El personaje haitiano y la narrativa dominicana (Isla Negra Editores, 2024), de la doctora Ibeth Guzmán, es una obra sumamente interesante y rigurosamente documentada en la que la autora aborda, de manera magistral, una problemática histórica que ha coexistido entre las dos naciones que comparten la isla de La Española.
A través de un profundo ejercicio crítico, Guzmán analiza cómo la literatura dominicana ha representado al personaje haitiano a lo largo del tiempo, revelando los imaginarios, prejuicios, tensiones y vínculos que han marcado las relaciones entre ambos pueblos.
La investigadora estructura su estudio en seis grandes bloques temáticos y utiliza como corpus de análisis obras fundamentales de reconocidos autores dominicanos que han abordado, desde distintas perspectivas, esta compleja realidad histórica y cultural.

En consecuencia, el recorrido inicia con Las vírgenes de Galindo (1891), de César Nicolás Penson, y con la obra Rufino, de Federico García Godoy (1908). Tal como señala la autora, se trata de narraciones inspiradas en hechos reales que retratan las relaciones entre haitianos y dominicanos.
A partir de estas obras fundacionales, Guzmán establece las bases de su investigación y abre el primer espacio de reflexión sobre la construcción literaria del personaje haitiano.
En el segundo bloque, El personaje haitiano en la narrativa dominicana se centra en el espacio del cañaveral como escenario de interacción social y económica. Para ello, la autora analiza las novelas Cañas y bueyes (1935), de Francisco Moscoso Puello, y Over (1939), de Ramón Marrero Aristy. Estas obras permiten comprender las condiciones de vida de los trabajadores haitianos y su inserción en una estructura productiva caracterizada por profundas desigualdades sociales.
En el tercer bloque, la autora sitúa al lector y a la lectora en un escenario histórico marcado por la violencia, la represión y la barbarie. En esta sección estudia acontecimientos desarrollados durante uno de los períodos más difíciles de la historia dominicana. Para ello se apoya en obras emblemáticas como El Masacre se pasa a pie (1973), de Freddy Prestol Castillo, y El degüello de Moca, de Bruno Rosario Candelier.
A través de estos textos se examinan las representaciones del conflicto y las heridas históricas que han incidido en la percepción mutua entre dominicanos y haitianos.
En el cuarto bloque, la Dra. Guzmán muestra cómo el personaje haitiano abandona progresivamente el espacio rural para insertarse en escenarios urbanos.
Con el propósito de analizar esta transformación, la autora recurre a las novelas La avalancha (2006), de Manuel Matos Moquete, y Payaso al caer la tarde (2017), del escritor, maestro y narrador Nan Chevalier. En estas obras se observa una ampliación de los espacios narrativos y de las experiencias asociadas a la migración, la identidad y la convivencia cultural.
El último bloque recoge la visión del personaje haitiano desde la perspectiva de dos destacadas escritoras dominicanas de la diáspora: Julia Álvarez, con su novela Una boda en Haití (2012), y Rita Indiana, con Nombres y animales (2016). A través de estas voces contemporáneas, la autora muestra nuevas formas de representar las relaciones dominico-haitiana, incorporando enfoques más plurales y complejos sobre la identidad, la memoria y la experiencia migratoria.
Es indudable que estamos ante un texto único en su género, cuya importancia radica en el estudio de cómo ambos pueblos se han percibido históricamente. Por ello, la propia autora afirma: «En Haití hay una forma de ver ‘lo dominicano’ y en República Dominicana una manera de ver ‘lo haitiano’. Es natural que este fenómeno se visualice en la literatura de ambos pueblos». (p. 25, obra citada).
En definitiva, El personaje haitiano y la narrativa dominicana, de Ibeth Guzmán, constituye una obra que marca un antes y un después en los estudios literarios sobre las relaciones entre Haití y la República Dominicana.
Su principal aporte consiste en reunir, organizar y analizar de manera crítica una tradición narrativa que permite comprender mejor los encuentros, desencuentros y procesos de construcción identitaria que han caracterizado a ambos pueblos a lo largo de la historia.
Finalmente, considero que esta obra debe ser estudiada con detenimiento, conciencia y profundidad, especialmente por el estudiantado de todos los niveles del sistema educativo dominicano. Su lectura ofrece una visión equilibrada, crítica y documentada de las percepciones mutuas entre haitianos y dominicanos, contribuyendo a desmontar estereotipos y simplificaciones que durante décadas han condicionado el debate sobre ambas comunidades.
Además, el trabajo de Ibeth Guzmán llena un vacío importante dentro de la crítica literaria dominicana, al demostrar que la literatura no solo refleja la realidad social, sino que también participa activamente en la construcción de imaginarios colectivos. En ese sentido, este libro trasciende el ámbito estrictamente académico para convertirse en una herramienta de reflexión histórica, cultural y humana que invita al diálogo, al entendimiento mutuo y a una lectura más consciente de nuestra identidad como nación insular compartida.
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