"Sintió un pinchazo en el muslo. Volteó y vio a un hombre detrás suyo que se disculpó y dejó caer un paraguas".
Estas son las palabras de Annabel Márkov al referirse a su marido, Gueorgui Márkov, un disidente, periodista y escritor búlgaro.
El 7 de septiembre de 1978, Márkov, de 49 años, esperaba el autobús en el puente de Waterloo, en el centro de Londres, cuando fue pinchado con un paraguas.
Cuatro días después falleció en el hospital.
Los médicos diagnosticaron inicialmente una septicemia.
Sin embargo, los investigadores pronto se dieron cuenta de que se trataba de un asesinato político perpetrado mediante una técnica altamente sofisticada que también se había empleado contra otro exiliado búlgaro.
La viuda y el hermano mayor de Márkov relataron en 1979 al programa Panorama de la BBC cómo un hombre anónimo les había advertido, meses antes de su muerte, que Márkov iba a ser envenenado.
Asimismo, el antiguo jefe de un escuadrón de asesinatos de la KGB y con un ex coronel del servicio secreto búlgaro —ambos hablando públicamente por primera vez en la BBC— responsabilizaron del asesinato a los niveles más altos de los gobiernos de Bulgaria y la Unión Soviética.
En los días posteriores a la muerte de Márkov, la unidad antiterrorista británica halló una pista que los convenció de que había sido víctima de un complot de asesinato singular.
"En el laboratorio forense de Scotland Yard, el jefe científico examinó un diminuto objeto metálico que se había encontrado en el muslo de Márkov", relató el periodista de Panorama Michael Cockerell.
"Bajo el microscopio, quedó claro que el objeto era un proyectil extraordinariamente sofisticado, no mayor que la cabeza de un alfiler. Presentaba cuatro orificios minúsculos que, según la convicción de los expertos forenses, habían contenido una cantidad ínfima de un veneno letal".
Envenenado con ricina
Los científicos de Porton Down —el centro británico ultrasecreto de investigación de guerra química y microbiológica— consideraban que la causa de la muerte de Márkov había sido la ricina, una toxina extremadamente letal.
Según Panorama, nunca antes se había utilizado esta sustancia para cometer un asesinato en Gran Bretaña.
Otro exiliado búlgaro podría haber sido atacado de forma similar diez días antes de que Márkov fuera agredido.
Vladimir Kostov había sentido un dolor agudo en la espalda al salir del metro de París junto a su esposa. Sufrió fiebre alta durante tres días, pero logró recuperarse.
Tras enterarse de la muerte de Márkov, Kostov se sometió a una radiografía de la espalda, la cual reveló la presencia de un diminuto objeto metálico.
En una clínica de París, un cirujano lo operó bajo la supervisión de un agente de la policía francesa que vestía bata y mascarilla quirúrgicas.
"El cirujano tuvo que extremar las precauciones. Extrajo la perdigón metálico sin llegar a tocarlo en ningún momento", contó Kostov a la BBC.
Posteriormente, el objeto fue entregado a un inspector de Scotland Yard y trasladado a Inglaterra para su análisis.
Mediante el uso de un microscopio electrónico de barrido de alta potencia, los expertos de Scotland Yard analizaron el perdigón extraído de la espalda de Kostov y descubrieron que era idéntico al hallado en el cuerpo de Márkov.
"Ambos perdigones pesaban exactamente lo mismo", señaló Cockerell.
"Los orificios estaban situados en los mismos lugares y ambos estaban fabricados con una aleación poco común de platino e iridio que el cuerpo humano no rechaza".
Los toxicólogos de Porton Down detectaron anticuerpos contra la ricina en los tejidos de Kostov y concluyeron que había sobrevivido porque la cantidad de veneno contenida en el perdigón había sido insuficiente.
La sofisticada técnica empleada —sumada a los indicios de ataques coordinados— convenció a Scotland Yard de que un servicio de inteligencia estatal había desempeñado un papel en la muerte de Márkov.
Un detractor del gobierno búlgaro
Márkov, novelista y dramaturgo que había gozado de gran reconocimiento en su país natal y se movía en los círculos de la élite gubernamental, había desertado de la Bulgaria comunista en 1969.
Tras establecerse en Reino Unido, se convirtió en un firme detractor del gobierno búlgaro y trabajó tanto para el Servicio Mundial de la BBC como para Radio Free Europe (RFE), una emisora del gobierno de Estados Unidos en Europa.
Annabel Márkov relató que habían recibido advertencias sobre un complot para asesinar a su marido; según declaró a la BBC, un hombre se había puesto en contacto con Gueorgui en mayo de 1978.
