Retrato de Bell cuando era joven

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Bell nació en Escocia en 1847, emigró a EE.UU. 24 años después y, antes de cumplir los 30 años de edad, ya había creado el teléfono que le haría famoso.

El científico británico-estadounidense Alexander Graham Bell es ampliamente conocido como el inventor del teléfono… aunque no haya sido el único. Sin embargo, para buena parte de la comunidad sorda del mundo, su nombre despierta un sentimiento muy distinto a la admiración.

Una de las cosas fascinantes sobre la historia de los inventos es cuántas veces dos o más personas han trabajando exactamente con el mismo objetivo al mismo tiempo.

Este es uno de esos casos, sólo que, curiosamente, el objetivo no era precisamente el teléfono.

Alrededor de la década de 1870, la telegrafía eléctrica ya había hecho posible que las personas se comunicaran globalmente a la velocidad de la luz; aunque fue un gran avance, tenía algunas desventajas fundamentales: era costoso y solo podías enviar un mensaje a la vez.

El desafío era entonces encontrar la manera de enviar múltiples mensajes simultáneamente, y la recompensa prometía ser grande.

Bell había llegado a Estados Unidos en 1871, y ya lo habían cautivado el telégrafo y el reto.

Más que eso, se había enamorado de una chica, cuyo padre ofreció patrocinar su investigación en telegrafía múltiple, pues si la hacía posible podría beneficiarse económicamente, y así mantener a su hija cómodamente.

Aunque Bell no era ni ingeniero ni inventor, y sabía poco de electricidad, contaba con otros conocimientos y las ganas de encontrar respuestas.

Pero había otras personas intentando lograr lo mismo, algunas mucho mejor calificadas para la tarea.

Su rival más destacado era un inventor profesional llamado Elisha Gray que contaba con el respeto en ese medio, pues en dos ocasiones había ideado mejoras para el telégrafo.

Ambos estaban al tanto no sólo de los avances de cada uno, sino de los logros de otros, incluido el de Antonio Meucci, un inmigrante italiano que en 2002 sería reconocido por el Congreso de EE.UU. como el verdadero inventor del teléfono, pues consideraron que su "teletrófono", demostrado en Nueva York en 1860, lo hacía merecedor del disputado título.

Pero en ese momento del siglo XIX, no fue Meucci quien estuvo en el centro de la disputa.

Paralelamente, mientras estaban en pos de la telegrafía múltiple, Bell y Gray fueron descubriendo la posibilidad de transmitir mensajes a viva voz.

A pesar de que a ambos los sedujo, Gray decidió concentrarse más en el telégrafo que en el teléfono, convencido de que así haría su fortuna.

Por la misma razón, el futuro suegro de Bell lo presionó para que hiciera lo mismo, pero él no resistió la tentación y el Día de San Valentín, 14 de febrero de 1876, presentó su solicitud para patentar el teléfono.

Dibujo de patente de telegrafía de Alexander Graham Bell, 7 de marzo de 1876

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Dibujo de patente de telegrafía de Alexander Graham Bell, 7 de marzo de 1876.

Sin saberlo, dos horas después, Gray presentó ante la Oficina de Patentes su propia idea.

Pero ya era tarde.

El 7 de marzo de 1876, Alexander Graham Bell obtuvo la patente del teléfono y se aseguró los derechos del descubrimiento.

Su verdadera misión

Aunque el título de inventor del teléfono sigue siendo disputado, Bell no sólo creó uno, sino que vio su potencial y se dedicó a demostrarlo, cuando la mayoría consideraba ese tipo de artilugios como "una curiosidad científica" sin "aplicación práctica directa" (The Telegrapher, 1869).

Aquella rudimentaria invención de Bell no tardaría en desarrollarse y multiplicarse por todo el planeta.

Hoy existen casi 9.000 millones de teléfonos móviles, aparatos que -aunque irreconocibles frente al original- siguen basándose en el mismo principio.

Su nombre quedó marcado en la historia.

A pesar de ese invento -y otros que haría después, en campos tan variados como la aviación, la navegación y la comunicación por luz-, esa no era su verdadera vocación.

Durante toda su vida, Bell insistió en que su verdadera misión no era inventar máquinas, como le escribió a esa chica de la que se había enamorado, Mabel Hubbard, en 1875, cuando aún estaba trabajando en los experimentos que llevarían al teléfono.

"De una cosa estoy cada día más seguro: mi interés por los sordos me acompañará toda la vida… Nunca abandonaré este trabajo (de profesor) y debes aceptar la idea de que, cualesquiera que sean los éxitos que pueda tener en la vida, tu esposo siempre será conocido como un maestro de sordomudos".

Más tarde, lamentando tener que atender actos relacionados con el teléfono, le escribiría:

"Sería mucho más feliz y me sentiría más honrado si lograra formar un grupo de buenos maestros para educar a los sordos… que si recibiera todos los honores que el telégrafo pueda ofrecer".

Retrato pintado de Eliza Grace Symonds Bell (1809–1897)

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La madre de Bell, Eliza Grace Symonds Bell, fue una pianista consumada que se fue quedando profundamente sorda. Por mucho tiempo, usó un tubo en el oído para conversar, y Bell aprendió un alfabeto manual para comunicarse con ella.

