¿Dónde vive la historia? Durante mucho tiempo nos enseñaron que la historia vivía en los archivos, en los libros oficiales, en las cartas conservadas en cajas familiares y en los monumentos poéticos que la nación erigía para recordarse a sí misma. Más tarde aprendimos con dureza que también habitaba en lugares menos solemnes: en los márgenes, en los silencios, en las voces que no alcanzaban el privilegio de la inscripción oficial, en las mujeres. El Caribe, por supuesto, siempre supo eso. Quizás porque nuestra historia está hecha de fragmentos, desplazamientos, injusticias y relatos interrumpidos. En el Caribe hemos tenido que aprender a leer las ausencias con la misma atención que otros grupos prestan al petróleo o a las divisas.
En esto pensaba mientras leía Historia de la carne, de Bileysi Reyes. Pensaba en esto y en una lista de los más verdugos de la poesía dominicana que circuló hace poco y causó el revuelo que estas jugadas provocan en Facebook. Porque a veces hay que tomar las cosas de dónde vienen, y vale la pena preguntarse qué autoridad reviste un tal Collado para decir: “Estos son los mejores poetas porque me sale del forro, etc.” Lo positivo de todo este entuerto es lo que quedó claro en las respuestas que generó el post: hay voces significativas en la poesía dominicana actual, y muchas de ellas son de mujeres. El caso que nos ocupa, el de Bileysi Reyes, se sustenta de manera clara y contundente.
Historia de la carne es un libro que llega a nosotros gracias al excelente trabajo de la editorial española Huerga & Fierro para difundir nuestra literatura. Es un texto que no propone corregir la historia ni asume el peso de representar una memoria colectiva, lo cual resulta imposible. Este poemario llama la atención de inmediato porque, en vez de preguntarse dónde se escribe la historia, parece preguntarse, íntimamente, dónde permanece. Y la respuesta que ofrece no se encuentra en ningún archivo ni en ninguna biblioteca. Se encuentra en la carne.

Se habla mucho de la memoria como si esta residiera exclusivamente en la mente, pero quienes venimos de familias caribeñas sabemos que buena parte del pasado sobrevive de otra manera. Habita en los cuerpos. Dice Bileysi: “Nuestra casa era una corola de rostros abiertos fundidos en la pared. Hermana y yo comulgábamos con el ojo tallado en el techo de nuestra habitación; nos contaba historias de cuántos habían muerto en nuestra sangre”.
Nuestra historia se conserva en una forma de caminar, en una manera particular de pronunciar una palabra, en los relatos que se cuentan durante décadas alrededor de una mesa y que esconden seriedades que nunca llegan a revelarse. Hay heridas que no entran en los relatos familiares y, sin embargo, terminan por organizar por completo la vida de quienes las heredan. La poesía de Bileysi Reyes parece habitar precisamente ese territorio.
Hay libros que construyen paisajes. Otros construyen personajes. Historia de la carne construye una casa. No una casa entendida exclusivamente como arquitectura. Tampoco una casa como símbolo nostálgico del origen. Pienso más bien en una arquitectura emocional levantada sobre apropiaciones y distancias, sobre afectos heredados y ausencias persistentes. La casa aparece en estos poemas como locus de la memoria. Lo filial se manifiesta como sangre. El lenguaje emerge como signo. Casa, sangre y lenguaje. Esos tres elementos y los múltiples fractales que producen terminan por funcionar como átomos en una cámara poética que da lugar a algunos de los versos más elegantes y sugerentes del libro. “El signo es el correo interno del lenguaje: rodeado de chubascos indiscutiblemente erizado en la otredad de un camino corrido en la planicie”.
Quizás exagero. Quizás toda esta insistencia en la casa tenga más que ver con mis propias obsesiones de lector que con las intenciones de la autora. Pero mientras avanzaba en la lectura, no podía dejar de pensar en Julia de Burgos, en Matos Paoli y en ciertas tradiciones antillanas en las que la casa deja de ser un refugio para convertirse en un organismo vivo. Una casa que escucha. Una casa que conserva y recuerda. Por eso me interesa tanto un verso como: “Cada vez me atormenta la incapacidad de hilar un pensamiento. Extiendo los brazos y encuentro un frío eco en la pared.” La imagen parece sencilla. No lo es. La pared responde y así, la casa participa. El espacio deja de ser un escenario y se convierte en un interlocutor, lo cual ocurre una y otra vez a lo largo del libro.
