Andy Burnham asume este lunes como el séptimo primer ministro de Reino Unido en un período de solo 10 años, tras la renuncia de Keir Starmer que estuvo dos años en el cargo.
Burnham, antiguo alcalde del Gran Mánchester, ganó un escaño en el Parlamento Británico en las elecciones extraordinarias del pasado junio, con el objetivo de disputarle el liderazgo a Starmer, que había perdido la confianza del Partido Laborista.
Alcanzó el poder sin competencia alguna, tras recibir el apoyo de 379 parlamentarios laboristas, lo que hizo innecesario una elección interna del partido.
El próximo mandatario de Reino Unido ha prometido cambiar la dirección política del laborismo a la vez que llevará las riendas de todo el país.
Sin embargo, debe estar consciente de que el puesto puede ser efímero, teniendo en cuenta lo sucedido en la última década: cinco de sus seis antecesores renunciaron al cargo antes de completar sus mandatos y solo uno fue derrotado en las urnas tras un breve período en el poder.
Por si alguien tiene dudas, esto no es lo habitual en la política británica. Si aún no está convencido, considere lo siguiente: desde que se creó el cargo de primer ministro en el siglo XVIII, la duración media de los mandatos de quienes lo han ocupado ha sido de unos cinco años.
Sin embargo, en la última década, esa cifra se ha reducido a apenas 18 meses.
¿A qué se debe esta extraordinaria rotación? Naturalmente, existen motivos particulares en cada uno de los seis casos.
David Cameron dimitió tras convocar y perder el referéndum sobre la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea (UE) en 2016.
Theresa May también fue víctima del Brexit. Los diputados rechazaron reiteradamente su propuesta de acuerdo para la nueva relación con la UE, hasta que su posición se volvió insostenible.
Boris Johnson fue apartado del cargo debido, sobre todo, a cuestiones relacionadas con su carácter, integridad y criterio; sus propios compañeros conservadores consideraron que se había convertido más en un lastre que en el activo electoral que fue en su día.
Liz Truss cayó debido a la reacción de los mercados financieros ante sus planes de recortes fiscales, los cuales —a juicio de los inversores— carecían de los fondos necesarios para financiarlos.
El último conservador de la lista, Rishi Sunak, fue el único que perdió el puesto tras ser derrotado en unas elecciones, apartado por unos votantes hartos de catorce años de gobiernos conservadores.
En cuanto a la última víctima, Starmer, su salida se debió a la pérdida del apoyo de los diputados del Partido Laborista (en el gobierno), quienes consideraron que su profunda impopularidad suponía una amenaza considerable para esa organización polítIca.
Sin embargo, más allá de estas historias individuales de caída en desgracia, parece haber algo más profundo en Reino Unido que está tornando su política en una más brutal y encarnizada, y a sus votantes más polarizados e implacables.
¿Qué más está ocurriendo?
Un descontento más profundo
Las encuestas, los grupos de discusión y los testimonios anecdóticos sugieren que existe entre los votantes la sensación de que los políticos no están abordando tres causas fundamentales de descontento popular.
La primera es el estancamiento del nivel de vida. Este doloroso fenómeno se remonta a la crisis financiera mundial de 2008.
Así que, al analizar por qué Reino Unido ha tenido siete primeros ministros desde 2016, bien podríamos situar el punto de partida en aquel momento.
Para poner esto en contexto, cabe señalar que el nivel de vida no se estancaba de esta manera desde las guerras napoleónicas, a principios del siglo XIX.
Cuando la gente atraviesa dificultades económicas y siente que los gobiernos no cumplen esa promesa sagrada —aunque tácita— de que la siguiente generación vivirá mejor que la anterior, no es de extrañar que el ambiente sea tenso y hostil.
Un dato preocupante para cualquier político es que los sondeos indican que el pesimismo económico ha alcanzado su nivel más alto desde 1978, una época marcada por la elevada inflación y los conflictos laborales.
El segundo factor es la sensación de que nada funciona correctamente en Reino Unido. La percepción de que los servicios públicos —ya sea el transporte, la justicia o cualquier otro ámbito— no están dando la talla.
Esto es, por supuesto, consecuencia en parte del mismo bajo crecimiento económico que provoca el estancamiento del nivel de vida.
En este caso, la falta de crecimiento ha privado a los sucesivos gobiernos de los recursos necesarios para invertir en infraestructuras y en otros aspectos que la ciudadanía valora, como la educación y la sanidad.
El tercer factor es la preocupación generalizada por la cohesión social, o más bien por la falta de ella.
Las encuestas sugieren que más del 80% de la población considera que el país está dividido.
A su vez, muchas personas atribuyen esa sensación de división a los elevados niveles de inmigración de las últimas décadas y al fracaso —según la opinión de algunos— de ciertas comunidades ya establecidas a la hora de integrarse.
Además, con razón o sin ella, muchos votantes creen que los últimos primeros ministros simplemente no comprenden su indignación ante la forma en que, a su juicio, ha cambiado el país.
Dicho de otro modo: Reino Unido, al igual que otros países europeos, sigue lidiando con el desafío de cómo convivir en una sociedad multirracial, multiétnica, multicultural y plurinacional.
Quizás otro aspecto que ha cambiado —y en esto Reino Unido no es una excepción— es que la gente no solo está enfadada por diversas cuestiones, sino que muestra su malestar sin tapujos.
Ya sea por culpa de las redes sociales o de otros factores, la ciudadanía se exhibe abiertamente hostil hacia políticos concretos, incluidos los primeros ministros, de una manera que habría resultado impensable hace tan solo unos años.
¿Un país ingobernable?
¿Se ha vuelto el país, de algún modo, ingobernable? ¿Es esa la razón por la que tendrá ahora su séptimo primer ministro en diez años?
La mayoría de los políticos no llegarían tan lejos.
Sostienen que, si bien gobernar se ha vuelto más difícil en un mundo complejo y ante una población más fragmentada y dividida, no es imposible.
Sin embargo, dado que seis primeros ministros no han logrado disipar el manto de pesimismo que parece cernirse sobre el país desde la crisis financiera de 2008 y el referéndum del Brexit de 2016, es lógico que exista escepticismo sobre si el séptimo, Andy Burnham, correrá mejor suerte.
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