Su vocación era de cierta forma heredada.

Aunque en algún momento su familia vislumbraba para él un futuro distinto, desde su más temprana infancia todo lo que le rodeaba lo impulsó a dedicarse a ayudar a las personas a comunicarse entre sí.

Su abuelo y su padre eran renombrados expertos en elocución, y a través de su madre desarrolló una pasión por la música: aunque ella era prácticamente sorda, podía escucharlo tocar el piano con suficiente claridad al presionar la boquilla de su tubo acústico contra el instrumento.

Sin saberlo, estaba absorbiendo los primeros principios de la amplificación.

Así se fue forjando su objetivo en la vida: ayudar a las personas, como su madre, a hablar.

A los 16 años, ya investigaba la mecánica del habla. A los 18, comenzó a enseñar y profundizar en técnicas de elocución. Pero tras la muerte de sus dos hermanos, sus padres decidieron emigrar de Escocia a Canadá para asegurarle un mejor futuro al único hijo que les quedaba.

Llegaron en 1870, y al año siguiente Bell se trasladó a Boston, EE.UU., donde comenzó a trabajar en la Boston School for the Deaf (escuela para sordos de Boston).

Fue allí donde conoció a esa mujer que lo cautivó, la inteligente y vivaz Mabel, quien había perdido la audición a los 5 años, y quien, en 1877, se convertiría en su esposa.

Y fue en EE.UU. donde su vocación se transformó en un legado duradero para la comunidad sorda.

Hablar sin oír

Con el éxito del teléfono, la reputación y la fama de Bell lo convirtieron en una figura muy respetada.

Invirtió sus ganancias en su verdadera pasión: la educación de los sordos. Pero había una particularidad decisiva.

Desde su punto de vista, la única manera de garantizar que se integraran social y profesionalmente era a través del habla.

La idea no surgía de la nada.

Bell creció en un entorno profundamente marcado por el estudio de la voz y el habla, y también por la experiencia de la sordera en su propia familia.

Su madre había perdido la audición con los años, pero conservaba la capacidad de hablar.

Para Bell, aquello parecía demostrar que el lenguaje oral podía preservar cierta autonomía y poder personal.

Bell creía sinceramente que estaba ayudando, según la periodista e investigadora Katie Booth, autora de The Invention of Miracles: Language, Power, and Alexander Graham Bell’s Quest to End Deafness ("La invención de los milagros: lenguaje, poder y la cruzada de Alexander Graham Bell contra la sordera").

"Pensaba que el habla podía empoderar a las personas sordas", le explicó a BBC Mundo.

Litografía que muestra a Bell y una niña sentados uno frente al otro, ambos con las manos en la garganta.

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Bell enseñándole a una niña sorda a hablar. En 1872 abrió en Boston una escuela de fisiología vocal y mecánica del habla para enseñar métodos de articulación, especialmente a estudiantes sordos.

Su propuesta educativa se conocería como oralismo: enseñar a los niños sordos a hablar y leer los labios, minimizando o eliminando el uso del lenguaje de señas (o signos).

El problema era que el método tenía enormes limitaciones.

Bell mismo, señala Booth, parecía ser excepcionalmente talentoso para enseñar a hablar a algunas personas sordas, pero casi nadie lograba replicar sus resultados.

"Era un profesor muy dotado", dice la autora. "Pero su método era extremadamente difícil de reproducir. Hasta sus maestros tenían problemas para aprenderlo".

Y, sobre todo, aprender a hablar sin haber oído nunca sonidos es extraordinariamente difícil.

"Si el sonido nunca ha formado parte de tu mundo, aprender a producirlo puede ser casi imposible", explica.

Aun así, el enorme prestigio público de Bell impulsó el oralismo, una corriente que ya circulaba en el mundo educativo global y que terminaría dominando la enseñanza de los sordos durante décadas.

Influyó que sus ideas resonaran con tendencias más amplias de su tiempo.

A finales de ese siglo XIX, Estados Unidos vivía una intensa transformación social.

Mientras llegaban oleadas de inmigrantes y los territorios recién incorporados integraban poblaciones ya establecidas -como nativos, mexicanos y otras comunidades-, se cuestionaba constantemente qué significaba "ser estadounidense".

La respuesta dominante tendía hacia la uniformidad. Se promovía la idea de que todos debían adaptarse a un mismo modelo cultural y lingüístico, con el inglés como lengua común; en ese clima, el lenguaje de señas solía verse como una diferencia que debía corregirse.

Al mismo tiempo, corrientes como la eugenesia influían en el pensamiento social y alimentaban la creencia de que la educación y el control del cuerpo y la mente podían "mejorar" a ciertos grupos, incluidos los sordos.

"La sociedad estadounidense ya tenía un enorme miedo a la diferencia", apunta Booth. "Era una época obsesionada con la idea de normalidad".

De hecho, señala, fue precisamente en ese periodo cuando la palabra 'normal' dejó de ser un término matemático para empezar a aplicarse a las personas.

