El misterio del asesinato sin cadáver ni víctima que tiene perpleja a la policía en Francia:
La policía está convencida de que una mujer ha sido asesinada, pero no hay un cadáver ni reportes de personas desaparecidas.
"En mis 23 años como magistrado, nunca había visto una situación como esta. No tenemos un cuerpo", dijo el fiscal de Normandía.
"Tampoco tenemos fotos ni identidad de la persona asesinada", agregó. Lo que sí tiene la policía es un sospechoso. Es un hombre polaco de 66 años, ebanista de profesión, radicado en Francia durante lustros. Hoy se encuentra bajo custodia.
(Esta nota ha sido agregada por sugerencia del editor*, habiéndola sacado él de una crónica periodística difundida por varios medios locales e internacionales, fechada el 19 de noviembre de 2022. Confrontada con la crónica original, es evidente que fue alterada).
*No se refiere a ningún editor en particular, sino a uno de los personajes de la novela.
XV
La madrugada se ha infiltrado en el reloj como una gota de lágrima en el hueco crucial de la angustia. Radu no se ha percatado de ello porque de tanto pensar en la mujer de la bicicleta ha olvidado el valor de las horas: es notorio su esfuerzo por mantenerse despierto. Se frota los párpados. Piensa, quizá con añoranza: “Debo ponerle término a mi presencia en el ventanal”. Dice, sorprendido de que lo dicho pueda rayar lo incomprensible: “No más ánforas muertas ni turbulencias morosas; no más corazones atorados en las compuertas del tiempo cuando son del dolor; no más sinsabores detrás del cortinaje opaco reservado por la penuria; no más putrefacción de cuerpos idos”. Se separa del ventanal. Se pasea tranquilo por la sala, iluminada apenas por la luna. Se mueve cabizbajo de un lugar a otro, con la mirada fija en el suelo. Entrecruza las manos detrás de la espalda. Musita: “Un cántaro ennegrecido en el colapso de la aurora; tres mariposas muertas debajo del tendido eléctrico; almohadas ortopédicas abandonadas como desperdicios domésticos; espuelas, espolones, ojos abiertos al acecho de un rayo repentino; dos vientos silenciosos se cruzan en una calle de Ciudad Sin Nombre, se van de parranda a los burdeles; mueren diez prostitutas en distintos barrios; una boca gigante se traga la tierra; una araña inquieta atraviesa los bordes de un mortero descolorido”. Deben ser imágenes que Radu creía perdidas en su memoria. Ahora, sin proponérselo, se asientan en sus neuronas para hacer más vívidos los recuerdos pasados.
Reanimado, regresa al ventanal, pero se aleja enseguida porque ha visto el rostro de Eduviges del Sangrado. El rostro le pregunta sin abrir los labios ―así es como hablan los muertos― si recuerda los refranes, máximas o adivinanzas que le decía ahí donde está él, con la gracia de la misma luna. Radu se quedó inmóvil por unos segundos. Recordó ―cómo olvidarlo― que Eduviges del Sangrado fue quien lo alfabetizó. Ella le enseñó a hablar como se habla aquí. Regresó al ventanal con los brazos abiertos, ansioso por agarrar el rostro de Eduviges del Sangrado, pero no hubo manera de que lo consiguiera porque el rostro subía, bajaba y giraba cual planeta salido de su órbita. Aquellos movimientos lo hipnotizaron, pero volvió en sí porque la voz de Eduviges del Sangrado retumbó en sus oídos. Escuchémosla:
―Si “A” toca a la puerta de la casa de un vecino tuyo, a quien “B” espía desde hace horas, y al día siguiente amanece muerto el vecino, ¿cuál de los dos fue el matador?
Así era como Eduviges del Sangrado enseñaba a Radu. Lo que ella sabía lo aprendió sola. Parecía saber más de la cuenta por su forma de educar. Le contaba historias inverosímiles al niño Radu, que friccionaban las nieblas del sigilo sacramental o secreto de arcano. Le hablaba de personajes extraordinarios salidos de entre sombras abigarradas que hacían prisioneros a quienes infringían las normas del buen vivir. Metido en ese mundo, del que nunca ha salido, presume que se encuentra en una región del averno, en compañía de seres ordinarios. Se cree perseguido por un soplo venenoso. Radu trata de escabullirse, pero el soplo no lo suelta. “A ti no hay quien te salve. De esta no saldrás vivo”, le grita el soplo mientras lo acuchilla. Radu corre. El soplo venenoso lo toca de nuevo. Las cuchilladas no cesan. Por Dios, ¿por qué esa saña contra un buen hombre? ¿Será que un criminal capturado por él y muerto hace tiempo ha revivido y quiere cobrar venganza? Radu está aferrado a la vida, no quiere saberse ni pensarse muerto. Su deseo de vivir compite con el futuro. Cantemos gloria a Dios en las alturas para que lo conquiste. El soplo le ha asestado más de cien cuchilladas en el pecho, pero él, Radu, nuestro Radu, no ha muerto. No, no ha muerto. Debemos alegrarnos de que no haya muerto en estas circunstancias. Su pérdida hubiera sido muy dolorosa para nosotros porque el desarrollo de esta historia se habría ido a pique. Sin embargo, ha vivido, digo. Ha resistido con una voluntad férrea, digna de su condición. Pero ¿cómo ha podido superar el desgarramiento causado por ese cuchillo fatal? Nada más y nada menos porque durante las últimas diez cuchilladas de las cien que le ha propinado el criminal, vio a su lado a un grupo de detectives privados, muchos de ellos inolvidables; sí, inolvidables porque abordaron con éxito casos difíciles, por lo general mediáticos. Ahí están esos detectives, sanando las heridas que, como huellas asíntonas a su flujo, se tejen y destejen en la sangre, que empieza a ceder poco a poco. Sí, ahí están ellos, los más grandes, los más famosos. El ruso Viktor Burakov le sostiene la cabeza para que las convulsiones originadas por las heridas no le afecten el cerebro. Richie Roberts, por su lado, le pone paños húmedos en la boca. Postrado ante sus pies, por donde se desliza la sangre, vemos al detective francés Vidocq, quien merece un puesto destacado por ser el primer director de la Oficina de Seguridad Nacional Francesa. Aquellos que recuerden sus investigaciones no dudarán en pensar que él hubiera resuelto el crimen anunciado en la crónica citada. Así, mientras Radu se debate entre la vida y la muerte, vemos al escocés Allan Pinkerton: coloca una caja de gasas sobre una mesa plateada de cuyos laterales sale una calina azul que, tras unos segundos, cubrirá el cuerpo de Radu por completo. Qué pena, estará impedido de ver a Sherlock Holmes, gritándole eufórico: “Sálvate, Radu, sálvate, tú tienes que vivir”. Radu vive, pero no ha superado el trance. Él lo sabe porque cuando abre los ojos ve la cara de Kate Warne. Ella se acerca a él. “Mi caso más notable fue investigar y proteger al presidente Abraham Lincoln en el intento de asesinato de Baltimore en 1861, ¿lo recuerdas, Radu?”, le dice Kate. Ella lo besa, contenta de que las heridas de Radu estén cicatrizadas. Lo vuelve a besar. “Amor mío, tú no morirás”, le musita. El ensueño se disipa. Radu retoma la imagen del rostro de Eduviges del Sangrado, mas no podrá tocarlo aunque se empeñe, porque la imagen se ha fragmentado y se diluye en el cielo.
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