A mi amigo y camarada Álvaro Ramírez, porque el nihilismo es una oportunidad y no un desastre.
“La creación espontánea es la razón de que exista algo, en vez de nada, de que el universo exista, de que nosotros existamos. No es necesario invocar a Dios para que encienda la mecha y ponga el universo en funcionamiento”.
(Stephen Hawking, El gran diseño)
Alenka Zupančič es una filósofa y teórica cultural eslovena perteneciente a la Escuela Eslovena de Psicoanálisis, junto a otros prominentes teóricos, como Mladen Dolar y Slavoj Žižek. Nacida en Liubliana el 1 de abril de 1966, su formación intelectual está marcada por el contexto de la República Federativa Socialista de Yugoslavia y su posterior desintegración.
En este ambiente, donde el marxismo oficial convivía con una vibrante escena contracultural, marcada por la influencia de la filosofía francesa contemporánea (autores como Michel Foucault (1926-1984), Jacques Derrida (1930-2004), Gilles Deleuze (1925-1995) y, especialmente, Jacques Lacan (1901-1981)), Zupančič desarrolló, junto a sus colegas, una crítica radical de la ideología, empleando el psicoanálisis lacaniano como una especie de «caja de herramientas» para este fin.
Valiéndose, además, de la filosofía alemana (particularmente, el llamado «idealismo alemán» y el pensamiento radical de Friedrich Nietzsche (1844-1900)), la obra de Zupančič nos invita a cuestionar el sentido de la vida en un mundo desprovisto de él tras el auge de la tecnociencia y sus nefastas consecuencias para la espiritualidad y la religiosidad de los pueblos. El pensamiento de Zupančič está atravesado por tres ejes fundamentales:
- El psicoanálisis lacaniano: Retomando conceptos como lo Real (aquello que resiste la simbolización y perturba lo Simbólico y lo Imaginario) y la falta constitutiva del sujeto, la pensadora eslovena basa su método en un énfasis sobre el inconsciente y la estructura del deseo.
- El pensamiento nietzscheano: Zupančič ensaya una lectura «lacanizante» de Nietzsche, alejándolo de las interpretaciones vitalistas o decadentistas. Encuentra en él un pensador de la afirmación radical de la vida, pero que necesariamente pasa por lo negativo, lo cual, a su modo de ver, convierte a Nietzsche en nada más ni nada menos que un precursor directo de la lógica del inconsciente y la pulsión.
- El idealismo alemán: Leyendo a filósofos como G. W. F. Hegel (1770-1831) e Immanuel Kant (1724-1804) a través de Lacan y viceversa, esta filósofa enfatiza la negatividad dialéctica, no como un paso hacia una síntesis reconciliadora, sino como un fallo estructural o irreductible que constituye, efectivamente, la condición de posibilidad de la libertad y la ética. Inspirada en Kant, retoma el tema del rigor de la ética y la confrontación con el vacío de la ley.
Con esta síntesis, Zupančič aborda los problemas clásicos de la filosofía —tales como la ética, la libertad, el ser y la verdad— desde un ángulo radicalmente nuevo, que no excluye el error, el fracaso y la negatividad, considerándolos, como se hace habitualmente, obstáculos a superar, sino como nociones clave para comprender la estructura de la realidad y la subjetividad.
Fruto de este énfasis en la negatividad de lo Real, Zupančič elabora una nueva ética postmetafísica, a la cual denomina, siguiendo a Nietzsche, «nihilismo activo». Esta consiste en una crítica al resentimiento, la desesperación y el cinismo —tan habituales en nuestro tiempo— que Nietzsche ya había diagnosticado bajo el rótulo de «nihilismo pasivo», al reflexionar sobre las consecuencias existenciales de la modernidad tecnocientífica europea, que había relegado todo lo que no pudiese ser explicado racionalmente al basurero de la historia.
En cambio, el nihilismo activo nietzscheano, releído por Zupančič, propone un nihilismo que no se lamenta por la pérdida de sentido o fundamento del mundo, sino que afirma activamente la nada, el vacío o el abismo como un nuevo punto de partida. Se trataría, entonces, de una dialéctica de «negación de la negación», que abriría espacio para la libertad y la creatividad. El nihilista activo sería aquel sujeto que se rehúsa a vivir la incompletitud y la carencia de sentido como una tragedia, experimentándola, en cambio, como la condición de posibilidad para un nuevo tipo de deseo y de acto: no una mera acción que quede dentro de las coordenadas simbólicas existentes, sino un gesto que reconfigure esas mismas coordenadas.
En la República Dominicana actual vivimos en una sociedad donde el avance aplastante de la tecnociencia al servicio del capital pretende barrer con las tradiciones espirituales y el rico sincretismo religioso y cultural que ha caracterizado siempre a nuestro pueblo. El desalmado modelo económico extractivista —que privilegia los intereses de las grandes corporaciones transnacionales megamineras—, la privatización y gentrificación desenfrenada y acelerada de nuestros espacios públicos y la dependencia excesiva del turismo extranjero —todos estos fenómenos constituyendo un único sistema dominante de explotación, opresión y vasallaje— amenazan con destruir todo lo que históricamente ha caracterizado a nuestro país.
De tal modo que pudiera entenderse el momento histórico de la sociedad dominicana contemporánea como uno de choque o encuentro tardío con la modernización que anteriormente barrió las sociedades europeas a partir del siglo XIX y que ahora —por medio de una agresiva intensificación de la lógica del expolio y la violencia organizada— persigue la conquista total del planeta, todo para satisfacer la acumulación y reproducción ampliada del sistema del capital.
Fue en ese atormentado siglo XIX que emergió la figura de Friedrich Nietzsche, quien pudo prever las terribles consecuencias de un mundo postmetafísico, privado de sentido trascendente por el abrumador descenso de la religiosidad cristiana en favor de la ciencia y la técnica. Ahora, en el siglo XXI, cuando nuestro país se encuentra atravesando una encrucijada similar y donde abundan por doquier falsos profetas y pastores que viven del lucro y la explotación de la miseria de sus alienados feligreses —al igual que los falsos cristianos europeos deplorados siempre por el propio Nietzsche en su momento—, el filo pensamiento crítico de una brillante pensadora como Alenka Zupančič debe servir para recordarnos que la inexistencia de Dios, lejos de ser un horror insoportable en este mundo frío, cruel y despiadado, puede ser, de hecho, una gran oportunidad para resistir desde la autenticidad y la fidelidad al propio deseo.
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