En el marco de la conmemoración del 250.º aniversario de la independencia de los Estados Unidos, la embajadora estadounidense en la República Dominicana, Leah Francis Campos, expresó unas palabras que merecen ser leídas con atención:
"La libertad de expresión no siempre resulta cómoda, no siempre es popular, pero es necesaria. Una sociedad libre es aquella en la que se puede expresar opiniones y decir la verdad incluso cuando sea incómoda. Especialmente cuando sea incómoda".
Hace poco terminé de ver la serie documental "El experimento estadounidense", una producción que recorre la historia del nacimiento de los Estados Unidos, desde las tensiones con la Corona británica hasta la construcción de una república basada en principios que, para la época, eran revolucionarios: la separación de poderes, el gobierno limitado, el respeto a los derechos individuales y, sobre todo, la libertad.
La serie deja claro que los padres fundadores comprendieron una verdad fundamental: ningún pueblo puede llamarse libre si tiene miedo de hablar. Entendieron que el poder, cuando no encuentra límites, termina convirtiéndose en abuso. Por eso defendieron con firmeza la libertad de expresión, no para proteger únicamente las opiniones populares, sino especialmente aquellas que incomodan al gobierno y cuestionan a quienes ejercen el poder.
La historia demuestra que las naciones comienzan a perder su democracia cuando los gobernantes empiezan a considerar la crítica como un enemigo y no como un derecho ciudadano.
Por eso resulta preocupante el rumbo que toma la República Dominicana con iniciativas que muchos ciudadanos consideran una verdadera ley mordaza, propuestas que pueden generar un efecto inhibidor sobre periodistas, comunicadores y ciudadanos que deseen denunciar irregularidades o expresar opiniones críticas sobre quienes gobiernan.
La libertad de expresión no existe para proteger al poder; existe para proteger al ciudadano del poder.
Lamentablemente, en nuestro país algunos políticos han llegado a creer que el Estado les pertenece, como si la República Dominicana fuera una herencia familiar y no una nación sustentada en la voluntad de su gente. Confunden el voto con un cheque en blanco y el cargo público con un privilegio permanente. Olvidan que ocupan posiciones de manera temporal y que son servidores públicos, no propietarios del país.
Una democracia madura no teme a las críticas. Quien gobierna con transparencia no necesita silenciar voces; responde con hechos. En cambio, cuando se pretende restringir el debate público, limitar la crítica o intimidar a quienes opinan diferente, se encienden las alarmas de cualquier sociedad que valore su libertad.
No existe democracia auténtica donde la gente tenga miedo de hablar. No existe República libre cuando expresar una opinión puede convertirse en motivo de persecución o censura. La historia lo ha demostrado una y otra vez: las dictaduras comienzan quitando la voz a los ciudadanos mucho antes de quitarles otros derechos.
La República Dominicana necesita más libertad, más debate, más participación y más ciudadanos vigilando el ejercicio del poder. Porque cuando el pueblo deja de poder hablar libremente, quienes gobiernan dejan de sentirse obligados a rendir cuentas.
La libertad de expresión nunca ha sido el problema. El problema siempre ha sido el miedo de algunos gobernantes a escuchar la verdad.
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