Cierto es, amigo lectores, y esto puedo y debo asegurarles, que para hablar del maestro Enerio Rodríguez Arias, quien escriba acerca de él, deberá tener mucho cuidado. Sé perfectamente que nunca le gustó ni le gustaba, así en presente como suena, ni le gustará jamás que lo traten con doloroso lamento y menos con innecesarios cortejos.
Por lo dicho anteriormente, ustedes pueden estar seguros de las razones que me obligan a escribir lo que leerán a continuación:
Cómo escribir y pronunciar tu nombre Sin inclinarme ante la grandeza de tu sencillez Cómo guardar como un asunto de Estado Las cinco palabras que me confesaste Y que quizás no las merezco…
Contigo supe, sé y sabré para siempre Que no hay mejor oficio que el de ser maestro. Sí, maestro. Me alegra este diálogo contigo, porque me aliviana la carga. Perdón, maestro, quise decir con usted. Soy simplemente tu eterno seguidor. Me agarro de tus manos para alcanzar el vuelo.
Compartir esta nota