Admirar paisajes helados que serán cada vez más excepcionales con el calentamiento global, avistar pingüinos y cachalotes y experimentar los atardeceres polares son algunas de las experiencias únicas que atraen a cada vez más turistas en la Antártida. A pesar de que este continente al sur de nuestro planeta no pertenece a ninguna nación y que, según el Tratado internacional de Washington de 1959, debe ser dedicado exclusivamente a actividades pacíficas y científicas, se observa un boom del turismo en el continente helado.
Y es que, además de los cruceros para admirar los icebergs, las agencias de viajes se proponen hacer kayak entre los icebergs, bucear o incluso tomarse una copa de champaña en la banquisa. El elevado costo de los viajes – entre 5.000 $ y 100.000 $ para los tours más lujosos- no impide el aumento sustancial del turismo en este continente. Durante la temporada 2024-2025, se registraron cerca de 118.162 visitas en la Antártida -principalmente estadounidenses -, una cifra que se ha triplicado en una década. Y de estos miles de turistas, cerca de 90.000 de ellos pisaron el continente blanco.
Este boom del turismo antártico, sin embargo, ya tiene impactos en la nieve y pone en riesgo la tranquilidad y la salud de la fauna.
En este contexto, varias voces piden poner coto al turismo en este continente que pertenece a todos y a nadie al mismo tiempo. Aunque en la última temporada, la Asociación de Turoperadores de la Antártida (IAATO) observa una disminución del 5% del número de turistas, el científico Raúl Cordero teme que la curva siga aumentando de forma exponencial si no se pone límites al turismo. Desde la Universidad de Groningen, en Holanda, el climatólogo monitorea la contaminación y la calidad del aire en la Antártida gracias a datos de una de las estaciones científicas ubicadas en este continente.
“En la Antártida, de acuerdo, al texto del Tratado Antártico, es el continente de la paz y de la ciencia. Yo creo que tiene que mantenerse de esa manera y convertirlo en el continente de los ricos sería un error”, alerta Cordero, en entrevista telefónica con Radio Francia International.

“Todos los que van a la Antártica como turistas son personas ricas, observa el climatólogo”. “Entonces, convertir en Antártica en un resort de lujo es, digamos, no va en el espíritu del Tratado Antártico. El turismo antártico tiene que ser racionalmente acotado para minimizar los impactos”, recomienda el Cordero, quien ha realizado cerca de 15 misiones de exploración en la Antártida.
La huella de los combustibles fósiles
En 2022, el científico demostró -junto con otros colegas- que el continente blanco ya no era tan virgen como se pensaba. En un estudio publicado en la revista Nature, él y sus colegas demostraron la presencia de carbono negro de origen humano en la Antártica.
“Actividades humanas en general en Antártica, relacionadas con el turismo y la investigación, son muy intensivas en el uso de energía y utilizan mucho combustible fósil diésel, una fuente de carbono negro”, detalla Cordero.
“El carbono negro es material particulado fino que está al depositarse sobre la nieve oscureciéndola, y acelerando su derretimiento”.
Los científicos calcularon que cada turista en promedio es responsable de acelerar el derretimiento de hasta 200 toneladas de nieve. Una cifra que alcanza las mil toneladas para los científicos que visitan la Antártida.
Los científicos per cápita contaminamos cada vez que vamos en la Antártica, porque nosotros nos quedamos mucho más tiempo que un turista, y además utilizamos a veces equipo y maquinaria pesada para diversas actividades científicas”, concede Cordero.
“Esa es una de las razones por las que yo no he ido a la Antártica personalmente en años recientes, porque lo que nosotros hemos tratado de hacer en los últimos años, es mandar solo el número de científicos que realmente es necesario”, asegura.
El riesgo de transmisión de enfermedades
Por su lado, las empresas turísticas aseguran que tratan de minimizar sus emisiones de carbono con el uso de barcos híbridos. Interrogada por RFI, la Asociación de Turoperadores de la Antártida (IAATO) afirma tomarse “muy en serio” el riesgo potencial de transmisión de enfermedades a la fauna silvestre antártica. Sobre todo desde la epidemia de Covid y el brote global de influenza aviar.

“Además de las normas de distancia mínima para garantizar que los pasajeros y la fauna silvestre no entren en contacto directo, las medidas de bioseguridad en la zona del Tratado Antártico incluyen procedimientos de desinfección obligatorios antes y después de cada desembarque, utilizando desinfectantes biodegradables de amplio espectro”, indica la IAATO.
Los turistas que desembarcan en la Antártida deben limpiar a fondo su calzado, su ropa y su equipo para desinfectar y eliminar cualquier material orgánico para evitar traer agentes patógenos.
La detección de una cepa del virus de la gripe aviar H5N1 -altamente letal- en aves y mamíferos antárticos en los últimos años ha despertado las alarmas de la comunidad científica.
“Si el contacto entre humanos y animales es masivo, eso aumenta el riesgo de que haya también la posibilidad de que se traspase un virus entre la población animal y la población humana”, teme Raúl Cordero.
Un tema polémico
La protección de la Antártida será nuevamente un tema de discusión en la conferencia internacional del Tratado Antártico, que tiene lugar este año en Japón.
La limitación del número de turistas – tema que aún no genera consensos – y la suerte del pingüino emperador, una especie amenazada que las ONG ambientales llaman a proteger mejor, serán unos de los asuntos en la mesa de los representantes de los países firmantes del tratado.
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