Crisitina Monge

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Crisitina Monge es además presidenta de +Democracia, una plataforma ciudadana española que fomenta principios democráticos

Estamos en un momento trágico de la historia, parece sostener una creencia contemporánea predominante.

El calentamiento global, el aislamiento social, las tasas de depresión, la polarización, la desinformación, la desconfianza: fenómenos de hoy que parecen agravarse cada día.

Y la pregunta es qué podemos hacer: no solo los gobiernos, las empresas, los líderes sociales, sino cada individuo en sus interacciones diarias, en su vecindario, con las herramientas a disposición, no importa si limitadas.

La socióloga y politóloga española Cristina Monge dice estar obsesionada con la idea de futuro.

Especialista en movimientos sociales y transición ecológica, Monge publicó este año un ensayo, "Contra el descontento", que, además de ser una defensa de la esperanza, sirve como manual político y cultural para atender el momento aparentemente distópico del presente.

En él, la española de 51 años hace un diagnóstico de las causas del descontento a la vez que presenta una serie de mecanismos para sobrepasarlo.

Y empieza, dice, por recuperar la confianza en el otro, en la democracia, en la política.

Entrevistamos a Monge como parte de la cobertura del Hay Festival 2026 en Querétaro, donde la ensayista conversará con nuestro corresponsal Daniel Pardo y el escritor mexicano Enrique Díaz Álvarez sobre lo intolerable de nuestros tiempos.

¿Por qué hay tanto descontento y por qué crees que es diferente a lo que ha pasado antes?

Vivimos en un momento de descontentos que se manifiestan de forma distinta en cada parte del planeta y también son distintos entre ellos. Pero tienen algo en común: no es un descontento nuevo. Empieza a gestarse a raíz de lo que ahora llamamos hiperglobalización, que tuvo dos efectos.

Uno económico: las decisiones sobre la economía empezaron a tomarse en centros muy alejados de la gente. Y otro político: las decisiones políticas empezaron a tomarse en lugares distantes, fuera de lo comprensible y lo cercano. La política se hizo global y, en cierta medida, se le usurpó a la ciudadanía.

Esa hiperglobalización, si bien redujo la desigualdad a nivel mundial, generó más desigualdad dentro de los países ricos. Ahí es cuando empezamos a ver los primeros signos de descontento.

Después vino la crisis financiera de 2008, que se tradujo en una pérdida enorme de confianza de la ciudadanía hacia las instituciones. Esa crisis, y sobre todo la forma en que se gestionó, acabó con la idea de progreso. La sociedad empezó a entender que el conjunto del sistema estaba más preocupado en protegerse a sí mismo que en proteger a la ciudadanía. Esa es una quiebra de confianza muy importante.

¿Cuál es la diferencia entre malestar y descontento?

El malestar tiene causas objetivas: desigualdad, vivienda, precariedad. Y el descontento es algo más difuso, difícil de entender, que aparece incluso en sectores sociales donde esos problemas no existen.

Ese malestar surge cuando se mide contra el futuro: tenemos delante desafíos enormes —la crisis climática, la revolución tecnológica, los movimientos migratorios— y no confiamos en nadie para gestionarlos.

Emergencia climática

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El mismo diagnóstico sirve para dos tipos de indignación; una que antes era de izquierda y ahora es de derecha. ¿Cómo se explica eso?

La desafección que antes capitalizaban formaciones que querían mejorar la democracia ahora la capitaliza la ultraderecha, porque los primeros no fueron capaces de superar las brechas del sistema que ellos mismos habían diagnosticado.

No consiguieron recuperar la confianza de la ciudadanía.

Y cuando existe el malestar y una oferta no logra recuperar esa confianza, la gente busca otra. En este momento esa otra oferta es disruptiva contra el conjunto del sistema: no quiere mejorar la democracia, la está impugnando.

En tu libro hablas de cómo el pesimismo se volvió una etiqueta intelectual prestigiosa. ¿Por qué?

Es una herencia clara del pensamiento posmoderno: una especie de soberbia intelectual donde quien se muestra más pesimista y desencantado parece tener mejor información.

Yo digo que hay que acabar con el prestigio intelectual de ese pesimismo. Ser pesimista hoy es muy fácil: basta con poner la radio.

