Julia Paredes recuerda bien aquel momento, cuando tenía solo 16 años, y sus padres le dijeron que fuera a ayudar a un médico pasante ya que no tenían dinero para mandarla a estudiar la preparatoria.
En la localidad de Batopilas, una población de apenas un millar de personas enclavada en la apartada Sierra Tarahumara del estado de Chihuahua, en el norte de México, pocas eran las opciones para las mujeres al salir de la escuela a finales de la década de 1980.
Pero tres décadas después, Paredes rememora con emoción cómo fueron sus inicios en la enfermería, que la llevaron a recorrer las comunidades indígenas y mestizas de la sierra, a las que llevó vacunas y curaciones a la gente más necesitada.
"Al verme llegar, el médico se puso muy contento, porque había mucho que hacer. Me dijo que él me enseñaría, porque íbamos a salir a las comunidades a vacunar casa por casa: una semana a vacunar niños, otra a vacunar perros. Y yo también iba a estar en la consulta", cuenta la enfermera de 52 años a BBC Mundo.
Su labor no era nada fácil: la Sierra Tarahumara es una de las regiones más escarpadas de México con cañones de hasta 1.800 m de profundidad, climas extremos y poca comunicación terrestre.
En la región viven los rarámuris, un pueblo originario seminómada que suele moverse dependiendo de la época del año entre las regiones altas y las bajas. Por ende, el conteo de la población y la cobertura de salud siempre han sido difíciles. Y más lo era hace 30 años.
"Yo creo que en ese tiempo la cobertura de vacunación debió estar en un 5%, porque el programa en México empezó en 1986. Entonces no había registros de qué tanta población había. Los rarámuris no se registran ante un registro civil, entonces no se sabía qué población se tenía".
Como una mujer que estaba dejando la adolescencia, Paredes emprendía un viaje que se convertiría en la misión de su vida, una que ha sido reconocida por autoridades locales y por la Organización Panamericana de la Salud (OPS) por su destacada labor, que ahora concluye con su jubilación.
"Era mi primer contacto con la muerte"
"La salida a Loreto era a las 4 de la mañana, a caballo, solo con un arriero, el médico y yo", recuerda Paredes de sus primeras jornadas de vacunación, a inicios de la década de 1990.
"Salimos con unas 20 dosis para sarampión, viruela y paperas. La red de frío es primordial en la vacunación, ¡pero estábamos a 40° C! Llevábamos el cubo, el termo para mantener las vacunas, y el camino era de 12 horas", recuerda sobre aquel desafío.
Enfermedades como el sarampión, que fue duro en muchas regiones de México, hacían que aquella comunidad tarahumara de Loreto se viera "como algo de película".
"Las madres con la cabeza tapada con una pañoleta negra, las abuelitas llorando porque sus hijos y los niños estaban enfermos. El panorama era incierto, en todas las casas lloraban. En el panteón hacían muchas tumbas para enterrar a sus muertos", explica.
Los adultos eran los que estaban falleciendo más por aquel brote de sarampión, algo que la dejó muy impresionada.
"Era mi primer contacto con la muerte. Yo solo tenía 16 años y era algo desolador, en una pobreza extrema con falta de comida, solo podían enterrar los cuerpos en una cobija. Me tocó ver que en una fosa sepultaron a 11 tarahumaras. Fue algo que me marcó para mal", reflexiona.
"No sé si eso me hizo demasiado dura, o demasiado sensible. Estaba enojada conmigo, con la vida por haberme puesto ahí. Pero me hizo resiliente y me hizo creer que las vacunas salvaban vidas, porque seguí volviendo a esa comunidad y la incidencia de la enfermedad había disminuido", añade.
Convivencia y respeto con las comunidades
Los rarámuris, también conocidos como tarahumaras, son un pueblo indígena conocido por su forma particular de vida y su fortaleza para recorrer grandes distancias. Su nombre, de hecho, se puede traducir como "los que corren rápido" o "los de pies ligeros".
Al estar habituados a la sabiduría transmitida de generación en generación, incluida la autocuración con elementos de las zonas que habitan, la desconfianza aflora cuando los "chabochi", es decir, los foráneos, llegan con instrumentos como las vacunas.
"Había gente que sí creía, porque era una esperanza. La esperanza tiene muchas maneras de manifestarse y una de ellas era la vacunación. Había gente que creyó en las vacunas y se dejó vacunar", cuenta Paredes.
"Pero la otra parte, la más numerosa, no creía en las vacunas. Creían en sus bebidas, en sus ungüentos. Pero al cabo del tiempo que fui regresando, vi que esa gente que no había creído en las vacunas, ahora nos las pedían. Porque vieron que la gente dejó de enfermarse".
Lograr que aceptaran la vacunación requería de dos aspectos clave: respeto y convivencia.
"Introducirte entre la parte fuerte y la parte sensible de la gente, el tocar esa parte de ellos, llegar a sus corazones, es algo que es muy difícil. Y yo solo tenía 16 años. No tenía mucha experiencia.
