Un aterrizaje forzoso dentro de un volcán activo. ¿Podría sucederles algo peor?
Sí, pasar toda la noche allí dentro, con las burbujas de lava humeante bajo sus pies.
Era noviembre de 1992 y Chris Duddy, del equipo de efectos visuales de superproducciones como Titanic y Terminator 2, sobrevolaba la Isla Grande de Hawái para filmar escenas de una nueva película de Hollywood.
Lo acompañaban el piloto Craig Hosking y el asistente de fotografía Mike Benson.
Habían atravesado una masa de niebla cargada de vapor e impactado contra la roca, lo que provocó una falla total del motor y que cayeran dentro de la caldera volcánica.
Este es su relato de la historia.
Estamos volando, haciendo tomas para el final de la película "Sliver: una invasión a la intimidad".
Es precioso. La lava fluye del volcán Kīlauea hacia el océano, justo en la costa, y se encuentra con el agua, de donde sale una gran columna de humo blanco.
Para mis adentros, pienso: "No puedo creer que me estén pagando por esto. Es el mejor trabajo de la historia".
Es sábado por la mañana y tenemos una ventana de dos o tres horas para salir y rodar, porque se acerca una tormenta.
Lo que pasa en la película es que los protagonistas están volando sobre el volcán, se sumergen en él y la imagen se desvanece.
Hacemos una toma, la miramos y Mike dice: "Creo que podríamos hacerlo mejor".
Es entonces cuando todo se descontrola.
Al acercarnos nuevamente al volcán, sale mucho humo y, a medida que avanzamos, se hace cada vez más denso.
La parte trasera del helicóptero se tambalea y Craig exclama: "¡Ay, Dios mío!".
Levanto la vista y todo se ve blanco, como dentro de una nube.
"¡Vamos a caer!", dice Craig.
El rotor acaba de chocar contra el acantilado y se desprende. Estamos en caída libre.
Los cuerpos de Craig y Mike se sacuden tan bruscamente que desaparecen por un segundo.
Al impactar, vuelven a sacudirse hacia afuera. Craig se golpea la cabeza y se produce una gran herida en el ojo, que sangra a borbotones.
Saltamos del helicóptero y miro alrededor; el rotor desapareció, la sección de cola está rota y tirada en el suelo.
Los vapores aquí abajo son tan fuertes que respirar es muy difícil. Tosemos y los ojos nos arden por el azufre.
Miramos alrededor y les pregunto: "¿Estamos dentro del volcán?".
Craig me lo confirma.
¿Alguien sabe que nos estrellamos?
Esto es inmenso, como del tamaño de un estadio de fútbol. Y estamos como a 100 metros de la cima. Tenemos que salir de alguna forma.
Empezamos a escalar pero es muy difícil.
La lava seca se desmorona, además de que es muy afilada. Es como arrastrarse por cristales rotos.
Llego hasta quizás la mitad, pero es imposible.
"Tengo que parar. No puedo seguir, es demasiado peligroso", les digo a Mike y Craig, que están más abajo.
Me detengo en una pequeña cornisa de un metro.
"Tomémonos un segundo. Tenemos que idear un plan", dice Craig.
"¿Alguien sabe que nos estrellamos? ¿Alguien lo sabe ya?", le pregunto.
"Probablemente no", contesta.
Craig decide volver al helicóptero a arreglar la radio para pedir auxilio.
La hace funcionar y grita: "¡Mayday! ¡Mayday! ¡Mayday!".
Enseguida comienza a toser. "¡No puedo respirar, no puedo respirar!". Vomita y tose. Está muy mal.
Unos helicópteros empiezan a sobrevolar el volcán, y a uno lo escuchamos cada vez más fuerte. Pero pronto se va. Y Craig ya no responde a nuestros gritos. Pensamos que le sucedió lo peor.
100 metros de precipicio
La desesperación es brutal. Es como una experiencia cercana a la muerte.
Pero con Mike tenemos esperanza, porque sabemos que ellos conocen de dónde vinimos.
Poco después, un equipo de tierra se acerca al borde y nos grita desde arriba: "¡Vamos a intentar agarrarlos!".
Aparece una luz de esperanza.
"Vamos a intentar lanzarles una cuerda", nos dicen.
La cuerda baja volando, pero queda demasiado lejos.
"¡6 metros a la derecha!", les grito. La cuerda sube y baja varias veces, cada vez más cerca, pero todavía no lo suficiente.
Tengo que saltar para agarrarla, pero ¡hay 100 metros en línea recta hacia abajo!
Las nubes empiezan a entrar en el cono y se larga a llover. Y cada vez con más fuerza. Y ya no hay cuerda. No la vuelven a arrojar.
Pasa media hora. Pasa una hora. Y no oímos nada.
No sabemos qué está pasando.
Ya casi se acerca el anochecer, pasa otra hora y me pongo nervioso.
"Dios mío, esto no está pasando. Algo va muy mal", me digo a mí mismo.
Los tipos se asoman y nos vuelven a hablar.
