Un grupo de hombres desnudos en un baño tradicional japonés.

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Los sento encarnan la idea japonesa de la "amistad desnuda".

Pocas ciudades hacen que el futuro y el pasado se sientan tan presentes como Tokio.

Rascacielos iluminados con neón se alzan sobre templos centenarios; trenes bala pasan a toda velocidad junto a jardines japoneses cuidados con esmero, y cafés con robots conviven con negocios familiares que llevan generaciones en funcionamiento.

Pero puede que no haya mejor lugar para experimentar la singular mezcla de innovación y raíces antiguas de Tokio que dentro de Konparu-yu, un sento (baño público japonés) de 163 años de antigüedad.

Un visitante primerizo podría pasar de largo fácilmente frente a Konparu-yu sin darse cuenta.

Oculto entre un mar de torres modernas de cristal, restaurantes con estrellas Michelin y exclusivos grandes almacenes del elegante barrio comercial de Ginza, un estrecho callejón conduce a una discreta entrada señalada por una linterna tradicional y una cortina noren de índigo desgastado.

Al apartar la cortina, desvestirme y sumergirme desnudo en una bañera humeante, inicio una de las experiencias más singulares que ofrece Japón.

Una tradición de 1.200 años de antigüedad

Los sento han desempeñado un papel clave en la vida cotidiana de los japoneses durante más de 1.200 años.

Surgidos con la expansión del budismo en el siglo VIII, cuando limpiar el cuerpo y el espíritu se consideraba un deber esencial para servir a Buda, estos edificios con forma de templo se popularizaron durante el periodo Edo (1603‑1868) y se extendieron por todo el archipiélago japonés.

Como la mayoría de la población no tenía bañera en casa, el sento local —literalmente "baño de monedas"— ofrecía un lugar asequible para asearse y, al mismo tiempo, socializar con amigos y vecinos.

"En el Edo, cuando la sociedad estaba fuertemente dividida por clases, los baños públicos eran de los pocos espacios donde samuráis, comerciantes y trabajadores podían bañarse juntos", explica Shinobu Machida, investigador de la cultura de los baños japoneses. "Los samuráis dejaban sus espadas antes de entrar. Una vez dentro, todos volvían a ser simplemente personas".

Siglos después, ese sentido de "hadaka no tsukiai" ("amistad desnuda"), donde todos están desnudos e iguales, sigue vigente en Konparu-yu. Fuera, la mayor metrópolis del mundo puede resultar frenética y parecer obsesionada con el estatus; dentro, relojes y bolsos desaparecen en las taquillas, los cargos y salarios se disuelven en el vapor, y personas de todas las profesiones comparten el mismo baño.

Con los años, he compartido las aguas de Konparu-yu con clientes habituales de edad avanzada, trabajadores de oficina, jóvenes creativos e incluso visitantes extranjeros. Sus tranquilas piscinas ofrecen una imagen perfecta de la vida en Tokio, entre el pasado y el presente.

Entrar en Konparu-yu es también —muy literalmente— sumergirse en la cultura japonesa. Aunque no hay dos sento exactamente iguales, los visitantes siguen siempre la misma etiqueta tradicional: dejar los zapatos y las pertenencias en taquillas de madera, lavarse a conciencia y entrar después en una sala separada por sexo.

En el interior, desconocidos se sientan unos junto a otros en el mismp agua humeante, casi en silencio, y saludan a las caras conocidas con un discreto "konnichiwa" (hola). El cabello largo se recoge, las toallas se mantienen fuera del agua y las voces bajas, en una muestra del entendimiento compartido de que —en el sento, como en Japón en general— todos deben respetar normas sociales no escritas para preservar un ambiente tranquilo y armonioso.

Un sento especial

Aunque cientos de sento se dispersan por las afueras de Tokio, Konparu-yu es uno de los últimos que sobreviven en el centro de la ciudad.

Este baño público está en Ginza desde 1863 y, a lo largo de los años, ha visto desde su ubicación privilegiada cómo la ciudad crecía, ardía y se transformaba.

Ginza suele considerarse la cuna del Tokio moderno. Cuando Japón se abrió a Occidente tras siglos de aislamiento autoimpuesto al final del periodo Edo, el barrio se reconstruyó con edificios de ladrillo y amplias avenidas. Para la década de 1930, se había convertido en el centro de la cultura urbana de Tokio, lleno de cafeterías, teatros y salas de jazz.

Los visitantes perciben esa historia acumulada incluso antes de entrar en el baño.

