Cada mañana en la que los venezolanos despiertan tras los terremotos, el panorama se vuelve un poco más oscuro y desolador.
Llega tras otra noche en la que las oraciones para la recuperación milagrosa de familiares desaparecidos no obtuvieron respuesta, en la que el sueño inquieto de los sobrevivientes se ve interrumpido por pesadillas con edificios derrumbados y momentos de pánico absoluto.
Para el expolicía Jan Carlos Roa García y su familia, fue otra noche durmiendo a la intemperie. Su edificio en Caracas no se derrumbó, pero resulta demasiado peligroso regresar.
Con lágrimas en el rostro, dice que ni siquiera sabe por dónde empezar para reconstruir la vida de su familia.
"Si tuviera 30 años en lugar de 50, quizá. Pero no sé por dónde empezar. Y hasta ahora, nadie de las autoridades se ha puesto en contacto con nosotros."
Como fiel servidor público, Jan Carlos se cuidó de no criticar en exceso la respuesta del gobierno, a pesar del cansancio y la rabia que siente.
Zaira Castro, quien se dedica a la música, no tuvo la misma cautela.
"Todos estamos bastante frustrados porque el gobierno no muestra lo que debería: una ayuda seria", dice en una plaza a solo una manzana de dos edificios derrumbados.
"En realidad somos nosotros, los venezolanos, quienes nos ayudamos entre nosotros. Vivimos en una sociedad que ha aprendido a ayudarse mutuamente. No dependemos del gobierno: para nosotros ya no existe".
En la misma zona, llamada Chacao, la presidenta interina, Delcy Rodríguez, realizó una visita junto al alcalde y recibió críticas de los residentes.
"¡Están haciendo campaña en medio de una tragedia! El gobierno no hace nada por la gente", gritó una mujer.
Conozco bien estas calles. Cuando era corresponsal de la BBC en Venezuela viví varios años en el barrio de Los Palos Grandes, en Chacao, uno de los más afectados.
Mi antigua casa se encontraba a pocos metros del edificio Petunia, ahora derrumbado, donde los equipos de rescate trabajan sin descanso para alcanzar a los residentes atrapados. Una amiga publicó recientemente en redes sociales que su madre se encuentra entre los desaparecidos bajo los escombros.
Fue un gran alivio ver que mi antiguo edificio, el Alhelí, sigue en pie y que su amable portero, Pedro, continúa fuera charlando en el porche con los vecinos de más edad. Uno de ellos se torció el tobillo al bajar por las escaleras. Todos coincidían en que no recordaban una tragedia similar en Venezuela en toda su vida.
En las zonas más afectadas —especialmente en la ciudad costera de La Guaira— la desesperación es aún mayor. El paisaje, con más de 100 edificios reducidos a escombros, resulta apocalíptico. Y a medida que se desvanecen las esperanzas, también crece la indignación.
"Todavía hay gente ahí dentro, necesitamos maquinaria", dice la vecina afectada Eileen Lada. "Ayúdennos, por favor", suplica.
El buen humor de los venezolanos
Los equipos de rescate —tanto venezolanos como internacionales— han trabajado durante otra noche con una resiliencia y concentración admirables para tratar de alcanzar a los familiares atrapados.
En redes sociales circulan videos en los que se ve a los rescatistas sacando con éxito a supervivientes, con el característico buen humor y espíritu venezolano, escenas que conmueven profundamente.
Los hospitales de la costa norte están al límite de su capacidad. Un sistema sanitario que lleva décadas infrafinanciado intenta hacer frente ahora a una demanda que supondría un desafío incluso para países con infraestructuras mucho mejores.
Médicos y enfermeros hacen todo lo posible en unas circunstancias que, para muchos, serán las más duras de sus vidas.
Y los relatos de los sobrevivientes desde las salas de hospital son estremecedores.
"Fue horrible, murió mucha gente y muchos familiares desaparecieron", recordó María Vargas a la agencia AFP desde su cama de hospital. "Perdí completamente mi casa, pero estamos bien, gracias a Dios."
Tras un terremoto, los equipos de rescate consideran que las primeras 72 horas son cruciales. Ese plazo ya ha pasado.
Ahora la sensación es que vivimos uno de los momentos más duros en la historia reciente de Venezuela, un país que en los últimos años ha vivido muchas más dificultades de lo que parecería justo.
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