Iniciada con una simple premisa que muestra las consecuencias tras la propagación de un virus que acaba con la mayor parte de la población de Gran Bretaña, un virus transmitido a través de la sangre y que produce efectos devastadores en los afectados, propuesto en aquel filme de Danny Boyle de 2002 titulado 28 Days Later, El templo de los huesos amplía ese universo narrativo al desplazar el conflicto central a las consecuencias culturales y morales de la supervivencia prolongada.
Si 28 días después explora el shock inmediato del colapso y 28 semanas después (2007) en la fallida reconstrucción institucional, esta nueva entrega aborda la infección persistente, funcionando más bien como telón de fondo de una humanidad desfigurada.
28 años después: El templo de los huesos propone una evolución temática y ética del relato postapocalíptico. Más que insistir en el horror biológico de la infección, esta secuela traslada el foco hacia la degradación moral de las comunidades humanas que han sobrevivido durante casi tres décadas.
Si se observa el filme como la presentación de ese mundo donde la catástrofe ya no es un evento reciente, sino una condición histórica que ha moldeado nuevas formas de poder como la violencia y los vínculos afectivos, se puede inferir que su punto de vista estructural se articula en dos líneas narrativas principales que avanzan en paralelo y terminan dialogando de manera figurada.
Esta estructura dividida permite a la directora Nia DaCosta (The Marvels, 2023) explorar distintas escalas del horror como la del pensamiento racional que se corrompe y la de la experiencia subjetiva del miedo sin escapatoria.
El trabajo de Nia DaCosta como directora resulta fundamental para este giro tonal. Su puesta en escena privilegia los espacios cerrados y una fotografía que subraya la materialidad de los cuerpos y los restos.
Sobre el arco de los personajes como el Dr. Kelson, interpretado por Ralph Fiennes, se construye como un drama íntimo de carácter ético y afectivo; por otro, la experiencia de Spike (Alfie Williams) frente a Jimmy Crystal (Jack O’Connell) se desarrolla como un relato de iniciación traumática.
O’Connell ofrece una interpretación feroz y perturbadora como Jimmy Crystal. Su presencia en pantalla introduce una forma de violencia menos visible pero más constante: la del carisma autoritario y la manipulación psicológica.
La interpretación de Ralph Fiennes oscila entre la lucidez científica y la ceguera ética, evitando su crítica ética por lo que él considera que puede ser una solución a la misma infección. Fiennes dota al personaje de una corporalidad casi espectral, que dialoga con la idea de un mundo envejecido y exhausto.
El contexto dramático del filme más que un espacio físico concreto, funciona como un eje metafórico que articula la puesta en escena como un lugar donde la civilización se edifica literalmente sobre los restos del pasado, sin haberlo elaborado ni superado.
28 años después: El templo de los huesos se consolida como una secuela que no solo expande el universo de la saga, sino que lo reinterpreta desde una madurez temática y simbólica.
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