Es una pose muy útil hoy, porque vivimos en una sociedad donde las teorías de conspiración tienen alto alcance, y el político que simplemente se regodea en que todo está mal —Donald Trump es un ejemplo— tiene más éxito.

Donald Trump

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El movimiento más exitoso del presente político occidental denuncia, ante todo, la calamidad del presente.

¿Cómo dar el giro hacia una política más propositiva, anclada en cosas concretas?

Los padres de la hiperglobalización y del neoliberalismo —Ronald Reagan y Margaret Thatcher— inocularon un virus en las sociedades democráticas del que todavía no nos hemos librado: el TINA, there is no alternative.

Nos dijeron que las cosas solo pueden ser de una manera. Y asumir que no hay alternativa es un ejercicio de antipolítica, porque la política consiste justamente en buscar esas alternativas.

Los principales beneficiarios de la antipolítica son los cuatro o cinco tecnofascistas que están gobernando el mundo: no quieren reglas ni organización, quieren dominar el mundo con lo suyo.

Las élites no quieren acordar nada con nadie, pero el resto —el famoso 99%— necesitamos la política como forma de organizar los desafíos colectivos.

¿Cómo convencer a la gente de que la política sirve?

Primero, extirpando el virus del TINA. Segundo, asumiendo que el futuro no está escrito.

La crisis climática puede llevarnos al colapso, o puede ser el motivo de una transición ecológica que nos dé una economía más resiliente y reduzca la desigualdad.

Lo mismo con la revolución tecnológica y la inteligencia artificial: pueden llevarnos a un futuro distópico de cuatro multimillonarios manejando el destino del planeta, o pueden ser fuente de bienestar y de sociedades más democráticas.

Depende de cómo se regule y gestione. Por eso hay que hacer una reivindicación de la política.

No hay manual de instrucciones para una crisis como la climática, ni para una revolución epistemológica como la de la inteligencia artificial.

Las salidas no las vamos a encontrar en ningún libro: hay que construirlas. La crisis es también de imaginación política.

Necesitamos construir una expectativa de futuro como un sitio en el que nos gustaría vivir: no un sitio del que quisiéramos escapar.

Margaret Thatcher y Ronald Reagan

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Tras el fin de la Guerra Fría, políticos como Margaret Thatcher y Ronald Reagan proclamaron "el fin de la historia" bajo la idea de que no hay otro camino a la globalización, el capitalismo y la democracia liberal.

¿Qué ejemplos concretos de ese futuro mejor y posible se te ocurren?

En transición energética: la tecnología renovable no solo permite dejar los combustibles fósiles, sino cambiar hacia un modelo más democrático, donde la ciudadanía puede ser también productora de energía y tener soberanía energética.

En regulación tecnológica: hay gobiernos que están poniendo a las redes sociales contra las cuerdas cuando hay problemas de desinformación. Se puede regular internet, las redes, la inteligencia artificial, de manera que ayuden a las democracias en vez de empeorarlas.

¿Puede la reacción ciudadana, más que la idea filosófica de que necesitamos un futuro mejor, ser el verdadero motor del giro?

Las asociaciones de padres pidiendo que se prohíban los celulares en los colegios porque individualmente no podían es un ejemplo.

Otro es el movimiento en contra de la instalación de centros de datos para alimentar la inteligencia artificial.

También en el ámbito energético, con la creación de comunidades energéticas, y en movimientos de agricultores como consecuencia de los desastres climáticos.

En distintas partes del mundo ya está en marcha un movimiento de reacción a la distopía del presente.

Si las actuales oposiciones vuelven al poder producto de esa reacción, ¿qué deben hacer para no volver a perder la oportunidad?

La política tiene que ser eficaz. Si no consigues resultados, la ciudadanía le da la oportunidad al siguiente.

No vale decir "esto es muy complejo, hacen falta años": hay que dar señales claras de que se está avanzando, y la ciudadanía tiene que sentirlo.

El gran problema hoy es recuperar la confianza de la ciudadanía, que está perdida no solo en lo político, sino también en lo mediático.

El reto de recuperar la confianza no es solo del alcalde que llega a gobernar; es del conjunto del sistema: los medios, la academia, las empresas.

