El panorama literario dominicano cuenta con cinco movimientos poéticos recientes: Generación del 80, Metapoesía, Interiorismo, poesía Taocuántica y Efluvismo; dotados de fundamentos teóricos. El tránsito de la Generación del Ochenta a la abstracción del Efluvismo no se limita a la sucesión temporal e implica mutaciones epistemológicas en las que la poesía pasa de enunciación y desencanto ontológico a la autorreflexión semiótica, santuario místico-ontológico, convergencia entre la física subatómica y la filosofía oriental, y emanación de ondas.
Tras la poesía de postguerra y la poesía comprometida de los años setenta, subordinadas a la militancia ideológica, el poeta buscó devolverle al poema su veta artística. La Generación del Ochenta nació en un entorno de crisis económica y desencanto que la empujó a la individualidad, al rigor formal, la densidad metafórica, retorno a las vanguardias y exploración del lenguaje. Sus temas buscaron la cotidianidad urbana, la noche, la soledad, el cuerpo como territorio sagrado o profano y el escepticismo existencial. La palabra no buscaba la revolución en las calles; sino alterar el orden desde la página. Destacan Plinio Chahín, René Rodríguez Soriano, Dionisio de Jesús, Tomás Castro Burdiez, Basilio Belliard y José Mármol. Este último entrelaza el pensamiento filosófico y la finitud humana. En palabras de Manuel Matos Moquete (2002):
«La Generación del Ochenta descentraliza el discurso poético dominicano, sustituyendo el nosotros social por un yo fragmentado que se busca a sí mismo en los laberintos de la modernidad periférica y el cuestionamiento del lenguaje» (p. 114).
En El ojo del rito (1988), se observa la resistencia a la linealidad ideológica, optando por una poesía que piensa mientras nombra el desgaste del mundo, abriendo las compuertas a radicalizaciones estéticas, la mudanza del nosotros político hacia un yo fragmentado que se cuestiona mediante un pensamiento filosófico, atento al desgaste de la palabra y la finitud humana.
Si la Generación del Ochenta liberó el poema de ideologías, la Metapoesía, surgida formalmente en la periferia de esa década y consolidada en los noventa, llevó la autonomía del lenguaje al absoluto. Encabezada por Jorge Piña e integrada por Karina Rieke, Bernardo Silfa Bor, Ike Méndez, Darío Tejeda, Orlando Alcántara Fernández y varios miembros de la diáspora literaria en Nueva York, tiene por fin el poema mismo, su continente estructural, como si de una anatomía del poema se tratase. El metapoema no nombra el amor, la muerte, el paisaje, sino los mecanismos que los transforman en palabras. Hay una autoconsciencia del acto de escribir. Expone sus costuras, dudas gramaticales, la imposibilidad del silencio y el fracaso de la representación. Se nutre de las teorías postestructuralistas del lenguaje (Barthes, Derrida, Foucault), donde el autor fallece para dar paso al imperio del texto. No busca la empatía del lector, sino su complicidad. Jorge Piña (1997), apunta:
«Metapoesía es la poesía que versa sobre la misma poesía, pero, más allá de todo esto, metapoesía es poesía más allá de la poesía. Por tanto, la metapoesía, per se, es innovación en todo el sentido de la palabra, y debe ir más allá de los formalismos y de los mecanismos tradicionales si es que verdaderamente quiere acometer con certeza su propósito.» (Lallemant, J.).
El metapoema revela una atmósfera de abstracción donde abundan términos como página, tinta, verbo, silencio y sintaxis:
«El lenguaje es un universo autosuficiente, clausura la ilusión de que el poema es una ventana al mundo exterior, para que refleje su propia sombra.» Piña J. (2002).
Como reacción al formalismo de la metapoesía y al escepticismo ochentista, nace a finales de la década de 1990 el Interiorismo, fundado por el poeta y crítico dominicano Bruno Rosario Candelier, que pretende desviar la mirada del laboratorio del lenguaje a las profundidades del alma humana y el misterio de la creación. Su teleología estriba en la captación del logos, la energía que subyace en el interior de los seres y las cosas. El universo no está hecho de signos vacíos, sino de sentido trascendente que el poeta sintoniza mediante la intuición espiritual y la contemplación mística. Es una lírica de la serenidad, del asombro ante lo sagrado y de la comunión con la naturaleza. En el Ateneo Insular gravitan Sally Rodríguez, Carmen Comprés, Manuel Salvador Gautier (en la narrativa) y Tulio Cordero, entre otros. Su poética busca la belleza a través de una palabra limpia, sugerente, cargada de un misticismo telúrico. Rosario Candelier (2005) la define así:
«…una poesía del ser, donde la palabra se convierte en un puente entre la conciencia humana y la dimensión metafísica de la existencia. Captar la vida secreta de las cosas es el fin supremo del creador» (p. 82).
El Interiorismo aspira a sanar y conmover los vínculos entre el ser humano y el cosmos, alejándose de juegos de palabras para centrarse en la vivencia espiritual de la realidad, una lírica de la serenidad que recurre a la intuición mística y trascendente para captar el logos o la energía cósmica que subyace a la realidad ordinaria, transmutando el entorno en un despertar espiritual.
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