocurrieron, le guste o no al historiador. A este último no le está permitido tener libertades con los hechos y personajes; al novelista, en cambio, sí le está permitido.

Partiendo de dicha premisa, el novelista y el historiador son dos autores diametralmente opuestos; están, el uno del otro, en las antípodas. En tanto que autores, ninguno es superior o inferior a otro: simplemente cumplen roles escriturales diferenciables. En sentido estricto, el novelista es necesariamente un escritor; el historiador, no necesariamente lo es, o al menos no siempre, ni está obligado a serlo; el novelista debe ser fiel a sí mismo, y el historiador a los hechos. Sin embargo, el novelista puede adherirse a ciertos hechos para darle mayor verosimilitud a lo que cuenta, y el historiador —como Tácito, por ejemplo— también interpreta e inventa, pero debe tener cuidado para no caer en lo inverosímil.

Es por ello que un personaje de ficción nunca es igual a un personaje de la vida real. El Trujillo y el Balaguer de Vargas Llosa en La fiesta del Chivo no son, verbigracia, el Trujillo y el Balaguer de la vida real; ni el Nerón de Kosztolányi, en Nerón, el poeta sangriento, es el Nerón histórico. Asimismo, el Napoleón de Hugo y de Tolstoi, en Los miserables y Guerra y paz, respectivamente, no son el Napoleón real. Pero en República Dominicana se suele confundir el Trujillo de Vargas Llosa con el Trujillo de la vida real.

Estética y literariamente, importa poco lo mucho o lo poco que el novelista se haya apegado a la historia oficial o real. Generalmente, los novelistas cuentan una verdad que resulta mucho más real y rica que la verdad de los historiadores. De ahí que Kosztolányi nos haya presentado a un Nerón más real que el Nerón de Tácito; el novelista muchas veces dice más que el historiador, puesto que nos cuenta la historia como materia viva; pero cuando se quiere conocer los hechos con objetividad, es preciso acudir al historiador y no al novelista.

Avelino Stanley.

El personaje de ficción puede estar inspirado en un personaje histórico o de la vida real, o puede incluso ser muy fiel a su modelo real, y sin embargo nunca son, ni pueden ser, el mismo ser. Por ejemplo, el Colón que los novelistas han ficcionalizado no es precisamente el de la Historia. De ahí que, en Vigilia del Almirante, Roa Bastos nos presentara a un Colón ligeramente fiel al Colón que presentan los historiadores, pero mucho más obsesionado con la idea del descubrimiento de América. Y Avelino Stanley, en Al fin del mundo me iré, presenta una reinterpretación de los hechos, y muestra, sin paliativos, un vínculo licencioso entre Colón y el cacique taíno Guacanagarix.

El novelista puede convertir el personaje histórico en protagonista de la novela, darle el mismo nombre o similar o distinto. Puede convertirlo en personaje secundario, en héroe o en antihéroe. No obstante, el historiador debe presentarlo como héroe, si fue héroe; o como antihéroe, si fue antihéroe; o como villano, si lo fue, o al menos si así lo indican los hechos en los que se apoya. El novelista puede tergiversar los hechos a su antojo, pero el historiador no.

El historiador nos dice lo que pasó, le guste o no. En cambio, el novelista nos dice lo que él quería que pasara, o cómo él quería que pasara.

José Agustín Grullón

Abogado y escritor

José Agustín Grullón Nació en La Vega, República Dominicana, pero reside en Santiago de los Caballeros desde hace más de una década. Es licenciado en Derecho por la Universidad Tecnológica de Santiago (UTESA) y agrimensor por la Universidad Abierta para Adultos (UAPA). Cursa además un postgrado en Legislación de Tierras. Ha cursado algunos diplomados sobre Derecho Inmobiliario, Bienes Raíces, Topografía y Derecho Sucesoral. Como escritor ha publicado el libro de cuentos Las ironías del destino (2010).

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