El misterio del asesinato sin cadáver ni víctima que tiene perpleja a la policía en Francia:
La policía está convencida de que una mujer ha sido asesinada, pero no hay un cadáver ni reportes de personas desaparecidas.
"En mis 23 años como magistrado, nunca había visto una situación como esta. No tenemos un cuerpo", dijo el fiscal de Normandía.
"Tampoco tenemos fotos ni identidad de la persona asesinada", agregó. Lo que sí tiene la policía es un sospechoso. Es un hombre polaco de 66 años, ebanista de profesión, radicado en Francia durante lustros. Hoy se encuentra bajo custodia.
(Esta nota ha sido agregada por sugerencia del editor*, habiéndola sacado él de una crónica periodística difundida por varios medios locales e internacionales, fechada el 19 de noviembre de 2022. Confrontada con la crónica original, es evidente que fue alterada).
*No se refiere a ningún editor en particular, sino a uno de los personajes de la novela.
XVI
En vías de seguir las huellas dejadas por la mujer desnuda, un vendaval azotó la cara de Radu, quizá para transportarlo a una noche de lluvia que abrió su adolescencia al deseo. Por los constantes truenos y relámpagos, Eduviges del Sangrado se levantó a cerrar las ventanas. Radu las dejaba abiertas con frecuencia, sin miedo a los ladrones ni a las sombras monstruosas formadas por los ramajes. Eduviges del Sangrado se movió con absoluta calma por los diferentes espacios de la casa, sin caer en la cuenta de que cuando relampagueaba, la transparencia de su bata de dormir le dejaba libre el paso al curioso antojado de ver su cuerpo todavía de cintura estrecha, nalgas duras y senos estirados. Revisados los rincones y cerradas las ventanas, menos las del cuarto de Radu, se preguntó si debía entrar o no a la habitación del muchacho porque a esa hora las pasiones de la adolescencia suelen estar excitadas. Ella lo sabía por experiencia personal: cuando cumplió quince años no resistía el fuego en su fuente virgen.
En el joven Radu era natural que su farallón erótico se presentara de manera espontánea ante los ojos de Eduviges del Sangrado; es decir, él no se avergonzaba de que su hombría se volviera asta de bandera victoria delante de ella, ni ella se cohibía de mirar el portento. Era una relación sana, como de hijo a madre o de madre a hijo, pero la tentación es la tentación, y cuando se es joven es más difícil evitarla. En el caso de Radu y Eduviges del Sangrado, estaban acostumbrados a una relación de confianza mutua, pero nunca pasó de ahí. Ella, por ejemplo, lo bañaba de niño. Lo metía en una tina con agua tibia. Le enjabonaba el cuerpo de arriba abajo. Cuando le tocaba el glande, lo acariciaba cual si fuera una pelota de lana. Eduviges sabía que el objeto presa de su mano tenía tres capas de tejido esponjoso, las cuales se llenan de sangre durante la excitación sexual y provocan su endurecimiento. Sabía también que el pene erecto de un adulto mide entre cinco y siete pulgadas de largo, pero desde que ella empezó a palpar el de Radu supo que sería el más largo de todos y, aunque incircunciso, se le doblaría como una banana en algún momento. Mientras ella se entretenía enrollando y desenrollando la epidermis de aquel juguete o frotándole el escroto con los dedos enjabonados, le cantaba al niño. Él se quedaba embelesado, sin responderle a la intención de aquellas manos femeninas que él consideró alguna vez sagradas.
Eduviges del Sangrado escribía canciones para Radu. Su voz, dulce, contagiosa, la alejaba de toda malicia. Escuchemos una de esas canciones:
Tu pililo no es un cuento de hadas,
ni es la historia de un cerro escabroso:
es el arco silente de una flecha alada.
Así, entre cantos y burbujas de jabón, se pasaba horas muertas jugando con el niño. Después lo secaba, le ponía ropa de vestir si era de tarde o un pijama si era de noche, y lo llevaba cargado al cuarto donde dormía.
Con el deseo revuelto en el prepucio, Radu vio cuando Eduviges del Sangrado entró en el cuarto y fue a cerrar las ventanas al tiempo que su cuerpo se transparentaba con un destello venido de fuera. Asustado, porque temía lo peor, hizo el esfuerzo de aplacar la fuerza bestial que lo sacudía. Se agarró su falo con ambas manos, lo enarcó y, cuando creía haberlo domado, se le disparó como una bala que iría a caer quién sabe dónde. Entonces pegó un grito. Eduviges del Sangrado, asustada, corrió a su lado.
―¿Qué te pasa, qué te pasa, mi adorado Radu? ―le preguntó.
Él, tembloroso, culpándose de un pecado aún por cometer, le dijo:
―Mi cosa está dura; me duele. No resisto el dolor.
―¿Qué hago, Eduviges, qué hago?
Eduviges respiró tranquila. Con una sonrisa maternal, le dijo:
―Relájate, Radu, cierra los ojos, suelta los brazos, alarga las piernas contra el piesero. Déjate llevar a donde te llevará esta mano mía.
Un relámpago iluminó la mano derecha de Eduviges cuando Radu la sintió en su tronco. Él retuvo la respiración, cerró los labios y apretó el vientre porque estaba seguro de que Eduviges del Sangrado le movería la tira que cubría su miembro hacia delante y hacia atrás, como lo hacía cuando él era niño. Esa vez, ella volvió a cantarle aquello de “tu pililo no es un cuento de hadas”… Al día de hoy, Radu se pregunta si esto fue un sueño o una pesadilla, porque de haber sido verdad, él no justificaría lo sucedido. Lo cierto es que Eduviges del Sangrado obró como está dicho, con la única intención de que el joven conociera a fondo qué se siente cuando somos sacudidos por el placer. En el caso de ella, el orgasmo le erizó la piel. De sus ojos brotaron lágrimas fluviales que, gracias a los efectos provocados por la luz de los relámpagos, se agitaron como ríos cuyas aguas anegaron la casa de los rumanos.
Ahora, Radu, en su soledad, no se atreve a darle crédito a este pasaje; prefiere considerarlo parte de un mal pensamiento. Como los párpados le pesan demasiado, corre de nuevo a echarse agua en la cara para regresar de un salto al ventanal.
―Debo encontrar a la mujer de la bicicleta ―dice.
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