Es una de las rivalidades más longevas de la historia contemporánea. El país más poderoso del mundo frente a una isla de menos de 10 millones de habitantes.
Estados Unidos y Cuba están enfrentados desde que triunfó la revolución socialista de Fidel Castro, hace más de seis décadas.
En este tiempo ha habido una invasión apoyada por la CIA, la amenaza de una confrontación nuclear y varias crisis migratorias.
Generaciones de cubanos y estadounidenses han vivido marcadas por un antagonismo político que no se desbloquea.
Durante las últimas décadas, ambos países mantuvieron una calma tensa con altibajos.
Pero el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca en 2025 disparó las tensiones.
Su gobierno endureció el embargo económico vigente desde los 60, al que La Habana atribuye gran parte de sus desafíos, y tomó medidas para dificultar que Cuba reciba combustible del exterior.
Esto se suma a la crisis energética, económica y social que ya arrastraba la isla, agravada tras la caída del apoyo venezolano que sucedió a la captura de Nicolás Maduro en una operación militar estadounidense a comienzos de enero.
Trump advierte que Cuba "está a punto de caer", a la vez que asegura que su administración y La Habana negocian una salida del impasse.
Es un escenario que genera incredulidad, a pesar de que el presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, reconoció contactos entre ambas administraciones.
Quienes han sido testigos de la enemistad entre Washington y La Habana están acostumbrados a que cualquier acercamiento se frustre.
Pero, ¿cómo nació la rivalidad entre ambos vecinos?
Derecho a intervenir
El 15 de febrero de 1898, un acorazado estadounidense llamado Maine explotó en el puerto de La Habana. Más de 260 tripulantes murieron.
Tras el hundimiento, un Tribunal de Investigación Naval de EE.UU. concluyó que la nave había sido destruida por una mina submarina.
Las sospechas recayeron sobre España, entonces inmersa en una guerra contra rebeldes cubanos que peleaban por su independencia desde 1895.
En abril, EE.UU. intervino militarmente en la lucha, dando inicio a la Guerra Hispano-Estadounidense que precipitó el fin de la soberanía española sobre Cuba tras más de cuatro siglos de colonia.
En 1976, una investigación posterior de la Armada norteamericana concluyó que la explosión probablemente fue causada por un incendio interno que detonó la munición del barco, y no por una mina española o un sabotaje.
Luego de la derrota de España, la economía, infraestructuras e industrias de Cuba estaban devastadas por la guerra.
El país necesitaba reconstruirse y aquí EE.UU. jugó un papel fundamental.
"Empresarios norteamericanos encontraron oportunidades a precios muy modestos. EE.UU. entró de forma directa en la economía cubana", le explica a BBC Mundo el profesor Michael Bustamante, de la Universidad de Miami en EE.UU.
Entre 1898 y 1902, Cuba funcionó como un protectorado estadounidense. No consiguió su independencia formal hasta 1902.
Sin embargo, su primera Constitución vino con letra pequeña.
En concreto, un apéndice llamado Enmienda Platt que rigió entre 1901 y 1934 y que, en la práctica, mantuvo a la isla bajo la influencia directa de Washington.
"Era una república independiente, pero con un grado de control externo claro en la política por parte de EE.UU., que se arrojaba el derecho a intervenir en los asuntos internos de Cuba", dice Bustamante.
El artículo 3 de la Enmienda consentía explícitamente a EE.UU. la posibilidad de ejercer ese derecho.
Fue ese mismo documento el que permitió, por ejemplo, instalar la base naval de Guantánamo que hasta hoy sigue activa y bajo control estadounidense.
La Revolución de Castro
Para los años 50, la industria doméstica y el capital cubano habían recuperado peso en la economía nacional, pero esta seguía teniendo una enorme influencia de empresas norteamericanas.
Industrias clave como el níquel, la electricidad, las telecomunicaciones y las finanzas contaban con una destacada participación estadounidense.
La relación económica y política era estrecha entre ambos vecinos. Por las calles de las principales ciudades se veían letreros de Coca-Cola y autos norteamericanos de último modelo que hasta hoy circulan.
En la isla convivían la prosperidad y el lujo con la desigualdad y la corrupción.
En 1952, Fulgencio Batista, un militar que había gobernado Cuba democráticamente entre 1940 y 1944, dio un golpe de Estado y tomó el poder.
Su gobierno se caracterizó por su autoritarismo y persecución y abusos contra la oposición.