— Vamos a cancelar el rescate hasta la primera hora de la mañana. Esperen con calma, los vendremos a buscar por la mañana.
—Espera, ¿qué? ¿Tenemos que quedarnos aquí toda la noche en un volcán activo?
Acampan arriba y nos dicen que vendrán cada hora a ver cómo estamos. Sonarán un silbato y, para avisar de que seguimos vivos, debemos chiflar.
Con Mike nos refugiamos. Yo llevo un suéter y un gorro de béisbol. Me subo el suéter por la cabeza, le pongo el gorro, monto una pequeña tienda y simplemente… intento respirar superficialmente y mantener los ojos cerrados tanto como puedo.
Es aguantar y esperar que el saliente en el que estoy sentado no se desintegre y me caiga.
¿Cómo vamos a sobrevivir aquí dentro las próximas 12 horas o lo que sea? Sin aire limpio, respirando dióxido de azufre, nuestros ojos arden.
"Ya está", pensé. "Así es como voy a terminar".
Mike me consuela diciendo que está aquí, que podemos hablar y tratar de apoyarnos.
La despedida
Está oscuro. Está lloviendo y sopla el viento. Estoy empapado. Estoy congelado. Tiemblo incontrolablemente.
No consigo estar cómodo de ninguna manera. Y temo que si me duermo, me caeré al vacío.
No duermo en toda la noche.
Internamente, hablo con toda mi familia, y me despido de todos. Creo que no voy a sobrevivir la noche.
Los colores de la lava, rojo, naranja y amarillo, se mueven entre el humo y el vapor.
No sé si estoy alucinando, pero escucho un sonido. Suena como un pterodáctilo, chillando ahí dentro. Y vuelve a sonar. Es aterrador.
Hay desprendimientos de rocas a mi alrededor.
Aprieto los nudillos toda la noche, sentado ahí, intentando no morir.
En cuanto amanece, los rescatistas vuelven. Pero la lluvia empeora, así como la visibilidad.
Es mediodía y seguimos allí. Oigo helicópteros sobrevolando, a esos tipos en tierra, pero hay una grieta enorme en el borde y temen que, si suben allí, causarán una avalancha.
Tengo la garganta hinchada. Apenas puedo tragar. Me arden los ojos. Pero sigo de pie y buscando un camino para escalar.
Si encuentro un camino despejado, subiré. No puedo quedarme aquí ni una noche más.
"No lo hagas. No subas. Nos van a rescatar", me dice Mike.
De repente, las nubes se abren. Un rayo de sol golpea el acantilado, y veo una salida. Comienzo a escalar y al llegar a la cima no hay nada a lo que agarrarse. Literalmente, el último metro y medio es grava plana.
Miro hacia abajo, miro hacia arriba y pienso: "¡Dios! ¿Qué acabo de hacer?".
No sé cómo terminar esto y no puedo volver a bajar.
¿Sigo vivo? ¿Estoy muerto?
Agarrado a la ladera del acantilado, veo que la única forma de hacer palanca para levantarme es clavar los brazos en la grava. Pero es como clavarlos en cristales rotos.
Clavo el brazo derecho hasta el codo, luego el izquierdo, y cuento hasta tres.
Físicamente, no sé cómo hago, pero siento que me doy la vuelta y caigo boca arriba. Quedo tumbado un segundo y pienso: ¿Sigo vivo? ¿Estoy muerto?
Sigo sin poder respirar, todavía me arden los ojos.
Pero estoy fuera.
Corro por la parte trasera del cono y veo la cuerda. No tengo la fuerza para sacar a Mike con ella, entonces la pongo como un marcador para saber que él está allí.
Encuentro el campamento de los rescatistas, con un par de tiendas de campaña, botellas de agua y balones de oxígeno, pero no hay nadie.
Voy a caminar hasta encontrar a alguien o que alguien me encuentre a mí.
Así que empiezo a andar, y en un momento veo un helicóptero flotando, y me ven.
Corren hacia mí, y en cuanto uno de ellos toca mi brazo, todo mi cuerpo se queda completamente flácido, como si me hubiera convertido en una bolsa de gelatina. Me caigo al suelo. Mi adrenalina se apaga.
Me abrochan en el helicóptero y volamos al campamento base. El tipo me da palmaditas en la espalda. Y me largo a llorar desconsoladamente, como un llanto gutural incontrolable.
—Estás a salvo. Lo hiciste.
La primera persona que veo corriendo hacia el helicóptero es Craig, nuestro piloto.
—¡Craig, estás vivo! Pensábamos que habías muerto.
Craig había logrado salir. Guio a un helicóptero hasta el fondo del volcán —cerca del lugar donde había permanecido agazapado— y consiguió saltar a bordo.
Mike fue rescatado un día después, justo en el momento en que grababa un mensaje en la roca dirigido a su esposa: "Te amo".
Este artículo está basado en un episodio del programa radial Outlook, del Servicio Mundial de la BBC. Puedes escucharlo en inglés aquí.
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