"Hay mucha gente [de los servicios sanitarios] que entra a la Sierra Tarahumara, se quedan uno o dos años, salen y se van. Con su experiencia buena o mala. Definitivamente para vivir y trabajar en la sierra, entre los tarahumaras y mestizos, en esas comunidades tan alejadas, lo primero que tenemos que hacer es amarlos, respetarlos", considera Paredes.
"Respetar sus creencias, respetar su idiosincrasia, respetar su cosmovisión. Y ya después viene la vocación".
La curación de Juan
La joven enfermera recibió su capacitación y fue encargada del programa de salud pronto, pues los médicos que las autoridades enviaban a Batopilas trabajaban ahí unos 20 días, por lo que los otros 10 del mes se quedaba Paredes a atender en la consulta o salir a vacunar.
Su padre, recuerda Paredes, les había comprado un caballo, "Pajarito", a ella y su hermano y la joven lo usaba para recorrer la sierra por cuenta propia.
"Me tocó un paciente, Juan, que lo había mordido un zorrillo en una localidad llamada La Sombra. Lo mordió en la cara, cerca del cerebro. Se supone que si la rabia llega al cerebro prácticamente estás muerto. Tenía tres días desde que lo había mordido", cuenta Paredes.
El hombre mayor estaba en mal estado, con mucha fiebre, lo que hacía temer por su vida.
"Conseguí una casa, para que durmiera ahí apartado, y dije 'Solo Dios y Louis Pasteur -el francés cuyo trabajo llevó al invento de las vacunas- pueden salvarlo. Yo no puedo hacer más", recuerda la enfermera.
El tratamiento para una posible infección por la mordedura del zorrillo funcionó, pues al siguiente día Juan ya no tenía fiebre y se habían calmado sus secreciones. Incluso recuperó el apetito: "Cuando fui a verlo se había ido a una casa porque tenía hambre".
"Juan me dejó sin palabras", dice Paredes con emoción.
"Y no solo por Juan. Me tocó aplicar muchos antídotos a niños por picaduras de alacrán, o de araña. O a veces adivinar qué animal o qué insecto les picó. Tenías que ver la sintomatología y ver el libro para aplicar el antídoto".
Había otras tareas para la joven enfermera: también tuvo que tratar heridos de diversa gravedad en Batopilas, o atender a mujeres en labor de parto en esa y otras localidades a los que llegaba por brechas.
"Fueron cosas muy muy pesadas, pero fueron lo mejor de mi vida", asegura. "Donde tuviera acceso a caballo, yo acudía. Así fue durante ocho años".
Paredes fue madrina de bautizo de muchos niños en sus años en la sierra.
Abriendo caminos
Ya para finales de la década de 1990, Paredes se convirtió en una guía para la apertura de rutas para programas de salud llevadas a diversos puntos de Chihuahua, el estado más grande de México, cuyo territorio es similar al de Reino Unido.
La enfermera era el rostro conocido de muchas comunidades en la Sierra Tarahumara, por lo que se encargó de presentar a otro personal de salud enviado desde la capital del estado o de otras ciudades para vacunar a la población o aplicar otros esquemas de salud.
"Les decía que ellos ahora no iban a tener que salir a buscar las vacunas, sino que iban a llegar a sus lugares. Me tocó ser pionera de todo ese nuevo movimiento de salud", explica.
Sin embargo, el paso de los años en la Sierra Tarahumara le pasó factura. La enfermera cuenta que se sentía "físicamente muy agotada" en la década de 2000, por lo que optó por trasladarse a la ciudad de Chihuahua para continuar su labor en vigilancia epidemiológica.
Con su experiencia en el terreno, ayudó en el programa de supervisión de vacunación del estado durante las últimas dos décadas.
Pero cuando llegó la pandemia, el camino ganado en la cobertura de vacunación vio un retroceso. Y es que una parte de la población en Chihuahua, recuerda, comenzó a tener recelo de las vacunas y de los efectos que falsamente le atribuían.
Con pesar, dice que la pandemia creó una "psicosis" que ha requerido de un nuevo esfuerzo para concientizar a la población sobre la importancia de las vacunas más allá de la covid-19, incluida la protección contra el sarampión, que nuevamente tuvo un brote en Chihuahua y otros estados de México en los meses pasados.
"Otra cosa que veo es que los padres jóvenes traen 'su verdad' en un celular, en Wikipedia. Y recordemos que eso no tiene un fundamento científico", explica Paredes.
"A una madre le dije que tenía que vacunar a su hijo y me respondió 'Es que aquí dice que la vacuna del sarampión puede dejar ciego a mi hijo’… Los jóvenes traen su verdad en un celular", añade.
Luego de tres décadas de trabajo, Paredes inició su proceso de jubilación.
Recordar lo vivido, en especial aquellas largas jornadas en las comunidades de la Sierra Tarahumara, la hace suspirar por haberse empeñado en llevar la salud a los más necesitados.
"Lo más bonito fue ver que se salvaron muchas vidas. Llegar a esas localidades, gentiles, como les llaman, porque no había llegado ninguna persona de salud. Lograr trabajar con ellos, no solo llegar a ellos, sino llegar a su mente, a su corazón y a su alma. Es algo bien bonito que crean y acepten lo que tú haces", asegura.
"Me hace sentir muy orgullosa".
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