Esto agravó un descontento creciente en sectores de la población por los problemas que acusaba la isla y por la injerencia de EE.UU., país que respaldó a Batista al igual que a otros gobiernos autoritarios cubanos como el de Gerardo Machado entre 1925 y 1933.
"EE.UU. mantenía una relación neocolonial sobre Cuba en muchos sentidos. El sentimiento contra la dominancia norteamericana se daba no solo en sectores izquierdistas, sino de diversas ideologías", cuenta Bustamante.
Entre la oposición había sectores que pretendían volver al status quo previo al golpe batistiano, mientras que otros abogaban por una reforma nacionalista de la economía que redujera la dependencia estadounidense.
Es en este segundo grupo donde empieza a destacarse Fidel Castro, un joven abogado y líder político de ideas socialistas que creía en la mayor soberanía del país y que vio en las armas una forma de hacer revolución.
Tras un primer levantamiento armado fallido en 1953, por el que cumplió casi dos años de cárcel y se exilió en México, Castro regresó a fines de 1956 junto a otro joven argentino revolucionario, llamado Ernesto "Che" Guevara, y 80 hombres más.
Los rebeldes organizaron una guerra de guerrillas en el oriente del país. En poco más de dos años la insurreción se extendió por toda la isla.
En la madrugada del 1 de enero de 1959, Batista tomó un avión y huyó a República Dominicana.
Siete días más tarde, Castro y los llamados barbudos entraron triunfantes en La Habana con gran apoyo popular.
La revolución se había puesto en marcha.
Oleada de nacionalizaciones y embargo
El divorcio entre Cuba y EE.UU. no fue automático.
"De hecho, había personas en el Departamento de Estado que creían que Castro era un simple nacionalista y querían buenas relaciones con el nuevo gobierno", recuerda Bustamante.
A comienzos de los 60, sin embargo, dos eventos fracturaron el vínculo.
Primero, una reforma agraria lanzada por Castro que proponía nacionalizar parte de las tierras controladas por EE.UU.
Bustamante aclara que todavía no se trataba de una idea comunista porque no pretendía expropiarlo todo. "Era más bien una visión de capitalismo reformado", describe.
Pero las alarmas estadounidenses se empezaron a prender poco después, con la visita del diplomático soviético Anastas Mikoyan a Cuba para firmar acuerdos con el gobierno.
El mayor rival geopolítico y económico de EE.UU., la Unión de Repúblicas Socialistas Soviética (URSS), ganaba terreno en su patio trasero.
Uno de los acuerdos entre La Habana y Moscú fue intercambiar azúcar cubano por crudo ruso.
¿El problema? Varias refinerías en Cuba eran estadounidenses.
"Cuando EE.UU. ordenó a sus compañías negarse a procesar el petróleo ruso, el gobierno cubano intervino las refinerías y las nacionalizó", dice Bustamante.
Washington respondió recortando la cuota de azúcar que Cuba tenía garantizada en el mercado norteamericano y Moscú reaccionó convirtiéndose en el principal comprador de azúcar cubano.
Esto provocó la primera fase del embargo económico estadounidense, a lo que La Habana contestó con la nacionalización total de industrias y negocios norteamericanos.
Para enero de 1961, la ruptura de relaciones se consumó y Castro inició el giro socialista de su revolución.
Los años más tensos
Los meses siguientes fueron de máxima tensión.
En abril de 1961, unos 1.500 combatientes, en su mayoría cubanos exiliados opositores de Castro, arribaron a Cuba con apoyo de la CIA en aviones y buques para derrocar a Castro.
Fue la llamada invasión de Bahía de Cochinos, aplastada por las fuerzas cubanas en tres días en el sur del país tras el retiro del apoyo aéreo a última hora por parte del presidente estadounidense John F. Kennedy.
El fracaso fortaleció a Castro, quien agudizó su propuesta socialista.
Esto, según la Oficina del Historiador del Departamento de Estado estadounidense, hizo que Kennedy reevaluara su política hacia Cuba.
Desde Washington se implementó un nuevo programa encubierto llamado Operación Mangosta para conseguir lo que la invasión de Bahía de Cochinos no logró.
La misión incluyó operaciones políticas, psicológicas, militares, de sabotaje e inteligencia, así como intentos de asesinatos contra líderes políticos clave, incluido Castro.
"La Operación Mangosta pretendía originar una situación insurreccional en Cuba que pusiese al país al borde del desastre, pero se hizo claro que las posibilidades de que un movimiento interno hiciese colapsar la revolución eran prácticamente nulas", le explica a BBC Mundo Oscar Zanetti, investigador de la Academia de la Historia de Cuba.
