Bebió de la fuente de Pirandello y de Unamuno. Del primero, ideas sobre la construcción de personajes; del segundo, la relación entre el sueño y la ficción. Y así construyó toda su obra, considerada por los críticos como el momento fundacional de la literatura panameña.

Rogelio Sinán (1902-1994) es considerado el padre de la literatura moderna en Panamá, país invitado a la XXVIII Feria Internacional del Libro de Santo Domingo, a realizarse del 24 de septiembre al 4 de octubre.

De Sinán ha dicho la escritora Gloria Guardia que fue un escritor “fiel a sí mismo y a su constante búsqueda por redefinir o trazar los caminos de la identidad nacional”.

De su obra literaria los críticos destacan, además de su poesía, Plenilunio, una novela que centra su fuerza creadora en la psicología de sus personajes, personajes que arrastran consigo los vacíos de un tiempo definitorio de la identidad nacional. Según el escritor Ramón H. Jurado, es un libro de “una envidiable perfección técnica”.

También La isla mágica, una recreación poética del lugar donde nació y vivió sus primeros años.

Fallecido el 4 de octubre a la edad de 94 años, Sinán ha recibido el aplauso y la reverencia de la posteridad.

“Para hablar de Rogelio Sinán hay que quitarse el sombrero. (…) No solamente para saludar con honores al poeta, que fuera llamado brujo y mago por sus coetáneos, sino para dejar constancia de que hemos leído toda su obra. Sinán consiguió que su trabajo literario (tal vez sería mejor decir que su trabajo en los campos extensos de la novela, el cuento, la dramaturgia, el ensayo y la poesía) conformara una unidad que atestigua no solo la índole, la naturaleza del creador, sino también la nuestra: esencia, calidad y condición humanas”.

La opinión es de Margarita Vásquez Quiroz, escritora, maestra y expresidenta a la Academia de Lengua Panameña.

La obra poética de Rogelio Sinán está contenida en los cuatro poemarios que dio a la luz en su vida: Onda (Casa Editrice, Roma, Italia), Incendio (Cuadernos de Poesía Mar del Sur), Semana Santa en la niebla (Dirección Nacional de Cultura del Ministerio de Educación de Panamá, 1969), y Saloma sin Salomar (Dirección Nacional de Publicaciones del Ministerio de Educación, 1969).

Onda fue su primer poemario y en él Sinán se definió como “un ave sin alas”. Publicado en Roma en 1929, es considerado como el inicio de la vanguardia literaria panameña.

La obra contiene cuarenta y cuatro poemas divididos en dos partes. “Los versos libres dominan -dice Margarita Vásquez Quiroz-; no hay un desarrollo temático y lógico aparente, sino que el poeta le da al lector libertad para que dé vuelta a una recreación personal”.

Ricardo J. Bermúdez, autor del poema satírico Elegía a Adolfo Hitler, en el artículo «Onda, cuarenta años después» escrito en 1969, definió la obra como “un hito que señala un cambio de rumbo en el acontecer de nuestras letras. Todo lo dicho da a ese libro especial significación en la historia literaria de la República”.

Según Vásquez Quiroz, Onda fue el libro que inauguró el camino de Sinán hacia las cumbres y “está hecho de gritos callados y de meditaciones”.

“Es una obra inaugural y fundacional”, reflexiona la académica. “Instala una sensibilidad moderna en la poesía panameña sin estrépito ni dogmatismo. Su mayor virtud, quizás, sea la delicadeza: mirar con ojos nuevos sin gritar que se está haciendo algo nuevo.  Lo que en otros se vuelve proclama, aquí es pulso”.

El segundo libro de poesía de Rogelio Sinan fue Incendio. Fue publicado en 1944 y, como se indica en el subtítulo, es un solo poema en tres tiempos: La voz del pánico, La Voz de América y La Voz de la Agonía.

En su valoración de la obra, el escritor peruano Mario Julio Garrido Malaver, afirmó que en Incendio se hallaba una profecía que anunciaba una guerra mundial y toda la humanidad perecería en llamas y gases asfixiantes”.

Mil potros degollados trotando cielo arriba

con las crines al viento enrojecidas!

Todo el humo del mundo

todo el gas preparado para la guerra ruge!

Las mascaras del miedo ya no bastan

y las manos

ya no puede asirse en la distancia!

-Quien pudiera subirse en una nube?

En 1949 Rogelio Sinán publicó Semana Santa en la niebla, su tercer libro de poesía, una obra de contenido espiritual que algunos críticos consideran que está organizado como “una liturgia poética”.

“Es un poemario de Rogelio Sinán esbozado a manera del evangelio según san Lucas. Cada sección remite a un pasaje bíblico —la pesca milagrosa, la hija de Jiro, Lázaro, el Calvario, etc.— reescrito desde un litoral nebuloso y numinoso”, dice Margarita Vásquez Quiroz.

En 1969, y como cierre de su labor productiva labor poética, Sinán dio a la luz el que fuera su último poemario: Saloma sin Salomar, que ha sido considerada como su obra poética más madura.

Aunque sus primeros pasos en la literatura sucedieron en la poesía, Sinán escribió dos novelas, que hoy son tomadas como obras referenciales en su país: Plenilunio (Luna de Viernes Santo) y La isla encantada, ambas obras premiadas en su momento.

En el género del cuento Roberto Sinán se movió a sus anchas. Todavía hoy la “Ciudad Letrada”, sigue postrada a sus pies y entonando sus historias a los cuatro vientos. Sin novedad en Shangai, su primer libro de cuentos, fue publicado por Casa de las Americas en La Habana y luego reeditado en Caracas, Venezuela, en la colección Biblioteca Ayacucho.

