Seguramente todos estaremos de acuerdo en la trascendencia y el impacto que está teniendo la Inteligencia Artificial (IA) en la vida de la mayoría de los seres humanos, sobre todo los que se dedican a la producción científica, el arte, la literatura y cualquier otra actividad humana.
La primera revolución industrial entre 1700-1850, se caracterizó por la máquina de vapor, a finales del siglo XIX la electricidad y el motor de combustión y luego del año 1945 el desarrollo de la electrónica y la computación, así como la descomposición del átomo, en su mayoría han sido utilizados con fines bélicos, de espionaje o para destrucción masiva.
El siglo XXI, ha sido denominado el siglo de la inteligencia artificial, algo que se puede ver con mucho optimismo o con gran pesimismo, tomando como referencia que un instrumento de tal magnitud puede ser utilizado para la destrucción o para la construcción. Por ejemplo, para una computadora cuántica, sería sumamente sencillo romper las encriptaciones bancarias o atacar las estructuras de comunicación de cualquier país, del mismo modo pueden generar medicamentos para la cura de enfermedades catastróficas y ayudar al desarrollo de la sociedad en cuanto a la utilización de energías renovables e infinitas. Es aquí donde entra el dilema ético.
Hasta qué punto lo que construyo con inteligencia artificial puede llevar mi firma, que tanto de los algoritmos utilizados para realizar un proceso artístico, industrial o literario es de la máquina, de quienes la han alimentado o de quien solicita desarrollar un proceso específico con solo redactar un prompt.
Hasta qué punto una inteligencia artificial, puede recomendar medicamentos, recomendar dietas, diagnosticar o servir de asesor sentimental de adolescentes inseguros partiendo de que los algoritmos utilizados pueden no haber alcanzado el grado de madurez indicado.

Lo más peligroso del caso es que los avances de la ciencia pudieran estar creando una generación de inútiles, de incompetentes inseguros que poco a poco por la dependencia van perdiendo sus habilidades cognitivas. En los momentos actuales, se va perdiendo la habilidad de decidir, lo que provoca una dependencia tal, que para multiplicar dos números hay que utilizar el teléfono celular. Es indudable que nos han acomodado tanto que ya se ha perdido el sentido de independencia. Hoy día hemos perdido el sentido de la realidad, no sabemos lo que es real o lo que es irreal (exagerando en mi planteamiento) si hoy se graba a un extraterrestre bajando en su nave a una llanura de seguro que la mayoría catalogaría en video como creado con inteligencia artificial.
Muchas personas han decidido aislarse utilizando como refugio las redes sociales y la IA, es decir, están con todo y sin nada, afectando su personalidad y creando arquetipos que se alejan de los estándares morales. Por esto creo que el debate ético, en todas las áreas que está impactando la tecnología será determinante en la segunda mitad del siglo XXI, ya que habrá que establecer controles y códigos éticos que ayuden a esclarecer la línea de lo permitido y de lo que pudiera rayar con la moral y la ética. Dejo algunas interrogantes sobre el tapete:
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¿Hasta qué punto la inteligencia artificial debe ser considerada una herramienta y no un sustituto de la capacidad humana de pensar, crear y decidir?
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¿Quién debe asumir la responsabilidad ética y legal cuando una inteligencia artificial provoca daños mediante diagnósticos, recomendaciones o decisiones erróneas?
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¿Cómo evitar que el uso excesivo de la inteligencia artificial debilite las habilidades cognitivas, la creatividad y la independencia del ser humano?
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¿Dónde debe trazarse el límite moral entre el avance tecnológico y la preservación de los valores humanos, la verdad y la autenticidad?
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