¿Cuántas veces dejaste de hacer algo por miedo a lo que dirían? ¿Cuántas veces ensayaste una respuesta imaginando críticas que nunca llegaron? Si la respuesta es "muchas", no estás solo. Según el psiquiatra dominicano Luis Ortiz Hadad, ese patrón tiene nombre y consecuencias concretas: se llama sesgo egocéntrico, y puede estar limitando tu vida sin que lo notes.

En su más reciente artículo publicado en Acento.com.do, Ortiz Hadad plantea una paradoja incómoda pero liberadora: somos más valiosos de lo que sabemos, y menos importantes de lo que creemos.

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El error que casi todos cometemos

El sesgo egocéntrico es la tendencia a sobrestimar cuánta atención prestan los demás a lo que hacemos, decimos o sentimos. Para ilustrarlo, el autor recurre a una anécdota personal: llegó a una reunión con un zapato negro y uno marrón, convencido de que sería la burla de todos. Nadie lo notó.

"La mente imagina miradas que no existen", escribe Ortiz Hadad.

Cuando este sesgo se vuelve dominante, las consecuencias son medibles: ansiedad social, temor a las críticas, necesidad de aprobación constante y baja autoestima. Un círculo que se retroalimenta y que, según el especialista, muchas personas no logran detectar a tiempo.

Quién critica y por qué

Uno de los señalamientos más directos del artículo apunta a la naturaleza de quienes sí dedican tiempo a criticar o humillar a otros. "Quien emplea demasiado tiempo en criticarte o burlarse de ti podría tener más problemas que tú", sostiene el autor.

La lógica es simple: las personas que se sienten a gusto con sus propias vidas tienen poco interés en hacer sentir mal a los demás. En cambio, quienes viven sembrando malestar suelen cargarlo internamente. "Damos lo que tenemos", resume Ortiz Hadad.

Esta perspectiva desplaza la mirada del que recibe la crítica hacia el que la emite, y cambia radicalmente la forma de procesar el juicio ajeno.

La trampa de buscar aprobación

El artículo también aborda una contradicción frecuente: cuanto más se busca la aprobación de los demás, más difícil resulta obtener respeto genuino. "La necesidad de que nos manifiesten aprecio puede resultar irritante para los demás", advierte el psiquiatra.

En ese sentido, Ortiz Hadad distingue entre validación externa —útil pero no indispensable— y autoaceptación, que es el verdadero punto de partida para una vida más plena. Una sin la otra resulta insuficiente.

El peso de la infancia que no se va

Uno de los aportes más reveladores del texto tiene que ver con el origen de la autocrítica. Ortiz Hadad señala que los reproches que los padres hacían durante la niñez suelen convertirse, en la adultez, en la voz con la que nos juzgamos a nosotros mismos.

"Los padres son interiorizados en la adultez; aunque ya no estén a tu lado, podrían seguirte guiando desde tu interior", escribe. Reconocer ese mecanismo, sostiene, es clave para lo que llama inteligencia existencial: la capacidad de entender cómo nos formamos y elegir conscientemente cómo seguir.

El equilibrio que propone

Lejos de caer en el autoengaño o en la falsa modestia, Ortiz Hadad propone un punto de equilibrio concreto: cultivar la humildad de creerse poco importante y, al mismo tiempo, desarrollar la gratitud de reconocerse valioso.

"No eres el centro de atención de los demás, pero siempre serás el centro de tu propia vida; reconocerlo te da mucha paz. El mundo no gira a tu alrededor; tu vida, sí", concluye.

La metáfora con la que cierra el artículo lo dice todo: el violín más valioso del mundo, mal utilizado, produce ruidos espantosos. El instrumento no cambia. Lo que cambia es cómo se toca.

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