"Estuvieron hablando en búlgaro durante toda la velada. De vez en cuando, Gueorgui se volvía hacia mí y me decía en inglés: 'Es extraordinario lo que cuenta este hombre’".
Según Annabel, aquel desconocido afirmó que se había tomado la decisión de asesinarlo al más alto nivel político de Bulgaria, debido a su marcado carácter crítico en RFE.
Nikolai, el hermano de Márkov, corroboró esto al revelar que había recibido una llamada en septiembre de 1977.
"Un hombre me llamó diciendo que se había tomado la decisión de matar a Gueorgui, de eliminarlo sin dejar rastro", le dijo a la BBC.
"Al principio no lo creí. Parecía absurdo, imposible. Pero aquel hombre me dio detalles muy concretos que no dejaban lugar a dudas. Me dijo que Gueorgui sería envenenado sin falta en la primera oportunidad (…) que ya se había trasladado a Europa Occidental algún tipo de veneno o bacteria; no sabía exactamente cuál".
"Un crítico abierto"
Tras mudarse a Reino Unido, Márkov siguió siendo una figura conocida en su país gracias a sus intervenciones en Radio Free Europe (RFE), donde emitía programas semanales sobre cómo era realmente la vida en las altas esferas de la sociedad búlgara.
Uno de sus programas se titulaba "La vida tras las cortinillas", en referencia a las pequeñas cortinas situadas en los laterales y la parte trasera de los Mercedes negros oficiales.
Ofrecía una imagen —entre el chisme y la denuncia contundente— del abuso del poder absoluto en el país, relatando casos de nepotismo, irregularidades financieras y corrupción.
Aunque el gobierno búlgaro negaba oficialmente que las emisiones de Márkov tuvieran repercusión alguna, la BBC descubrió que al presidente búlgaro, Tódor Zhívkov, le molestaba profundamente una reveladora serie de charlas de Márkov titulada "Mis encuentros con Tódor Zhívkov".
"Supimos que estaba furioso por las charlas de Márkov sobre sus encuentros con él", comentó Kyril Panov, locutor búlgaro de RFE.
"[Márkov] hablaba de temas que, por así decirlo, eran tabú en Bulgaria; asuntos sobre los que el régimen prefería guardar silencio y que el público no debía conocer".
Zhívkov había gobernado Bulgaria desde 1956 y mantenía vínculos muy estrechos con la Unión Soviética; describía la relación entre ambos países como la de dos pulmones en un mismo cuerpo, alimentados por el mismo torrente sanguíneo.
Expertos creían que los soviéticos debieron de haber estado implicados en el asesinato de Márkov.
Stefan Sverdlov, coronel de la policía secreta búlgara hasta que desertó en 1971, declaró a la BBC en 1979: "Cada departamento de la Darzhavna Sigurnost [servicio secreto búlgaro] está controlado por un asesor de la KGB —a veces llamado 'tío’— que informa directamente a Moscú (…) Es inconcebible que esto pudiera haberse hecho sin que los rusos lo supieran".
Además, según Nikolai Khokhlov, antiguo jefe de un escuadrón de asesinatos de la KGB, el método empleado apuntaba a una implicación soviética.
"La técnica es (…) ridículamente sofisticada", afirmó.
"Eso me indica que los agentes que planificaban la operación intentaban complacer a alguien de las más altas esferas".
El ataque mortal contra Márkov se perpetró el día del cumpleaños de Zhívkov.
Tras la caída de la Unión Soviética, salió a la luz que la KGB había desarrollado un paraguas capaz de inyectar perdigones de ricina en la víctima.
Asimismo, dos antiguos oficiales de la KGB que desertaron declararon posteriormente que su organización había colaborado en el asesinato, aunque este fue ejecutado por un delincuente italiano cuyo nombre en clave era "Piccadilly".
Nadie fue jamás acusado del asesinato de Márkov.
Bulgaria cerró el caso en 2013 por falta de sospechosos, pero en Reino Unido la investigación sigue abierta.
El hecho habría beneficiado a los soviéticos de más de una manera, tal como señaló el exoficial del KGB Khokhlov a la BBC en 1979.
Más allá de la muerte física, habría tenido un gran impacto psicológico en los disidentes en el extranjero generado por "el temor a no estar protegidos por la distancia ni por los sistemas de seguridad de Occidente", aseguró.
Y añadió: "La acción equivale a acercarse a alguien por detrás y susurrarle al oído: 'Podemos atraparte cuando queramos. Podemos matarte’".
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