En la sociedad dominicana nos perdemos con demasiada frecuencia en una discusión sobre el folclore que, siendo necesaria, puede alejarnos de aquello que pretendemos comprender: ¿de dónde viene? A partir de esa pregunta procuramos establecer cuánto hay de africano, europeo, antillano o indígena en determinada manifestación; luego, casi sin advertirlo, pasamos del estudio de sus raíces a un ejercicio de admisión y exclusión, mediante el cual decidimos qué puede considerarse auténticamente dominicano y qué debe permanecer fuera. En el camino dejamos de preguntarnos para qué servía aquella manifestación, qué significó para las comunidades que la hicieron suya, cómo fue transformándose y dónde reside la belleza que permitió conservarla durante generaciones.
El asunto se vuelve más delicado cuando esa manera de mirar alcanza a las instituciones encargadas de estudiar, preservar y difundir nuestro patrimonio. Las autoridades culturales tampoco han permanecido ajenas a la tentación de seleccionar aquello que merece ser presentado como representativo de la identidad nacional a partir de determinadas concepciones sobre su procedencia. Enmendar esa mirada no supone renunciar a la búsqueda de los orígenes; exige estudiarlos con mayor rigor, evitando que la historia termine utilizada para conceder o negar dominicanidad.
Una danza no pierde su valor porque sus primeros pasos hayan llegado desde Europa, África o alguna isla vecina; tampoco adquiere una raíz indígena porque resulte conveniente incorporarla a una narración armoniosa de nuestra identidad. Buena parte de las danzas y bailes tradicionales que conocemos permite reconocer procedencias europeas, africanas y antillanas; llegaron en circunstancias históricas diferentes y encontraron comunidades que no se limitaron a reproducirlas. Cambiaron movimientos, incorporaron instrumentos y ritmos, les atribuyeron nuevas funciones y terminaron transmitiéndolas a las generaciones siguientes. Conocer de dónde vinieron continúa siendo indispensable; suponer que con ello hemos comprendido lo que llegaron a ser es confundir el origen con la historia.
El componente indígena requiere una cautela particular. Edna Garrido de Boggs sostuvo, al estudiar nuestras danzas tradicionales, que las danzas taínas habían desaparecido sin dejar huellas que permitieran establecer una continuidad reconocible. Aquella conclusión, referida específicamente a la danza, no debería confundirse con la desaparición de toda presencia indígena en la cultura dominicana. Investigaciones arqueológicas y etnohistóricas posteriores han revisado la antigua idea de una extinción absoluta, mientras los estudios genéticos han aportado evidencias de ascendencia indígena en poblaciones actuales del Caribe. Investigadores como Kathleen Deagan, Karen F. Anderson-Córdova y William Keegan han contribuido, desde perspectivas diferentes, a reconstruir un escenario de supervivencias, rupturas, mezclas y transformaciones que obliga a revisar algunas certezas heredadas.
Otra cosa, bastante más difícil de demostrar, es que una danza practicada hoy pueda presentarse como continuación directa de otra ejecutada antes de la conquista. Entre negar toda herencia taína y atribuirle origen indígena a cuanto deseemos incorporar a nuestra identidad queda mucho por investigar. La manera de presentar ese legado también está cambiando: el Centro Cultural Taíno Casa del Cordón, establecido en la Ciudad Colonial a partir de la colección arqueológica de la Fundación García Arévalo, procura acercar al público contemporáneo a la presencia y significación cultural de nuestros primeros pobladores. La identidad no necesita que le inventemos pruebas; bastante tiene con aprender a reconocerse en la complejidad de las que existen.
Los trabajos de Fradique Lizardo permiten observar el asunto desde otro ángulo; cuando estudió las danzas y bailes folklóricos dominicanos no se conformó con perseguir sus antecedentes; procuró comprender también la función que cumplían dentro de las comunidades. De ahí que en sus clasificaciones aparezcan danzas rituales, bailes de regocijo, cuadrillas, zapateos, bailes mágicos y otras categorías, incluso algunas que prudentemente dejó bajo la denominación de “bailes en estudio.” La clasificación introduce entonces una pregunta que puede resultar tan reveladora como aquella sobre la procedencia: ¿para qué se baila?