El oralismo encajaba perfectamente en ese clima cultural: aspiraba a que las personas sordas se acercaran lo más posible al modelo de comunicación de la mayoría oyente.

Pero la historia nunca fue tan simple.

"Nada lo excusa"

Ya en la época de Bell había voces que se oponían a su visión. Educadores y líderes sordos defendían la lengua de señas y advertían que eliminarla estaba causando un daño profundo.

"Es cierto que Bell era un hombre de su tiempo", resalta Booth. "Pero también es cierto que en su tiempo había personas sordas diciéndole claramente que lo que proponía no funcionaba y estaba perjudicando a la gente".

En 1869, por ejemplo, el director de la American School for the Deaf en Hartford escribía: "Dios ha provisto un lenguaje dirigido al ojo. Para el sordomudo, esa es su lengua natural, y la única natural".

Ilustración del Colegio Nacional de Sordomudos de Estados Unidos de un alfabeto de señas en esta gran tarjeta litográfica emitida en Washington, DC, alrededor de 1875.

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Ilustración del Colegio Nacional de Sordomudos de Estados Unidos de un alfabeto de señas en esta gran tarjeta litográfica emitida en Washington, DC, alrededor de 1875.

El conflicto era profundo.

Para los partidarios del manualismo, la lengua de señas no era una herramienta inferior, sino un idioma completo. Para los defensores del oralismo, el habla representaba la forma "normal" o "universal" de comunicación humana.

Con el tiempo, el oralismo terminó imponiéndose en gran parte del mundo occidental, especialmente después del Congreso de Milán de 1880, donde educadores oyentes declararon oficialmente que la enseñanza debía basarse en el lenguaje oral.

Las consecuencias serían profundas y duraderas, y Booth las vio reflejadas en la vida de sus seres queridos.

Su abuelo nació sordo en una familia oyente que no conocía la lengua de señas. Creció sin un idioma que le permitiera entender o ser entendido.

Su infancia transcurrió en silencio, sin la llave más básica para relacionarse con el mundo que lo rodeaba, relata la autora.

Cuando finalmente fue enviado a la escuela, tampoco se la entregaron. En lugar de aprender lengua de señas, fue obligado a intentar hablar.

"No tenía nada sobre lo que construir", explica Booth. "Y terminó la escuela sin un lenguaje con el que comunicarse".

Ese fenómeno tiene un nombre: privación lingüística. Cuando un niño crece sin acceso temprano a ningún idioma, ciertas capacidades cognitivas pueden quedar permanentemente afectadas.

"En el mundo oyente es extremadamente raro", dice Booth. "Pero en el mundo sordo fue muy común durante décadas".

La historia de su abuela fue distinta, pero no necesariamente mejor.

Ella creció en una familia sorda y aprendió lengua de señas desde pequeña. Sin embargo, al llegar a la escuela era castigada cada vez que la usaba.

"No solo se les negaba el acceso al lenguaje", expone Booth. "También se les enseñaba que su forma natural de comunicarse era vergonzosa o inferior".

Durante generaciones, muchos estudiantes sordos vivieron una u otra de esas experiencias.

Foto de una profesora con un niño, leyendo un libro

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Portada de Picture Post, 3 de abril de 1948. Ilustraba un reportaje fotográfico que presentaba el aprendizaje del habla por parte de un niño sordo como una historia de superación, acorde con el énfasis oralista de la época.

Bell, señala Booth, tenía matices en su pensamiento y al principio mostraba cierta flexibilidad. Pero con el tiempo se fue distanciando cada vez más de la comunidad sorda y de sus críticas.

"Había personas sordas intentando convencerlo de que cambiara de opinión", cuenta. "Tenía evidencia delante de él, incluso en su propia escuela, de que el sistema no estaba funcionando. Y aun así siguió adelante".

Y añade: "Tenemos que reconocer que ignoró deliberadamente el conocimiento de la cultura sorda y ayudó a impulsar un movimiento que terminaría aplastándola".

La visión dominante de la sordera tardaría casi un siglo en cambiar.

Durante mucho tiempo se consideró una deficiencia médica que debía corregirse.

Pero en la década de 1960, el lingüista William Stokoe demostró lo que tantos se habían negado a reconocer: la lengua de señas tenía una estructura gramatical compleja y completa. Era, en todos los sentidos, un idioma.

Al establecerlo con evidencia científica, su trabajo empezó a transformar el campo de estudio de la sordera y contribuyó a un cambio profundo de perspectiva.

Las personas sordas comenzaron a ser reconocidas y a reconocerse no como pacientes que necesitaban rehabilitación, sino como miembros de una minoría lingüística y cultural, con una lengua propia y una identidad colectiva.

Hoy, la llamada cultura sorda se entiende como una comunidad con tradiciones, valores y formas de comunicación propias.

Y ese cambio también ha obligado a revisar el legado de Bell.

Su trabajo científico y tecnológico sigue siendo admirable. Pero para muchos, las consecuencias de sus ideas educativas dejaron una huella demasiado profunda para ignorarla.

Como dice Booth: comprender el contexto histórico es necesario, pero no basta para absolverlo.

"Nada lo excusa".

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BBC

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