También me llamó la atención la recurrencia de ciertas imágenes corporales. El hueso. El ojo. La costilla. La médula. El hueco. Es Jorge Luis Borges quien nos recuerda que toda sintaxis es un universo en el que la poesía termina por construir su pequeño sistema solar con obsesiones, deudas y recuerdos, y en Historia de la carne esas palabras regresan con una persistencia casi ritual. Pienso, por ejemplo, en el extraordinario verso: “¿Hacia dónde fueron las palabras? Se han sumergido como aureola de orfebre. Me levanté de prisa y encontré huesos sobre el cenicero. Sin importar el tiempo estoy en el mismo lugar”.
La imagen me llevó inmediatamente al reactor de poesía caribeño de Lezama Lima, particularmente a Pensamientos en La Habana, donde, en varias ocasiones, propone el verso: “mi alma no está en un cenicero”. En el mismo poema, Lezama hace referencia también a un “hueco entre el hueso y la carne, de donde brotan unos bufidos cubiertos por un disfraz de telaraña”. El hueso, como el resto, es el final de la materia viva. El cenicero como depósito de un cuerpo que alguna vez ardió. En la poesía de Bileysi, el alma parece encontrarse justamente allí: entre los restos, los vestigios, las marcas, los fragmentos, que, valga la redundancia, no son referentes del pasado; todo lo contrario: son materia viva.
Otro elemento recurrente en la reconstrucción poética de la casa es la figura del hueco. No como ausencia decorativa, sino como estructura. Como forma de conocimiento. Como herida y como arquitectura. Cuando la poeta escribe: “en su costilla una forma cuadriculada resume huecos”, o cuando más adelante encontramos la imagen del hueco abriéndose hasta la médula, comprendemos que lo perdido no funciona aquí como carencia, sino como significado. El vacío organiza el poema. La falta produce sentido. El hueco también es la guarida. Hay algo profundamente caribeño en esta operación. Porque el Caribe también ha aprendido a construirse a partir de lo que falta. Desde las genealogías incompletas, las carencias, los desplazamientos, las migraciones, las partidas, los regresos y las historias truncadas. No somos únicamente aquello que conservamos. También somos aquello que hemos perdido.
La sal es otro de los elementos que siempre están presentes a nuestro alrededor. Sal en la mar, en la cocina, en la piel. Está en la historia misma del Caribe. La sal conserva. La sal cicatriza. La sal hiere. La sal sazona y permanece. La sal se aplica a la carne, que no es ni ornamental ni abstracta. Es una carne que guarda memoria. Una carne en la que los acontecimientos dejan huellas. Una carne que funciona como archivo.
Y es aquí donde se manifiesta una de las mayores virtudes de la escritura de Bileysi Reyes: su capacidad para moverse entre la claridad y el misterio. Los poemas nunca se entregan por completo. Hay en ellos una voluntad de seducción, una transparencia incluso, pero también una resistencia saludable a la explicación. La autora parece comprender que la poesía no está obligada a resolver los enigmas que plantea. Por eso, versos como “mientras tanto, rendida sobre el ocaso fundido, me he vuelto epopeya sobre la carne” o “el ojo palpitante se hizo inquietud sobre un par de monedas” poseen tanta fuerza. No explican. Cuestionan. Revelan. La imagen sucede y nos deja solos frente a ella.
Historia de la carne llega en un momento en el que aún persisten costumbres anacrónicas en las que las mujeres parecen existir únicamente como nota al margen en nuestro ámbito escritural. La literatura, que afortunadamente también se apega a la verdad, suele corregir esos errores poema por poema. Y cuando uno se encuentra con una obra como Historia de la carne, entiende que el problema nunca fue la ausencia de escritoras. El problema ha sido la incapacidad de ciertos lectores para reconocerlas.
Mientras tanto, Bileysi Reyes continúa haciendo lo que realmente importa: escribir, promover, leer y difundir. Su trabajo poético y editorial forma parte de ese esfuerzo silencioso mediante el cual la literatura dominicana continúa ampliando sus territorios y encontrando nuevos interlocutores. Al terminar la lectura de Historia de la carne, regresé una vez más al título. Historia. Carne. Dos palabras que terminan por nombrar la misma cosa. Porque quizás la historia no sea otra cosa que aquello que permanece inscrito en nosotros mucho después de que los acontecimientos han pasado. Y tal vez por eso este libro resulta tan necesario: porque nos recuerda que hay memorias que no descansan en los archivos ni en los monumentos, sino en los cuerpos, en las casas, en la sangre y en ese lenguaje íntimo con el que intentamos, una y otra vez, comprender quiénes somos.

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