El mapa cambia cuando formulamos la pregunta de esa manera. Hay danzas vinculadas al trabajo y otras al ritual; las encontramos en el carnaval, en los juegos, en celebraciones religiosas y en distintos momentos de la vida comunitaria. Procedencia y función se cruzan sin confundirse. Una manifestación de raíz africana puede cumplir una función ritual; otra llegada desde Europa puede haber experimentado tantas transformaciones que observar únicamente su procedencia nos diga muy poco acerca de la forma en que terminó incorporándose a la experiencia dominicana. Lo recibido no permaneció intacto porque tampoco permanecieron intactas las comunidades que lo recibieron.
Dagoberto Tejeda ha contribuido desde la antropología y sus investigaciones sobre cultura popular a comprender esas manifestaciones dentro de los procesos sociales que les dieron sentido. Música, religiosidad, fiesta, danza y carnaval no son piezas separadas de las comunidades que los producen; forman parte de relaciones históricas, espirituales y cotidianas que explican su permanencia. La búsqueda de una tradición culturalmente pura tropieza entonces con una realidad difícil de digerir: muchas de las expresiones que reconocemos como dominicanas nacieron precisamente de encuentros, desplazamientos, apropiaciones y transformaciones ocurridos durante siglos.
Fradique encontró algo semejante al acercarse a la religiosidad popular; su investigación recurrió al trabajo de campo, las grabaciones, la fotografía, la observación y las referencias bibliográficas; cuando algunos de esos materiales fueron llevados posteriormente al escenario, tuvo el cuidado de distinguir la práctica religiosa de su representación artística. La diferencia importa; una danza ritual puede resultar hermosa sobre un escenario, pero esa belleza no debería hacernos olvidar que antes de convertirse en espectáculo, esa manifestación tuvo una función, perteneció a una comunidad y respondió a una manera particular de relacionarse con lo sagrado, el trabajo, la celebración o la memoria.
Hay otra enseñanza en aquellos trabajos que merece recuperarse; cuando Fradique no disponía de elementos suficientes para determinar la naturaleza de ciertas manifestaciones, prefería dejarlas en estudio; entre ellas se encontraban algunas cuadrillas de Samaná cuyo conocimiento consideraba todavía insuficiente para clasificarlas definitivamente. Reconocer lo que todavía ignoramos puede parecer poca cosa, pero constituye una exigencia elemental del oficio de investigar. Las identidades nacionales ya han sufrido bastante cada vez que alguien decide llenar con certezas los espacios que la historia dejó abiertos.
Quizá debamos aproximarnos de esa manera a nuestro propio folclore. Lo dominicano no necesita que todas sus expresiones hayan nacido dentro de nuestras fronteras para reconocerlas como propias, ni inventarles una antigüedad que no poseen para concederles valor. Una tradición puede haber llegado desde otro lugar y encontrar aquí, durante generaciones, nuevos ritmos, usos, significados y formas de transmisión. Preguntar de dónde vino continúa siendo necesario; la respuesta queda incompleta mientras no averigüemos qué hicieron con ella quienes la recibieron.
En ese tránsito la memoria deja el silencio y adquiere voz propia. Habla en el cuerpo que aprendió determinados movimientos aunque desconozca su genealogía, en el tambor que todavía convoca a una comunidad, en el juego que sobrevive cuando ya nadie recuerda su origen y hasta en aquella danza que un investigador decide prudentemente no clasificar. Conocer nuestras raíces no disminuye la identidad ni la fragmenta; permite comprenderla sin acomodarla a un relato conveniente. También somos aquello que recibimos, transformamos y, por alguna razón que todavía vale la pena investigar, decidimos asimilar y conservar.
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