En su ensayo “¿Por qué mirar a los animales?”, John Berger afirma que, en el primer encuentro entre un humano y un animal, los ojos de este último están atentos y cautelosos. El animal mira al humano desde el abismo de la incomprensión. El humano toma conciencia de sí mismo al devolverle la mirada al animal, que es el otro radical. Si el abismo de la alteridad entre los humanos puede ser salvado a través del lenguaje, esto así es imposible entre el humano y el animal.

En este cuento, la mirada es una de las posibilidades del animal para devenir conciencia humana. El primer encuentro del narrador humano con el ajolote es de observación. Al principio es el narrador quien mira, observa a los ajolotes (nueve en total) y luego a uno, en particular. Hacia la mitad del cuento, los ajolotes miran al narrador: “…seguían mirándome desde una profundidad insondable” (125), o desde lo que Berger denomina “el abismo de la incomprensión”. Los verbos “ver”, “mirar”, “observar”, en diferentes conjugaciones, abundan a lo largo del texto.

En los primeros párrafos del cuento, el narrador se posiciona como sujeto que observa al ajolote como objeto, en varias ocasiones a través del pronombre objeto directo posclítico: “Iba a verlos”, “Me quedé una hora mirándolos” (121). De manera tal que, al principio, el ajolote se plantea como objeto, no solo gramatical, sino también de estudio. El conocimiento científico acerca del ajolote, a través del estudio, la observación y la reflexión, forma parte del proceso de transmigración hacia el animal. Aunque el narrador realiza una investigación preliminar, en un punto la detiene y prefiere la observación empírica, el trabajo de campo del etnógrafo. A veces parecería que es el ajolote quien observa, estudia al narrador, invirtiendo así los papeles: “… infinitamente condenados a un silencio abisal, a una reflexión desesperada…” (126). También el ajolote tiene “otra manera de mirar” (125). Los descubrimientos teóricos o científicos se producen gracias a un cambio en la “manera de mirar” el objeto de estudio.

En el cuento “Axolotl” de Julio Cortázar, hay una transición en la relación del narrador con respecto a los ajolotes. De “verlos”, que implica simplemente percibirlos con el sentido de la vista, es decir, visitarlos (ver frecuentemente), pasa a “mirarlos”. En el siglo XII, el verbo “mirar” tuvo el sentido de “admirar, asombrarse, extrañar”; y en el siglo XIII, “contemplar” (Corominas 397).

Cuando el narrador no está en el acuario, extraña los ajolotes, “piensa” en ellos, es decir, instala la imagen de la mirada de los ajolotes en la suya. Luego, el narrador confiesa que tiene una “obsesión” con los ajolotes, es decir”, una idea-imagen fija de ellos. Curiosamente, en el siglo XVI, la palabra “obsesión”, tenía el sentido de “sentarse frente a” algo o alguien. En el cuento, el narrador está “de pie”, pero “… ante el cristal” de la pecera.

El siguiente paso es la fascinación, que proviene del latín “fascinare” y que, en algún momento, significó “embrujo”. Los ajolotes han pasado de ser un objeto de estudio para convertirse en una obsesión, en un hechizo. El narrador ya no puede escapar de la mirada hechizada. De la fascinación, el narrador pasa a la “penetración” con la mirada: “tal vez me veían, captaban mi esfuerzo por penetrar en lo impenetrable de sus vidas” (126-127). Posteriormente, un ajolote en particular lo “penetra” con la mirada, de manera que se establece una “compenetración”, y así ambos logran “penetrar en lo impenetrable de sus vidas” (126-27). Otra metáfora utilizada para esta compenetración es la devoración. El guardián del acuario le dice al narrador: “Usted se los come con los ojos” (127), pero según el narrador, “eran ellos los que me devoraban lentamente por los ojos en un canibalismo de oro” (127). A través de la devoración mutua, se realiza una transustanciación simbólica.

En el cuento, se hace referencia tanto al órgano como a la función del sentido de la vista o ambos en la misma frase: ojos y mirada: “… sus ojos veían en plena noche…” (127). Los ojos del ajolote se describen de distintas maneras: no tienen párpados, son devoradores, como discos de oro… A diferencia de la mirada “atenta y cautelosa” que plantea Berger, la mirada del ajolote es una mirada ciega, inexpresiva, penetrante, que ve en plena noche. En la misma tónica de pensamiento de Berger, Derrida plantea que, “como mirada sin fondo, como los ojos del otro, esa mirada así llamada ‘animal’ me hace ver el límite abisal de lo humano: lo inhumano o ahumano, los fines del hombre, a saber, el paso de las fronteras desde el cual el hombre se atreve a anunciarse a sí mismo, llamándose de ese modo por el nombre que cree darse” (28). Tanto Derrida como Berger y Cortázar coinciden en enfatizar el abismo de la mirada del animal, en este caso la del ajolote: “…algo infinitamente perdido y distante seguía sin embargo uniéndonos” (122) o “… seguían mirándome desde una profundidad insondable que me daba vértigo” (125). El abismo de la mirada une y separa al mismo tiempo al humano del animal; separa en tanto es la mirada del otro radical que lo escruta, y une, porque el humano toma conciencia de sí mismo en la mirada del animal.

En su ensayo “Miradas góticas”, Peter Schwenger analiza el drama de Mary Shelley, “Prometeo desencadenado”, y se pregunta, con respecto a las Furias que devoran a Prometeo, cómo puede haber empatía entre dos seres, sobre todo si uno de ellos es monstruoso (102). Concluye, citando a Plotino, que la empatía se encuentra en el ojo: “Porque el vidente debe aplicarse a la contemplación no sin antes haberse hecho afín y parecido al objeto de la visión. Porque jamás todavía ojo alguno habría visto el sol, si no hubiera nacido parecido al sol. Pues tampoco puede un alma ver la belleza sin haberse hecho bella” (Plotino). Prometeo siente empatía por las Furias, porque adquiere conciencia de sí mismo, ve su propia monstruosidad en la mirada de estas. Dicha mirada no está exenta de una extrañeza familiar (unheimlich). De igual modo, en el cuento de Cortázar, el narrador siente un vínculo con el ajolote, que en náhuatl significa “monstruo de las aguas”, porque ve en él su propia “monstruosidad”: soledad, vacío, sufrimiento, deseo, angustia y ansiedad.

Continuará

Fernando Valerio-Holguin

Escritor

Escritor, Doctorado en Letras Hispánicas (Universidad de Tulane, 1994), Profesor Distinguido John N. Stern de Literatura Latinoamericana en la Universidad Estatal de Colorado. Ha dictado conferencias y ofrecido recitales de poesía en varias universidades e instituciones, tales como Instituto Smithsoniano, Biblioteca del Congreso, Universidad de Oxford y Universidad de Varsovia. Entre sus libros destacan: Poética de la frialdad: La narrativa de Virgilio Piñera (1996), Banalidad Posmoderna (2006) y Presencia de Trujillo en la narrativa contemporánea (2006).

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