Tras recorrer las pulidas avenidas de Ginza, llenas de rótulos de marcas internacionales, la calle Konparu parece una cápsula del tiempo: una estrecha vía empedrada que concentra pequeños restaurantes, bares y comercios tradicionales gestionados por vecinos. A pocos pasos del sento, una antigua tubería de agua de madera de la época Edo y algunos ladrillos del desarrollo inicial de Ginza permanecen a la vista, casi ocultos.

Como el propio Tokio, Konparu-yu también sufrió las turbulencias del siglo XX. El edificio original fue destruido durante el bombardeo incendiario de marzo de 1945 durante la Segunda Guerra Mundial, cuando gran parte de la capital quedó reducida a cenizas, y volvió a levantarse en su ubicación original en 1957.

Con la reconstrucción de Tokio en las décadas posteriores, muchas viviendas nuevas incorporaron baños privados. Como consecuencia, el número de sento en la ciudad —y en todo Japón— ha disminuido de forma constante durante décadas.

Para atraer a nuevas generaciones, muchos propietarios han modernizado estos espacios con diseños contemporáneos, han recurrido estrategias en redes sociales e incluso a bares con cerveza artesanal en su interior.

Akihiro Fujimoto, residente en Tokio que ha visitado numerosos baños públicos, cree que lo que hace único a Konparu-yu es su fidelidad a la tradición. Los visitantes encuentran al personal en un "bandai" (mostrador de recepción) elevado de madera, las salas de vestuario mantienen taquillas clásicas del mismo material y en las zonas de baño, separadas por género, se disponen pequeños taburetes de plástico.

"Konparu-yu se mantiene fiel al sento clásico de Tokio. Los baños son sencillos, el agua es más caliente que en la mayoría y el ambiente conserva el espíritu de la ciudad de hace décadas."

Tras sumergirme en la bañera a 43°C junto a un grupo de clientes habituales de edad avanzada, apoyé la espalda en los azulejos lisos y alcé la vista hacia un mural pintado a mano de la cumbre nevada del monte Fuji.

Debajo, otro mural de porcelana Kutani representaba carpas koi de cuerpo robusto que nadaban en un estanque, con escamas en tonos rojo oscuro, amarillo y azul cobalto.

De vuelta en la zona de vestuarios, otra pared decorada mostraba gorriones y patos que volaban a través de las estaciones, desde los cerezos en flor hasta las hortensias y las hojas de arce en tonos rojizos.

Estos paisajes de inspiración natural —especialmente los que muestran la montaña más emblemática de Japón— constituyen uno de los rasgos distintivos de los sento tradicionales, ya que ayudan a transportar a los bañistas a un estado de calma casi meditativo.

Sin embargo, como apenas quedan unos pocos maestros muralistas especializados en este tipo de obras, estos murales icónicos se han vuelto cada vez más difíciles de encontrar.

Para quien lo visita por primera vez, los azulejos pueden parecer meramente decorativos. Pero, según el historiador de los baños Shinobu Machida, reflejan una tradición propia de Tokio que transforma espacios cotidianos en oasis elaborados e inesperados, donde los habitantes pueden evadirse del bullicio de la ciudad.

"Si el baño consistiera solo en lavarse, no habría sido necesario pintar el monte Fuji ni decorar las paredes", afirma. "El propietario de Konparu-yu quería que la gente común viviera algo extraordinario."

Un segundo hogar

Más de un siglo después, ese sentido de evasión sigue atrayendo a la gente tras la cortina índigo de Konparu-yu.

Kaho Nagashima, trabajadora en Tokio, cuenta que visita Konparu-yu con tanta frecuencia que se ha convertido en un segundo hogar para ella. "Antes de ir a casa, paso por aquí y desconecto", explica. "Es un lugar donde reflexiono sobre el día y organizo mis pensamientos. El ambiente tradicional me ayuda a relajarme."

La periodista afincada en Tokio Emiko Yodogawa afirma que había estado en Ginza más de 100 veces antes de descubrir este "oasis en la ciudad".

"No tenía ni idea de que existiera un baño tradicional así en pleno Ginza", dice. "Poder quitarse el sudor por unos pocos cientos de yenes (unos US$3,40) en pleno Ginza es algo por lo que estoy realmente agradecida."

En mi última visita, terminé quedándome en Konparu-yu mucho más tiempo del previsto.

El tiempo parecía desvanecerse mientras observaba cómo el vapor se elevaba bajo el cráter del monte Fuji pintado a pincel.

Cuando finalmente salí de nuevo a las calles de Ginza, la ciudad seguía avanzando a toda velocidad.

Pero, detrás de una antigua cortina noren, Tokio me recordó que su futuro siempre ha dejado espacio para su pasado.

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