Plinio Chahín (Santo Domingo, 1959), poeta, crítico y ensayista, entrega a los lectores un nuevo título de escritura analítica, que viene a ampliar su vasta producción literaria, acercándose ya a la veintena de libros publicados, tanto en solitario, la mayoría de ellos, como en colaboración. Se trata del volumen titulado Manual para minotauros. Sobre literatura dominicana (Editorial Santuario, Santo Domingo, 2026), que en sus 597 páginas consigue la proeza de recorrer, con agudo sentido crítico y pertrechado de un armazón conceptual y categorial diverso y complejo, aunque determinado y propio, espacios importantes y definitorios de la literatura dominicana de los siglos XX y XXI, subrayando la forma específica en que un texto, sea de ficción, imaginación o de pensamiento, se articula, en el ámbito de una lengua y una cultura, con el tiempo histórico y con el espacio de una realidad social, última con la que no siempre armoniza, sino que además, contrasta y subvierte. Y deslizo de esta forma una primera clave de lectura, que sintetiza una acendrada concepción de la literatura en la trayectoria intelectual de Plinio Chahín.

Desde su opera prima poética de 1986, titulada Consumación de la carne, mi entrañable amigo y compañero de andadura intelectual y vital, Plinio Chahín, ha dado a la estampa una prolongada serie de títulos que abarcan, para solo citar una parte, otros poemarios como Solemnidades de la muerte (1991), Oficios de un celebrante (1999), Hechizos de la hybris (1999), con el que obtuvo el Premio de Poesía Casa de Teatro en 1998; Cabaret místico (2007), Narración de un cuerpo. Poesía reunida 1986-2011, de ese último año, hasta Cabeza de turco y Si parece irreal es coincidencia, ambos de 2024, entre otros.

Mientras que su labor ensayística ha arrojado títulos sobresalientes como ¿Literatura sin lenguaje? Escritos sobre el silencio y otros textos, Premio Anual de Ensayo 2005; Pasión en el oficio de escribir (2007), Pensar las formas (2017) y Presente intacto. Sobre arte y literatura (2022).

Desde el breve prefacio al libro Manual para minotauros, su creador nos advierte que, por medio de la lectura de obras y la exploración de autores, el libro resulta de una necesidad, la de retomar voces, textos y procesos que, trascendiendo sus circunstancias históricas “continúan interrogándonos sobre el país, la identidad y las tensiones espirituales que atraviesan nuestra cultura” (p.13). Señala, asimismo, que en sus páginas valen más las preguntas que las respuestas apodícticas o definitivas. Porque lo esencial, a la hora de penetrar el escalpelo crítico en el bosque simbólico que representa un texto literario es tomar el pulso a la manera en que el lenguaje, fundamento de la obra, “se convierte en una forma de resistencia, de memoria o de revelación” (p.14).

Este Manual para minotauros. Sobre literatura dominicana (2026), para seguir desbrozando sus claves de lectura, es un libro, no solo extenso, sino, además, denso, hirsuto, rizomático. No se arrima a la aporía de la flecha de Zenón, sino, más bien, al método de Jericó con que Ortega y Gasset desdibuja el pensamiento filosófico que progresa en forma de espiral, desde los bordes hacia el centro, de círculo en círculo. Va de una escritura a otra, de un tiempo a otro, de un género o formación discursiva a otro, de una perspectiva ideológica del discurso estético a otra, de la reafirmación del significado como trasfondo de la palabra a la negación de la función significante y del lenguaje mismo como esencia de lo escrito; de la certificación del valor intrínseco de la escritura hasta la negación fundada de su propia existencia. Va, de hecho, de la enunciación al silencio, dando, en ocasiones, más relevancia a lo que el silencio sugiere, en tanto que sentido de lo dicho, que a lo que la palabra expresa, indica, simboliza o significa. He aquí, pues, otra clave importante, para comprender en profundidad este extenso paseo por la literatura dominicana de la mano de Chahín.