"Por lo que en marzo de 1962 se impuso la opción de una intervención directa de EE.UU. con el uso de todos los medios militares necesarios", añade Zanetti.
La pequeña Cuba necesitó defenderse y la URSS, entonces bajo liderazgo de Nikita Jrushchov, estaba dispuesta a apoyar.
En el verano del 62, informes de inteligencia estadounidenses reportaron un aumento de envío de armas soviéticas a Cuba. En octubre, un avión tomó fotografías y descubrió la instalación de misiles en la isla.
Se había desatado la Crisis de los Misiles, lo más álgido de la Guerra Fría.
Durante 13 días, el mundo se asomó a una posible confrontación nuclear entre las grandes potencias de la época con Cuba en el medio.
Tras intensas negociaciones, la crisis se resolvió y la URSS retiró sus misiles de Cuba.
Pero la herida y desconfianza heredadas fueron enormes.
El gobierno cubano consolidó su adhesión al bloque socialista de la URSS y Europa del Este, alejándose todavía más de su vecino del norte.
Décadas de impasse
El historiador cubano Rafael Rojas define las décadas entre mediados de los 60 y los 90 como de "distensión" entre EE.UU. y Cuba, llegándose incluso a producir negociaciones y colaboraciones en temas migratorios y de seguridad.
Eso no implicó que Cuba no continuara conteniendo la hegemonía estadounidense en el hemisferio.
Por la Casa Blanca pasaron varios presidentes demócratas y republicanos y en La Habana se consolidó el sistema socialista de partido único liderado por Fidel Castro.
La Revolución cubana también inspiró a movimientos de izquierda en la región: desde las guerrillas colombianas en los años 60, hasta el sandinismo en los 80 en Nicaragua y la revolución bolivariana en Venezuela a finales de los 90.
Durante este periodo, la migración fue un punto de conflicto y cooperación a la vez.
Desde 1959, EE.UU. dio un trato preferencial a migrantes cubanos, incentivando la salida de disidentes y quienes buscaban condiciones de vida alternativas.
Esto sucedía tanto por vías regulares, como también, muchas veces, a través del mar y en embarcaciones precarias.
Son especialmente notorios los episodios del Mariel, cuando 125.000 personas salieron rumbo a Florida después de que Castro abriera las puertas del país a todo aquel que quisiera irse.
Y la crisis de los balseros en 1994, cuando tras colapsar la URSS en 1991 Cuba quedó sumida en una crisis económica severa.
El descalabro generó protestas fuertes e inusuales. Ante la presión, Castro reabrió fronteras y unas 35.000 personas partieron hacia EE.UU.
Esto llevó a Washington a ajustar su política migratoria e implementar la doctrina de "pies secos, pies mojados" que decía en la práctica que quien llegaba a suelo estadounidense podía quedarse y quien era interceptado en el mar era devuelto.
Los 90 también supusieron el endurecimiento de las medidas contra Cuba.
La implementación de la llamada Ley Helms-Burton de 1996 añadió más restricciones a la economía y codificó el embargo, de forma que solo puede anularse bajo aprobación del Congreso y no basta una orden ejecutiva presidencial.
Condicionado por el embargo y víctima de sus propias restricciones y deficiencias productivas, el país caribeño se volvió extremadamente dependiente del turismo y hasta hoy no consigue sacudirse del todo el varapalo de los 90.
Resolución congelada
Desde 1994 hasta hoy, la relación sigue sin restaurarse, aunque ha habido momentos de mayor y menor cercanía.
Fidel Castro cedió el poder en 2006 tras enfermarse de gravedad y su hermano Raúl lo reemplazó.
Bajo el gobierno de Raúl Castro y la presidencia de Barack Obama, ambos países dieron un paso hacia una normalización en 2015.
"Ya desde 2013, a raíz de medidas de liberalización económica por parte de Raúl, EE.UU. y Cuba comenzaron a negociar con intermediación del papa Francisco y la iglesia católica cubana", recuerda el historiador Rojas, del Colegio de México.
Tras el llamado "deshielo" de 2015, se reabrieron las embajadas, se levantaron restricciones de viajes y se dio un aperturismo económico que esperanzó a quienes demandaban cambios.
Pero la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca en 2017, meses después del fallecimiento de Fidel Castro, supuso el desmantelamiento de esa apertura.
Y con su regreso en 2025, el embargo, las presiones y restricciones sobre la isla se han endurecido aún más, así como la tensión entre ambos países.
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