Detalle de la obra "El momento de la decisión (Kairós)", c. 1544. Forma parte de la colección del Palazzo Vecchio, Florencia. Se ve al dios con la cabeza calva por detrás y pelo por delante, barba y alas, sujetando una cuchilla y se alcanza a ver la parte superior de una balanza.

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Kairós trae esos momentos que ojalá no dejemos pasar.

"Ahora o nunca". Pocas expresiones resumen mejor una experiencia humana universal: la sensación de que existe un instante preciso para actuar y que, si lo dejamos escapar, quizás no vuelva.

A menudo solo entendemos la importancia de esos momentos cuando ya han pasado.

Y entonces llegan los lamentos: "¡Si hubiera dicho algo en ese momento!". O los reproches: "¿Cuándo voy a aprender a no abrir la boca?". Pero también las celebraciones: "Menos mal que me atreví". O la satisfacción de descubrir, a posteriori, que una decisión tomada en el último minuto fue exactamente la correcta.

Los griegos antiguos hicieron algo más que percatarse del valor de esos soplos fugaces: les dieron nombre propio, kairós (καιρός), y los convirtieron en concepto.

A diferencia de cronos (χρόνος), el tiempo que avanza, el del calendario y el reloj, kairós era algo más esquivo: la ocasión oportuna que se abre y se cierra, el instante en que algo -una palabra, una decisión, una acción- puede ocurrir con toda su fuerza o perderla para siempre.

Así, mientras cronos expresaba la concepción cuantitativa del tiempo -la duración, la edad, la velocidad-, señaló el filósofo John E. Smith, de la Universidad de Yale, kairós apuntaba a su carácter cualitativo: la posición especial que ocupa un evento en una serie, el momento que marca una oportunidad que tal vez no regrese.

En esencia, no todo instante es igual: algunos tienen peso, y ese peso no se mide en horas.

Para el mundo griego, ese peso era tal que merecía más que un nombre, así que lo encarnaron en un dios.

La imagen del instante oportuno

Kairós era una divinidad menor del panteón griego, hijo de Zeus según algunas fuentes, hermano del Destino según otras.

Más allá de su genealogía divina, vale la pena fijarse en su apariencia, pues cuando se trataba de imaginar a sus dioses, los griegos dejaban poco al azar: cada detalle tenía un significado.

Kairós en la portada de "Humanitas", obra de Urs Graf, 1513. Grabado que lo muestra sobre un globo, con alas en los pies, sujetando una navaja, con el pelo volando hacia adelante y desnudo.

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Kairós es un instante único que irrumpe y exige atención.

Hacia el siglo IV a.C., el escultor Lisipo -uno de los tres grandes escultores de la Grecia clásica- creó una estatua de Kairós que se hizo famosa.

La obra en sí se perdió, pero pervivió en la memoria gracias a escritos como los del poeta Posidipo de Pela (c. 310 – 240 a.C.), quien compuso un diálogo imaginario con la estatua.

Por él sabemos que ese Kairós corría en puntillas, pues estaba siempre en movimiento, con alas en los pies, como si el viento lo llevara.

En su mano tenía una navaja. Su filo, según la interpretación más extendida, representaba la naturaleza escurridiza del kairós: ese instante crítico en el que una acción puede cambiarlo todo. Un segundo antes puede ser demasiado pronto; un segundo después, demasiado tarde.

Y un detalle que no se olvida: Kairós tenía el cabello largo y abundante por delante, cayéndole sobre la cara. Pero por detrás era completamente calvo.

El poeta pregunta: "¿Por qué tus cabellos caen hacia delante?".

"Para que quien me encuentre de frente pueda sujetarme", responde la estatua.

"¡Por Zeus!", exclama el poeta y pregunta: "¿Y por qué es calva la parte posterior de la cabeza?".

"Para que nadie, una vez que haya pasado corriendo con mis pies alados, pueda atraparme por la espalda".

El que fuera calvo por detrás no era un capricho estético, sino una advertencia.

Al momento oportuno puedes asirlo cuando viene hacia ti, cuando todavía está de frente. Una vez que pasa, no hay de dónde agarrarlo.

El saber de cuándo actuar

Más que adorar a Kairós, los filósofos y oradores griegos se interesaron por el kairós como idea, convencidos de que no dependía de la magia ni de la suerte, sino de una capacidad que podía cultivarse.

Para Isócrates, el célebre educador ateniense, la verdadera cultura no consistía en acumular saber abstracto; radicaba en ser capaz de orientarse en un mundo donde nada se repite exactamente y no existen recetas infalibles.

Aunque no hablaba aquí del kairós de forma explícita, muchos estudiosos han visto en sus palabras una de las expresiones más claras del pensamiento kairológico: la idea de que la sabiduría consiste, en buena medida, en saber leer las circunstancias.

Mujer vestida con chaqueta y pantalones rojos, zapatos blancos, cruzando una entrada que atrás se ve oscura y adelante colorida, con pasto verde en el piso, y figuras geométricas que muestran flores, mar, hojas, sol amarillo y un ave volando, todo sobre fondo azul cielo.

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Hay momentos que duran segundos pero cambian una vida entera: una puerta que se cruza, una llamada que se responde, una pregunta que se formula o se deja pasar.