Porque, para él, la lectura, si se afronta con seriedad, libertad y goce, ha de convertirse en provocación de nuestra más honda sensibilidad. Una provocación, que podría llegar a ser, no solo seductora, sino también, perversa. La lectura, según su dictado, debe asemejarse a la labor del alquimista que, por medio de la nigredo, en tanto que fase primera de la transformación de la materia para alcanzar la Gran Obra, la descompone hasta su ennegrecimiento o putrefacción, despojándola de impurezas y consiguiendo su misteriosa esencia. La lectura debe generar epifanía y arrobamiento, según Chahín. “Un misterio que arrebata ha de ser toda lectura -nos dice- y no la obligación ortodoxa de quien lee por impiedad académica o imperativo snobista” (p.35). Y a seguidas refuerza la idea con estas maravillosas palabras: “Yo, verbigracia, leo por placer. Por puro hedonismo. Por incitación lancinante. Por laceramientos ontológicos. Por impulsos rabiosos e irascibles. Por afinidad electiva, biológica y temperamental. Leo, en fin, con la convicción de tocar el infinito en cada palabra” (Ibidem).

Esta es la motivación, la lectura libre y placentera, que le hace recorrer las páginas de autores nacionales, de distintas épocas y corrientes estéticas, como Pedro Henríquez Ureña, Ramón Marrero Aristy, Antonio Fernández Spencer, Franklin Mieses Burgos, Manuel del Cabral, Freddy Gatón Arce, Tomás Hernández Franco, René del Risco Bermúdez, Soledad Álvarez, Mateo Morrison, Alexis Gómez Rosa, Enriquillo Sánchez, José Rafael Lantigua y René Rodríguez Soriano, sellando de esta forma el ciclo que comprende, desde la Poesía sorprendida de los años 40 y sus autores independientes, hasta las generaciones del 60, la posguerra del 65 y la promoción del 70. Su espectro crítico, siempre generoso, y no por ello menos objetivo y fiel a sus principios teóricos, alcanza también autores del interregno generacional que da lugar a voces como Clayo Claudio Espinal y José Enrique García, y al no homogéneo grupo generacional del 80 y, en parte, del 90, como León Félix Batista, Dionisio de Jesús, Martha Rivera, Médar Serrata, Amable Mejía, Adrián Javier, José Sirís, Ramón Tejada Holguín, Basilio Belliard y Pedro Antonio Valdez. Notorio es, además, su interés por estudiar y divulgar los aciertos estéticos en obras de autores más recientes como Rita Indiana, Leo Silverio, María Rebecca Castellanos, Luis Reynaldo Pérez, Ricardo Cabrera, el colectivo El arañazo y Natacha Batlle, entre otros. Mientras que de la diáspora en EE. UU., alcanza escritores como Carlos Rodríguez, Junot Díaz y Jochy Herrera, último ya radicado desde hace una década, nuevamente, en nuestro país; como también la diáspora en España, en el caso de Alejandro González.

Señoras y señores, permítanme, primero, felicitar a mi amigo Plinio Chahín por esta nueva publicación, al tiempo que invitarles a ustedes a adentrarse en su vasto campo conceptual y a disfrutar de una escritura que logra, casi en forma melódica, la combinación de una prosa con densidad de pensamiento, pero, al mismo tiempo, con una singular brillantez expresiva y hermosura poética.

(Extracto del texto de presentación de la obra Manual para minotauros. Sobre literatura dominicana, realizada en la librería Cuesta)

José Mármol

Escritor

Nació en Santo Domingo el 30 de abril de 1960. Egresado de la carrera de Filosofía de la UASD, ha coordinado el Taller Literario César Vallejo y el Círculo Literario del Instituto Tecnológico de Santo Domingo. Es Fundador de la Colección Ergo de Poesía Contemporánea Dominicana. Poeta y ensayista, su poesía propone conjugar el sentir, el pensar y la reflexión sobre el decir en el espacio del verso. Ha sido Premio Nacional de Poesía Salomé Ureña (1987), Premio de Poesía Pedro Henríquez Ureña (1992), Premio Casa de Teatro (1994) y accésit del Premio Internacional "Eliseo Diego" (1994) de la revista Plural. Parte de su obra ha sido traducida al inglés, francés e italiano.

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