En la vida pública de un país existen instituciones cuya presencia parece tan natural que rara vez nos detenemos a reflexionar sobre su verdadera razón de ser. Funcionan dentro de la estructura del Estado, aparecen en los organigramas oficiales, anuncian programas y forman parte del paisaje institucional de la nación.

Entre ellas se encuentra el Ministerio de Cultura.

Se habla de sus proyectos, de sus presupuestos y de las actividades que organiza a lo largo del año. Sin embargo, pocas veces se formula la pregunta que debería preceder a todas las demás:

¿Para qué sirve realmente un Ministerio de Cultura?

No se trata de una interrogante administrativa.

Es, en realidad, una pregunta que toca el modo en que una sociedad entiende la cultura y el lugar que decide otorgarle dentro de su vida pública.

Un Ministerio de Cultura no es simplemente una oficina encargada de organizar eventos artísticos ni una estructura destinada a programar festivales o celebraciones conmemorativas. Su existencia responde a una convicción más profunda: que la cultura constituye un bien público y, por tanto, una responsabilidad colectiva.

Pero esta idea, que hoy puede parecernos evidente es el resultado de una evolución histórica relativamente reciente.

Durante siglos, la vida cultural dependió del mecenazgo privado, de instituciones religiosas o del patrocinio de élites ilustradas. Solo en el mundo contemporáneo los Estados comenzaron a asumir que la cultura, además de una expresión creativa, es también una dimensión esencial de la ciudadanía.

Desde entonces, la pregunta sobre el papel de las instituciones culturales ha acompañado el desarrollo de las democracias modernas.

Y en el caso dominicano adquiere una resonancia particular.

Porque si algo enseñó el pensamiento de Pedro Henríquez Ureña es que la cultura no es un adorno de la nación, sino una de sus formas más profundas de construcción histórica.

Comprender para qué sirve un Ministerio de Cultura implica, en última instancia, comprender qué entendemos por cultura y qué lugar deseamos que ocupe en el proyecto de país que aspiramos a construir.

Como afirmó Pedro Henríquez Ureña: «Sólo la cultura salva a los pueblos».

Promoción cultural y política cultural

En la gestión cultural del Estado suele aparecer una confusión frecuente: la diferencia entre promover la cultura y construir una política cultural.

A primera vista, ambas cosas parecen equivalentes; pero en esencia responden a lógicas y visiones distintas.

La promoción cultural se manifiesta en lo visible: conciertos, exposiciones, festivales, ferias del libro o celebraciones conmemorativas. Es el rostro público de la cultura institucional, aquello que el ciudadano puede disfrutar y reconocer como presencia del Estado en la vida cultural.

Nada de eso es desdeñable. Al contrario, estos espacios amplían el acceso a las expresiones artísticas y fortalecen el encuentro entre los creadores y la sociedad.

Pero la promoción, por sí sola, no constituye una política cultural.

Una política cultural trabaja en una dimensión más profunda. Su objetivo no es solo mostrar la cultura, sino crear las condiciones que permitan que exista, se forme, se preserve y circule en el tiempo.

Esto implica fortalecer la educación artística, preservar el patrimonio histórico, investigar la memoria cultural del país, formar públicos y apoyar de manera sostenida a los creadores.

La diferencia es esencial.

Mientras la promoción cultural organiza actividades, la política cultural construye procesos.

En síntesis, podría decirse que un Ministerio de Cultura no se justifica por la cantidad de actividades que organiza, sino por la vida cultural que es capaz de construir y sostener en el tiempo.

La cultura como construcción histórica

Comprender el papel de un Ministerio de Cultura exige mirar más allá de la administración de actividades y situar la cultura en su dimensión más profunda: la de proceso histórico.

En esa perspectiva, un presidente que aspire a dejar una contribución duradera al desarrollo de su país debería comprender que la conducción del Ministerio de Cultura exige algo más que una designación administrativa o el cumplimiento de compromisos políticos. Requiere la elección de un ministro capaz de entender la cultura como proyecto histórico de la nación: alguien con la visión intelectual, la sensibilidad humanista y la comprensión institucional necesarias para articular una verdadera política cultural que fortalezca la identidad, la educación y la memoria colectiva del país, y que al mismo tiempo enaltezca el período presidencial como parte de su legado al país.

Las culturas no nacen completas ni permanecen inmóviles. Se forman a lo largo del tiempo a partir de la experiencia colectiva de los pueblos, de su relación con el territorio, de sus lenguas y de sus formas de vida.

En el caso dominicano, esta comprensión fue desarrollada con especial claridad por Pedro Henríquez Ureña, quien entendía la identidad dominicana como una creación histórica surgida del encuentro de diversas herencias culturales.

En ese proceso permanecen huellas visibles: la adaptación indígena al territorio – presente en prácticas agrícolas como el conuco o en alimentos como el casabe- y la herencia de la hispanidad cultural entendida como comunidad de idioma y tradición intelectual.

De esa interacción surgió una cultura que no es prolongación de ninguna otra, sino una forma original de vida histórica.

La cultura como proyecto humanista

Si la cultura es una construcción histórica, también es en su dimensión más profunda, una aspiración humana.

No se limita a las manifestaciones artísticas ni a las tradiciones heredadas. Es la forma en que una sociedad cultiva su inteligencia, su sensibilidad y su conciencia moral.

En el pensamiento de Pedro Henríquez Ureña, esta dimensión ocupaba un lugar central. Para él, la cultura debía sostenerse en tres pilares inseparables: la dignidad humana, la educación y el desarrollo del espíritu crítico.

Por eso, cuando se habla de cultura, en realidad se habla de civilización.

Se habla de la posibilidad de formar ciudadanos capaces de pensar con libertad, comprender su historia y participar conscientemente en la vida colectiva.

Desde esa perspectiva, la cultura no es un adorno del Estado.

Es una dimensión esencial de la ciudadanía.

La política cultural que aún está pendiente

Si el país desea que la cultura desempeñe un papel estratégico en su desarrollo, el desafío no consiste únicamente en mantener una agenda cultural. Consiste en construir una verdadera política cultural de Estado.

Esa orientación podría comenzar con decisiones fundamentales: crear un sistema cultural nacional que articule instituciones, creadores y comunidades; fortalecer la educación artística como parte del desarrollo humano; preservar de manera sostenida el patrimonio histórico; y desarrollar redes culturales que permitan que la creación y el acceso a la cultura lleguen a todo el territorio nacional.

Estas acciones no constituyen un programa exhaustivo, pero sí una dirección clara. Porque una política cultural no se mide solo por lo que organiza en el presente, sino por lo que es capaz de sembrar para el futuro.

Mirar el futuro desde la cultura

Al final, la pregunta sobre el papel de un Ministerio de Cultura no es solo administrativa. Es una decisión de país.

Se trata de definir qué lugar ocupa la cultura dentro del proyecto nacional.

Porque, en definitiva, la cultura no se mide por la cantidad de actos que se realizan ni por la intensidad de la agenda institucional. Se mide por la profundidad con que una sociedad cultiva su conciencia, preserva su memoria y forma a sus ciudadanos.

Las naciones que comprenden el valor estratégico de la cultura invierten en ella como quien siembra futuro. Las que la reducen a simple programación institucional y a compromisos políticos terminan administrando apenas el presente.

Danilo Ginebra

Publicista y director de teatro

Danilo Ginebra. Director de teatro, publicista y gestor cultural, reconocido por su innovación y compromiso con los valores patrióticos y sociales. Su dedicación al arte, la publicidad y la política refleja su incansable esfuerzo por el bienestar colectivo. Se distingue por su trato afable y su solidaridad.

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