Aristóteles, en su "Retórica", convirtió el kairós -el momento y el contexto en que se presenta un argumento- en uno de los elementos esenciales de la persuasión.

Puedes tener toda la razón del mundo, pero si la expresas en el momento equivocado, cae en oídos sordos.

En la tradición sofística, el kairós era incluso más central.

Gorgia de Leontinos, uno de los grandes maestros de la retórica, entendía la persuasión como un arte que exige capturar en los momentos oportunos lo que es apropiado y sugerir lo que es posible.

Ellos y varios otros pensadores a lo largo de la historia han compartido esa misma intuición: la importancia de la atención a la ocasión.

No es casual que esa palabra tenga una historia tan sugerente. Procede del latín occasio, nombre de la diosa romana que personificaba la misma idea que el griego Kairós. Su raíz remite a algo que sobreviene, que se presenta de pronto. La ocasión no era una abstracción, sino una coyuntura favorable que aparecía ante uno y podía desaparecer con la misma rapidez.

Por eso Occasio heredó la misma iconografía de Kairós: el mechón de cabello sobre la frente y la nuca despejada. Si la dejabas pasar, ya no había de dónde sujetarla.

Y nosotros heredamos un refrán en el que aún sobrevive la imagen de Kairós y Occasio: "A la ocasión la pintan calva". Quizá porque, más de dos mil años después, seguimos enfrentándonos al mismo desafío: reconocer el momento justo antes de que sea demasiado tarde.

¿A tiempo?

Vivimos en la era de cronos por excelencia. Tenemos calendarios sincronizados en varios dispositivos, notificaciones que nos avisan cuándo debemos salir de casa, aplicaciones que convierten las horas en bloques de colores.

Somos, en términos cuantitativos, los seres más conscientes del tiempo que han existido en la historia de la humanidad.

Y sin embargo -o quizás precisamente por eso- a ratos nos invade una extraña sensación de haber dejado pasar cosas importantes.

Quizás el problema no es tanto falta de tiempo cronológico, sino que al preocuparnos tanto por administrar el tiempo cuantitativo a veces somos menos sensibles al cualitativo.

Un bloc de notas de espiral con las palabras «sí», «no» y «tal vez» —junto a casillas para marcar la elección— y un lápiz, sobre fondo amarillo.

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No todas las decisiones dependen del tiempo que tenemos, sino del momento en que actuamos.

Sin darnos cuenta, podemos estar tan atentos al siguiente ítem de la lista que no notamos que lo que está ocurriendo ahora mismo es algo que no se van a repetir. Tan ocupados mirando el reloj que dejamos de leer la situación, y el kairós pasa de largo.

¿Recuerdas alguna conversación que postergaste hasta que perdió sentido tenerla? O tal vez lamentas una oportunidad de trabajo que dejaste pasar. Quizás alguna vez quisiste decirle a alguien gracias, lo siento, te quiero o te extraño, y el momento se fue deslizando, suave e imperceptible, hasta volverse imposible.

Pero también quizás en alguna ocasión, lo atrapaste: contra tu instinto de guardar silencio, dijiste lo que pensabas, y algo cambió. O por el contrario, en vez de hablar, escuchaste a alguien y aliviaste su dolor. De pronto, hiciste algo sin muchas ganas pero impulsado por el "ahora o nunca", y resultó ser exactamente lo que necesitabas.

Eso es kairós: no una teoría sobre el tiempo, sino algo que ya conoces por experiencia propia y que puedes aprovechar. Algo fugaz que trae un dios, o si prefieres, una diosa, con cabello por delante pero no por detrás.

En el umbral

Kairós no pide que hagas menos cosas. Pide que estés presente cuando las haces.

No se trata de estar ansioso y tratar de convertir cada segundo en una oportunidad épica. Eso sería distorsionar el concepto; además, sería agotador.

Los griegos no estaban predicando urgencia permanente: estaban describiendo una textura del tiempo que incluye tanto los largos tramos de cronos ordinario como los instantes de kairós que lo puntúan.

Isócrates no decía que sus alumnos debían crear los momentos oportunos. Decía que debían reconocerlos cuando aparecían.

Y reconocerlos es, en parte, una cuestión de atención: un oído un poco más afinado, una presencia un poco más completa, que te permite distinguir, por ejemplo, cuándo un ser querido necesita que le digas "¡Vamos, yo sé que puedes solo!" y cuándo necesita escuchar "No te preocupes, yo te ayudo".

Tampoco es vivir esperando que las condiciones sean perfectas pues, paradójicamente, sería otra forma de perderse el momento. El arte está mas bien en reconocer cuándo algo está listo para ser dicho, hecho, comenzado o terminado.

En la última estrofa del poema de Posidipo de Pela, la que cierra el diálogo con la estatua, el interlocutor pregunta para quién fue creada.

La respuesta es: "Para ti, viajero. Para ti fui hecha. Aquí, en el umbral, soy una enseñanza".

Una enseñanza en el umbral. No en el templo, no en la plaza pública, sino en el umbral: ese lugar entre adentro y afuera, entre lo que viene y lo que ya pasó.

Es difícil imaginar un lugar más adecuado para Kairós.

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