La extraordinaria y memorable presentación ofrecida por la Orquesta Sinfónica Nacional durante la inauguración reciente de los Juegos Centroamericanos y del Caribe dejaron una enseñanza que la República Dominicana no debería desaprovechar.
El problema nunca ha sido el público.
Durante décadas hemos repetido que las grandes manifestaciones artísticas solo interesan a una minoría. Sin embargo, cuando la Orquesta Sinfónica Nacional salió de la sala de conciertos para presentarse ante decenas de miles de dominicanos, la respuesta fue contundente. La emoción colectiva confirmó que la excelencia artística encuentra siempre un público cuando se le brinda la oportunidad de acercarse a él.
La verdadera limitación nunca ha sido la falta de sensibilidad de la gente. Ha sido el excesivo centralismo de nuestra política cultural. Durante años hemos concentrado las principales instituciones artísticas del Estado en Santo Domingo, como si el resto del país debiera desplazarse hasta la capital para ejercer su derecho a disfrutar de la cultura.
Ha llegado el momento de invertir esa lógica.
Así como el Estado organiza cada año la Feria Internacional del Libro y destina recursos para convertirla en una celebración nacional de la lectura, también debería crear una Temporada Nacional de las Artes, concebida como un gran recorrido artístico por todas las provincias de la República Dominicana.
No se trata de organizar actividades aisladas ni de multiplicar pequeños eventos dispersos. Se trata de diseñar una programación nacional, durante varias semanas consecutivas, que movilice hacia todo el territorio las principales instituciones artísticas del Estado.
Imagino a la Orquesta Sinfónica Nacional interpretando las grandes obras del repertorio universal en Santiago, San Cristóbal, La Vega, San Juan de la Maguana, Barahona, Higüey, Montecristi o Samaná.
Imagino al Coro Nacional acercando al público a la riqueza del canto coral.
Imagino al Ballet Nacional Dominicano presentando funciones para miles de niños que jamás han tenido la oportunidad de presenciar un ballet clásico.
Imagino a la Compañía Nacional de Danza Contemporánea dialogando con nuevos públicos, al Ballet Folklórico Nacional reafirmando nuestras raíces, la Compañía Nacional de Teatro y el Teatro Rodante recorriendo municipios y comunidades para recordar que el teatro sigue siendo una de las herramientas más poderosas para despertar la imaginación, la sensibilidad y el pensamiento crítico.
Lo extraordinario es que la República Dominicana no tendría que crear nuevas instituciones para hacerlo. Ya dispone de una Orquesta Sinfónica Nacional, un Coro Nacional, un Ballet Nacional Dominicano, una Compañía Nacional de Danza Contemporánea, un Ballet Folklórico Nacional, la Compañía Nacional de Teatro, el Teatro Rodante Dominicano, escuelas de Bellas Artes y un extraordinario capital humano.
El verdadero desafío no consiste en producir más arte y cultura, sino en hacerla circular.
Durante décadas hemos confundido descentralización cultural con organizar uno o dos festivales en las provincias. La verdadera descentralización ocurre cuando las instituciones nacionales dejan de ser exclusivamente capitalinas y asumen que todo el territorio dominicano constituye su escenario natural. Una institución financiada por todos los dominicanos debe servir a todos los dominicanos.
Esta iniciativa podría desarrollarse mediante una alianza entre el Ministerio de Cultura, la Dirección General de Bellas Artes, la Fundación Sinfonía, las empresas patrocinadoras, los centros culturales privados, las alcaldías, las gobernaciones, las universidades y los medios de comunicación. No se trata de aumentar el gasto público, sino de administrar con una visión distinta la infraestructura artística que el país ya posee.
Los beneficios serían inmensos.
Miles de niños descubrirían por primera vez una orquesta sinfónica. Otros escucharían un coro profesional, asistirían a un espectáculo de ballet clásico o de danza contemporánea, o vivirían la experiencia del teatro profesional sin abandonar su provincia.
No estaríamos formando únicamente espectadores. Estaríamos formando ciudadanos más sensibles, más creativos y más conscientes de su patrimonio cultural.
Con frecuencia debatimos cómo prevenir la violencia, fortalecer la educación y ofrecer mejores oportunidades a nuestros jóvenes. La cultura forma parte de esa respuesta. El arte no sustituye las políticas sociales, pero las complementa desde un lugar insustituible: el de la sensibilidad, la imaginación y la construcción de ciudadanía.
Esta propuesta no nace de la imaginación. La República Dominicana ya vivió una experiencia semejante.
Durante las décadas de 1970 y 1980, colectivos como el Teatro UASD, el Teatro Estudiantil, Teatro Gayumba, Teatro Gratey y agrupaciones musicales como Convite, Expresión Joven y otros movimientos culturales recorrieron el país por iniciativa propia. Con escasos recursos, pero con una inmensa vocación de servicio, llevaron el teatro, la música y la poesía a pueblos, barrios, escuelas y comunidades donde el arte rara vez llegaba.
Aquellas experiencias guardaban un profundo parentesco con La Barraca, el histórico proyecto impulsado por Federico García Lorca durante la Segunda República Española para llevar el teatro a los pueblos de España. La diferencia es que aquí ese esfuerzo fue sostenido casi exclusivamente por el compromiso y el sacrificio de los propios artistas.
Si ellos pudieron hacerlo desde la sociedad civil, ¿por qué no hacerlo hoy desde el Estado? ¿Por qué el Ministerio de Cultura no puede asumir esa misma visión y convertirla en una política pública permanente?
La República Dominicana dispone hoy de instituciones nacionales consolidadas, de mejores infraestructuras, de mayor capacidad logística y de un extraordinario capital artístico. Nunca han existido mejores condiciones para que la cultura salga al encuentro de la gente.
Quizá haya llegado el momento de comprender que la descentralización cultural no representa un gasto. Es una inversión estratégica en educación, cohesión social, identidad nacional y desarrollo humano.
La República Dominicana necesita que la cultura deje de ser un destino al que solo algunos pueden llegar y se convierta en un camino que recorra todo el país. Cuando una orquesta, un ballet, un coro o una compañía de teatro llegan a una comunidad, no solo presentan un espectáculo. Amplían el horizonte de un niño, despiertan una vocación, fortalecen el sentido de pertenencia y recuerdan que la belleza también es un derecho ciudadano.
El arte no debe esperar que el pueblo vaya hacia ella; debe ser la cultura la que recorra el país para encontrarse con su pueblo.
Ese podría ser el mayor legado de la Temporada Sinfónica 2026 y la más trascendente política cultural de la próxima década: una República Dominicana donde la excelencia artística deje de tener domicilio fijo y comience a recorrer, de manera permanente, todo el territorio nacional.
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