Es vital dar señales claras de que el objetivo es reducir la desigualdad, que es la gran promesa incumplida de las democracias.

Protesta contra los centros de datos de IA

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La movilización en contra de los centros de datos de la inteligencia artificial parece una prueba de la reacción al presente.

¿Cómo hacer para que la gente vuelva a tener un sentido común compartido?

En democracia la verdad es un terreno en disputa, y está bien que lo sea: la democracia es, de hecho, un sistema de gestión colectiva de las diferencias acerca de la verdad.

Pero existen hechos ciertos: que tú y yo estamos conversando a través de una computadora es un hecho cierto. Luego podremos discutir qué significa esa conversación, pero el hecho en sí no está en disputa.

Cuando perdemos eso, perdemos el sentido común y entramos en el ámbito de la disociación cognitiva.

La realidad, con sus emergencias, te demuestra que hay hechos ciertos, y que fenómenos como el cambio climático tienen consecuencias, pero además tenemos que ayudar a entenderlo: hasta que no se recupere la confianza en la ciencia, en los medios, en las instituciones, los discursos negacionistas siempre van a tener excusas para negar la evidencia.

Para eso hacen falta liderazgos ciudadanos. Las asociaciones de vecinos, los líderes comunales, los agricultores organizados forman parte de los agentes de intermediación, junto a partidos políticos y medios.

Hay que recuperar esas esferas de intermediación.

¿Cómo articular la labor genuina de la sociedad civil con la labor del Estado, cuando hay una creencia de que lo civil es transparente y lo estatal es corrupto?

La gente no cree en los Estados, pero cuando hay un terremoto llama al ejército, a la policía, a los bomberos. Eso es Estado.

El eslogan "solo el pueblo salva al pueblo" tiene sentido en plena emergencia, pero no es "el pueblo" quien está salvando la situación: son los servicios médicos, los bomberos, los militares haciendo logística, los arquitectos evaluando si las casas se caen. Eso es Estado.

Para que el Estado funcione necesitamos mejor sociedad civil organizada, y para que la sociedad civil funcione necesitamos mejor Estado.

La crisis es del conjunto del sistema. En la medida en que se mueve uno de esos engranajes, se pueden mover los demás.

Por eso el sector privado también tiene un rol, porque la operación de una empresa tiene impacto sobre la escala de salarios, la desigualdad y la cultura cívica.

Que algo sea privado no significa que no tenga responsabilidad pública: hay que superar la creencia de que las empresas no deberían tener un rol en materias que en principio son competencia del Estado.

Protesta contra el cambio climático

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El cambio climático es otro de lols ejemplos de que la ciudadanía no está conforme con el presente.

¿Cómo ves la tensión entre optimismo y la idea de un futuro posible?

No me gusta hablar de optimismo o pesimismo, me parece naíf. Prefiero recuperar la idea de esperanza.

Los seres humanos necesitamos esperanza para levantarnos de la cama por la mañana; sin ella, no hay motivación para ponerse en modo constructivo.

La pregunta no es qué va a pasar, la pregunta es qué vamos a hacer, y eso significa reconocer que el futuro no está escrito, que depende de lo que hagamos, que no depende de cuatro señores tecnofeudales sino del conjunto de la sociedad. Significa ponerse a construir, porque no tenemos ningún manual que nos diga cómo gestionar todo esto.

¿Por dónde empieza esa construcción, a nivel individual? ¿Qué tiene que hacer cada uno para no delegarle el futuro a otros?

Con procesos desde lo local: desde abajo, desde lo inmediato, con el vecino. Con procesos donde los éxitos de unos se conozcan rápido por los otros.

Luego hay muchas cosas que ya se están haciendo bien, y que sin embargo permanecen ocultas, en salud, medio ambiente, gestión migratoria, incendios; casos donde distintas políticas salvan vidas o, sin ellas, llevan al desastre. Hay que darles vuelo a esas iniciativas.

Estamos en un punto en el que en muchos temas podemos tomar un camino u otro. ¿De qué depende que vayamos por uno o por otro? De que seamos capaces de reconocer la agencia política que tenemos.

BBC News Mundo

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