Un día, caminando por las calles de un París que bullía de literatura, le contó a Alejo Carpentier que tuvo un sueño, y éste le dijo: ¿por qué no lo escribes? Él lo escribió y se lo pasó a su amigo para revisión, que lo envió de inmediato a la revista cubana Social. Y así, con el aliento de Carpentier y con su mano amiga, nació su emblemático cuento A la orilla de las estatuas maduras. Y así empezó Sinán un camino que lo convirtió en un maestro del género.

Manuel Orestes Nieto, un canto reverencial

Don Manuel Orestes Nieto, autor de versos que aprendieron a bailar con los dos mares de su tierra, y dos veces Premio Nacional de Literatura “Rogelio Sinán”, tiene recuerdos muy sentidos de aquel bardo que cambió el curso de la historia literaria de su país.

“Yo estaba en aquella acera con Domingo López Chang, marido de mi tía abuela, frente a las cariátides de bronce del Instituto Nacional, en la puerta del colegio heroico. Allí está mi infancia y allí crecí, en calle Estudiante, en Santa Ana, bajo el aguacero. Siempre olía a lluvia. Domingo tuvo la delicadeza de poner en mis manos los primeros libros de literatura panameña que leí. Estábamos allí y por la otra acera venía caminando sin prisa este hombre impecable.

-Mira, ese es Rogelio Sinán. Ese es el poeta, Sinán-

Lo vi, saludando y conversando con los estudiantes institutores. Fue toda una revelación ese día singular: un niño en la pobreza de un barrio pobre de la ciudad de Panamá, se asombró por ver por vez primera al escritor vivo, a la estela luminosa cuyo nombre es Bernardo Domínguez Alba. Al poeta predestinado que cambió el curso de la literatura de nuestro país.

Sinán trajo las novedades y noticias del otro lado del mar Atlántico. Él y Roque Javier Laurenza, desataron un impulso de la poesía panameña: el vanguardismo irrumpió con vigor en Panamá y su poemario Onda, de 1929, es la pieza clave de ese salto. El Maestro Rogelio Sinán es el escritor más completo e importante que ha producido la nación panameña. Con medio siglo que mediaba entre ambos, fui su amigo en la poesía y en vida.

Sus palabras fueron un canto reverencial por la memoria del poeta.

Ciudadano de un mundo estremecido

Rogelio Sinán nació entre los mitos y leyendas de la isla Taboga, Panamá. Vivió en un tiempo estremecido y su poesía, costera, mundana, visceral, se nutrió, en gran medida, de un mundo que se despedazaba. Y su respuesta a las convulsiones del tiempo fue su poesía.

Su llegada casi coincidió con el nacimiento de Panamá como nación, tras su separación de Colombia. Tenía doce años cuando empezó la Primera Guerra Mundial y cuando se inauguró el Canal de Panamá, y treinta y siete cuando sonaron los primeros cañonazos de la Segunda Guerra Mundial.

“Los poetas (y los niños) sienten la aproximación de la tragedia”, refiere Margarita Vásquez Quiroz. “Se sabía que había desolación en el continente europeo y en el Pacífico, y Panamá no estaba desvinculada de aquel horror. Por Panamá cruzaban los barcos cargados de soldados, camiones y armas, hacia el Mar del Sur. Y detrás del Cerro Ancón estaba el Canal Zone.

Dice la maestra Vásquez Quiroz que Sinán absorbió el aire europeo, pero mantuvo el tono propio de su tierra. “Hay humor y un cierto encanto «criollo» dentro de la modernidad -dice la académica-; campesinos, cosechas, trillos, mangos. La mezcla —campo y avión, machete y hélice— da un sabor que distingue esta expresión de la vanguardia española o rioplatense. La modernidad aquí entra por la pupila sin expulsar el terruño”.

Según Maide Watson, especialista de Florida International University, definió esas conjunciones entre lo autóctono y nacional con lo extranjero, con un hermoso concepto metafórico: “El sonido del poema se une con el sonido del tambor”.

Rogelio Sinán residió en Roma, París y en México, fue cónsul en la India, estudió en Chile y conoció y leyó a Pablo Neruda, Huidobro y Gabriela Mistral. Fue amigo de Alejo Carpentier y, según los testimonios de la época, quedó estremecido por la cercanía de Borges y Güiraldes. También leyó a Alberti, García Lorca, Guillén, Salinas, Prados y Guillermo de Torre.

En 1930 volvió a Panamá, su tierra natal, donde laboró como maestro y donde desarrolló la intensa labor literaria que lo colocó en la ruta donde alumbraba el sol de la literatura americana.

Rogelio Sinán se le fue adelante al futuro y, andando por el largo camino de su obra, llegó descalzo a la posteridad. Sus obras le hablaron a su tiempo, pero son una conversación con la eternidad. La literatura continental tiene una deuda histórica con él y con todos los autores panameños de ayer y de hoy que siguieron la senda que él abrió.

Él fue un poeta necesario en una época en que los panameños, exiliados en su propia tierra, no podían entrar a la Zona del Canal. Se estaba definiendo la identidad nacional y en ese proceso fundacional la literatura tenía que ser vanguardia. Y fue él, poeta sublevado que desacató los convencionalismos de su tiempo; él, novelista, cuentista, hombre de mundo y soñador, quien la representó.

Dicen que con él nació la modernidad. Pero no, él era la modernidad.