El primer libro que leí era muy breve. Fue también el primero que compré. Sucedió a finales de 2004. Para entonces yo era sumamente joven. Recuerdo con bastante precisión que era una tarde de fin de año y que leí dos veces seguidas el pequeño libro, el cual todavía conservo en mi biblioteca. Era, más bien, una novela breve. Se titula El licenciado Vidriera y, como supe después, forma parte de las Novelas ejemplares de Cervantes. El personaje central guarda algunas similitudes aisladas con el ingenioso hidalgo, al menos eso noté años después, cuando leí por primera vez el Quijote. No he vuelto a leer El licenciado Vidriera, cuyo recuerdo me es muy entrañable. Guardo en mi memoria frases enteras de aquel primer libro. Y cómo olvidar lo mucho que me reí entonces con las ocurrencias de Vidriera. Todavía me río al recordar algunas escenas. Sin embargo, el caballero de la Triste Figura es mi personaje por antonomasia y el Quijote es el libro que más veces he leído y uno de los que más he disfrutado. Lo he leído cinco veces y es, por tanto, mi libro de cabecera. Salvo El idiota, de Dostoievski, y, tal vez, América, de Kafka, ningún libro me ha hecho reír tanto.

La primera vez que leí la obra fue en 2009, en la edición conmemorativa que publicó la Real Academia Española en 2005. La segunda y la tercera lectura también las hice en esa misma edición. Ese volumen lo guardo como un tesoro: oculto entre mis libros y casi bajo llave. La cuarta lectura fue en una edición en dos tomos de Edilibro, S. L., la más bella que conozco. La quinta, en 2023, fue en la magnífica edición de Alfaguara al cuidado de Francisco Rico. Creo que esta última es la edición definitiva, al menos la más cómoda para leer y en la que volveré a hacerlo las próximas veces, pues el papel no solo es de calidad y en formato tapa dura y con buen empastado, sino que el tamaño de las letras es el más grande que he visto en librerías. Además, Rico, considerado por muchos el más acucioso cervantista de los últimos tiempos, organiza y añade en esta edición las páginas que, según él —cómo contradecir su rigurosidad—, pertenecen al texto original. La edición de la RAE también estuvo al cuidado de Rico, pero el tamaño de las letras no favorece la lectura, pese a que, como he dicho, mis primeras tres lecturas fueron en esa edición de letras casi microscópicas, sin duda porque era el único ejemplar íntegro que entonces tenía.

Don Quijote y yo

Tengo en mi biblioteca un ejemplar en la traducción al español moderno que hizo Andrés Trapiello, la cual ha sido publicada por Austral. Compré el libro por curiosidad o por mi gran amor al Quijote. No lo he leído en esta versión, pero he hojeado algunas páginas y no me han gustado las adaptaciones que hizo de ciertos términos para acercarlo a los lectores no familiarizados con el castellano antiguo o que tildan la novela de pesada y aburrida. Si el lector gusta de leerlo así, está bien, pero la mejor manera de leer el Quijote es en su versión original. No importa que, al inicio, el español del Siglo de Oro resulte un poco incómodo. Después del segundo o tercer capítulo, el lector se acostumbra a ese idioma antiguo. Si logra familiarizarse con él, la aventura de leer la novela será inolvidable. Y lo que muestra sobre la condición humana es de valor incalculable. No en vano Dostoievski escribió que, si el día del fin del mundo fuera posible resumir en un solo libro todo el saber de la humanidad, ese libro sería el Quijote.

Pocos personajes de la literatura me han subyugado tanto. No soy la excepción; el manchego cautiva al lector atento desde el inicio y fortalece esa amistad a medida que avanza la lectura. Jean Valjean, en Los miserables, es un personaje que —como el hidalgo, aunque en menor medida— también me deslumbró. Lo mismo puedo decir de Victoriano Segura, protagonista del cuento homónimo de Juan Bosch; de Florentino Ariza, en El amor en los tiempos del cólera, o del príncipe Myshkin, en El idiota. También me gustan mucho Encarnación Mendoza, de La Nochebuena de Encarnación Mendoza; el pequeño Hans, de El amigo fiel, y Ramón Vieths, de La vida no tiene nombre. Son personajes que me han acompañado desde muy joven. Pero con ninguno he forjado una amistad como la que tengo con el caballero andante.

El caballero de la Triste Figura es, para mí, un héroe.  Se le ha tildado de antihéroe, y es flaco y viejo, sí, pero su espíritu es el de un superhombre y es el más valiente de los caballeros. Una vez huyó y dejó a Sancho Panza en graves aprietos, pero sus ideales y su fe en los encantamientos de las novelas de caballerías justificaron ese accionar. Es un caballero determinante y seguro de sí mismo. Es leal y justo. Imposible no ser su amigo. No tiene mayor propósito que el bien común y el ideal caballeresco. Allí donde prime la injusticia irá, espada en mano y montado en su Rocinante. Si algo he comprendido leyendo y releyendo la obra es que el hidalgo no solo es patético y loco, sino también imponente y lúcido. Dígase lo que se diga, es tan fuerte, valiente y hábil como el Cid. Cuando enfrentó por primera vez al bachiller Sansón Carrasco y cuando entró a la jaula del león, su gallardía era real. El peligro era real y, sin embargo, fue don Quijote: no retrocedió ni un centímetro. Nadie es tan osado como él.

Don Quijote y yo

Durante mis años de lectura he dado con personajes que remiten a su imagen. Ahí está, sobre todo, el príncipe Myshkin, que es a su modo un verdadero don Quijote. Y cómo olvidar las recreaciones pictóricas que han labrado con manos de auténticos orfebres los dominicanos José Cestero y Claudio Pacheco. Están, igualmente, esos libros cuyas parejas de personajes centrales guardan extraordinario parecido con el caballero y su escudero. Es el caso de Critilo y Andrenio, en El Criticón; el tío Toby y el cabo Trim, en Tristram Shandy; Samuel Pickwick y Sam Weller, en Los papeles póstumos del Club Pickwick; Chíchikov y Petrushka, en Almas muertas; el Lama y Kim, en Kim; Bouvard y Pécuchet, en Bouvard y Pécuchet, o don Segundo y Fabio, en Don Segundo Sombra. Pero la mejor aventura y la mejor pareja la formaría el lector con el libro, puesto que, para el lector atento, el libro sería la encarnación del hidalgo y el lector sería Sancho Panza. O más bien, el lector puede ser don Quijote y el libro Sancho Panza.

José Agustín Grullón

Abogado y escritor

José Agustín Grullón Nació en La Vega, República Dominicana, pero reside en Santiago de los Caballeros desde hace más de una década. Es licenciado en Derecho por la Universidad Tecnológica de Santiago (UTESA) y agrimensor por la Universidad Abierta para Adultos (UAPA). Cursa además un postgrado en Legislación de Tierras. Ha cursado algunos diplomados sobre Derecho Inmobiliario, Bienes Raíces, Topografía y Derecho Sucesoral. Como escritor ha publicado el libro de cuentos Las ironías del destino (2010).

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