Hay figuras que no pertenecen únicamente a la geografía donde nacieron, sino al territorio más amplio y perdurable del espíritu. Así se nos revela Clara Elena Ramírez, mujer nacida en la mayor de las Antillas, Cuba, y sembrada con delicadeza y firmeza en la tierra dominicana, donde su legado no solo echó raíces, sino que floreció con la gracia de lo eterno. En ella, la danza no fue únicamente una disciplina: fue destino. Y ese destino, asumido con rigor y sensibilidad, terminó por convertirse en legado.
En la Sala Aida Bonnelly de Díaz del Teatro Nacional Eduardo Brito, y por gentil invitación de su director, Carlos Veitía, tuvo lugar la conferencia del historiador e intelectual cubano Dr. Miguel Cabrera, titulada “Historia del Ballet Nacional de Cuba y tributo a Clara Elena Ramírez”. Fue profundamente reconfortante contemplar una sala colmada de estrellas del ballet de ayer y de hoy, junto a una entusiasta presencia de jóvenes estudiantes. En ese encuentro de generaciones, donde la experiencia y la esperanza dialogaban en silencio, se respiraba no solo admiración, sino también continuidad: la certeza de que el arte, cuando es verdadero, nunca deja de renacer.
Hablar de Clara Elena Ramírez es hablar, ante todo, de una vocación. No de una inclinación pasajera, sino de ese llamado profundo que convierte la vida en obra. Formada bajo la disciplina rigurosa de maestros como Nikolai Yavorsky y George Milenoff, su sensibilidad artística se templó en la tradición del ballet clásico, pero su grandeza no residió únicamente en la técnica, sino en su capacidad de transmitir el arte como una forma de vida, como una ética.
Cuando llega a la República Dominicana en la década de 1960, no arriba simplemente una maestra: llega una fundadora. En 1963, con la creación de su academia, inicia un proceso silencioso pero decisivo de profesionalización de la enseñanza del ballet. Allí, en salones donde el esfuerzo se convertía en disciplina y la disciplina en belleza, Clara Elena comenzó a modelar generaciones. No solo enseñó pasos, enseñó rigor; no solo formó bailarines, formó carácter.
Su vida se entrelaza, inevitablemente, con la historia mayor del ballet cubano, ese “milagro” cultural gestado por figuras imprescindibles como Alicia Alonso, Fernando Alonso y Alberto Alonso. En ese linaje se inscribe Clara Elena Ramírez: como portadora de una tradición que supo adaptar, sembrar y hacer fructificar en otra tierra.
Pero si el arte no tiene patria, como afirmara Juan Marinello, los artistas sí tienen destinos. Y el destino de Clara Elena no fue permanecer en su patria de origen, Cuba, sino extender su vocación hacia la tierra hermana: la República Dominicana. Aquí, su arte encontró cauce fecundo y su disciplina se hizo semilla viva, germinando en generaciones que hoy continúan danzando su legado.
Su impronta no se limita a la técnica ni a la escena. Hay algo más profundo en su legado: una forma de entender la enseñanza como acto de amor y de entrega. En cada alumno, en cada montaje, en cada ensayo, estaba presente esa convicción íntima de que el arte no es espectáculo efímero, sino construcción humana. Así, la danza se fue transformando en legado; y el legado, silenciosamente, en destino compartido.
Resulta particularmente conmovedor observar cómo ese legado encuentra continuidad en la figura de su hijo, Carlos Veitía. Coreógrafo, creador, y hoy director del mismo Teatro Nacional, Veitía encarna no solo la herencia artística de su madre, sino también la dimensión humana de su enseñanza. En él, la obra de Clara Elena se prolonga, no como repetición, sino como evolución.
Hay en esa relación madre-hijo una de las formas más puras de transmisión artística: la que no se impone, sino que se respira; la que no se dicta, sino que se vive. La satisfacción de un hijo que alcanza la plenitud en el mismo territorio que su madre ayudó a fundar, es también la confirmación de una obra bien sembrada.
La conferencia del Dr. Miguel Cabrera no fue solo un acto académico. Fue, en esencia, un acto de justicia. Un reconocimiento a esa mujer que, sin estridencias, transformó la historia de la danza en nuestro país. En ese espacio, donde hoy convergen las más altas expresiones del arte dominicano, resonó su nombre como una presencia viva.
Clara Elena Ramírez pertenece a esa estirpe de artistas cuya obra no se agota en los escenarios. Su verdadero escenario fue el tiempo. Y en él, dejó una huella que no se borra.
Porque en ella, la danza no fue solo un arte aprendido: fue una vida entregada.
Y en esa entrega, la danza se hizo legado… y el legado, destino.
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