Vivimos en una época extraordinaria de avances tecnológicos y, sin embargo, curiosamente pobre en ciertas palabras. Hablamos de éxito, de influencia, de productividad y de derechos. Pero cada vez hablamos menos de una virtud que durante siglos fue considerada el fundamento del carácter: el honor.
No me refiero ni al orgullo ni a la reputación. Mucho menos a la arrogancia. Hablo de esa fuerza silenciosa que lleva a una persona a cumplir su palabra, incluso cuando nadie la observa; a defender lo justo, aunque ello implique sacrificios; a mantenerse fiel a sus principios cuando el camino fácil parece más atractivo.
Mientras releía El jorobado, comprendí que el verdadero protagonista de la obra no es el célebre disfraz de Lagardère, ni las emocionantes escenas de espada que hicieron famosa la novela. El protagonista invisible es el honor.
Henri de Lagardère dedica años de su vida a cumplir una promesa hecha a un hombre moribundo. No persigue fama, riqueza ni reconocimiento. Cumple una palabra. En un mundo donde la conveniencia suele imponerse a los principios, esa sola decisión convierte la novela en una lección de extraordinaria actualidad.
Resulta sorprendente que una historia ambientada entre 1699 y 1717 siga hablándonos con tanta claridad. Quizá sea porque las grandes virtudes humanas nunca pertenecen a una sola época. Cambian los escenarios, las armas, las leyes y las costumbres; pero la lealtad, la valentía y la integridad siguen enfrentando los mismos desafíos.
Mientras avanzaba en la lectura, descubrí que mi memoria viajaba mucho más lejos que la Francia de Luis XIV. Recordé las historias que escuché desde niña sobre hombres y mujeres para quienes el honor no era una idea literaria, sino una forma de vida. Pensé en Gregorio Luperón.
No porque Paul Féval escribiera sobre él, ni porque sus vidas fueran idénticas. Los une algo más profundo: la convicción de que existen principios que valen más que el poder, la comodidad o la seguridad personal. Luperón enfrentó guerras, exilios y sacrificios convencido de que la libertad merecía cualquier precio. Lagardère, desde la ficción, encarna esa misma fidelidad a la palabra dada.
Entonces comprendí que los grandes clásicos poseen una virtud extraordinaria: nos permiten reconocer las mismas cualidades humanas en pueblos, épocas y culturas completamente distintas. Quizá por eso nunca envejecen.
En mi familia crecí escuchando relatos en los que el amor a la patria, la dignidad y el deber ocupaban un lugar central. Esas historias no se limitaban a acontecimientos históricos. Hablaban de una manera de entender la vida. De hombres y mujeres convencidos de que el carácter vale más que el prestigio y de que una promesa obliga incluso cuando resulta incómoda.
Hoy solemos medir el éxito por la velocidad con la que alcanzamos nuestras metas. Paul Féval propone exactamente lo contrario. Nos recuerda que la verdadera grandeza no consiste en llegar primero, sino en llegar sin haber traicionado aquello en lo que creemos.
Tal vez esa sea la razón por la que seguimos leyendo estas obras casi dos siglos después. No porque añoremos los duelos con espada ni los castillos medievales, sino porque seguimos necesitando ejemplos de integridad.
Los clásicos sobreviven porque las virtudes humanas no tienen nacionalidad. El honor de Lagardère puede encontrarse en las páginas de un novelista francés, pero también en la vida de hombres como Gregorio Luperón y en tantas familias dominicanas que transmitieron a sus hijos que la libertad, la palabra dada y la dignidad jamás deben negociarse. Quizá por eso El jorobado ocupa un lugar tan especial entre mis lecturas favoritas.
Mientras escribo mi primera novela inspirada en hechos reales ocurridos durante la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo, he querido que una de sus protagonistas lleve una espada en la cintura. No es un recurso decorativo ni una concesión al romanticismo de las novelas de aventuras. Es el reflejo de una adolescente que devoraba las páginas de Alexandre Dumas y Paul Féval; que encontraba en aquellos héroes literarios el valor para creer que la justicia siempre merecía ser defendida.
La protagonista de mi novela admiraba a los mosqueteros, a Edmond Dantès y a Lagardère mucho antes de comprender el verdadero significado del coraje. Aquellos personajes le enseñaron que la espada más importante no era la que se empuñaba con la mano, sino la que se sostenía con la conciencia. Que la valentía no consistía en buscar el enfrentamiento, sino en permanecer fiel a los principios cuando hacerlo implicaba renunciar a la comodidad, al miedo o al silencio.
Quizá esa sea la verdadera función de los grandes libros. No moldean nuestras manos; moldean nuestro carácter. No nos convierten en espadachines; nos ayudan a distinguir entre la cobardía y el valor, entre la conveniencia y el deber, entre el poder y el honor.
A veces olvidamos que las bibliotecas también forman patriotas, ciudadanos y mujeres valientes. Mucho antes de tomar decisiones difíciles, alguien abrió un libro y encontró en sus páginas un ejemplo digno de imitar.
Tal vez esa sea la razón por la que generaciones enteras crecieron admirando a Dumas, a Féval y a tantos otros clásicos. No porque soñaran con duelos o castillos, sino porque descubrieron algo mucho más difícil de encontrar: hombres y mujeres dispuestos a sacrificarlo todo antes de renunciar a sus principios.
Y quizá esa sea también la razón por la que seguimos regresando a ellos: porque, en un mundo donde todo parece negociable, los clásicos aún nos recuerdan que existen valores que nunca deberían estar en venta; entre ellos, uno que Paul Féval convirtió en el verdadero protagonista de El jorobado: el honor.
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