RFI. Stéphane Audoin‑Rouzeau, usted es historiador, director de estudios en la EHESS y presidente del Centro Internacional de Investigación del Historial de la Gran Guerra. La guerra en Ucrania se prolonga y se enquista desde la invasión a gran escala lanzada por Rusia en febrero de 2022. Los europeos no supieron, o no quisieron, ver venir ese conflicto. Además, les cuesta imaginar que una victoria rusa en Ucrania bastaría para saciar a Moscú. ¿Son hoy los europeos capaces de concebir una guerra más amplia en su propio territorio?
En mi libro "Nuestra negación de la guerra" (Notre déni de guerre) explico precisamente que el distanciamiento respecto a la guerra tras 1945 llevó a los europeos a rechazar toda creencia en la posibilidad de un regreso de los conflictos armados al continente. Ese rechazo se vio reforzado durante la Guerra Fría, que comenzó a partir de 1946‑1947 pero que nunca se convirtió en un conflicto abierto. Los europeos, sobre todo los del Oeste, se instalaron en la idea de que la guerra había desaparecido del continente.
RFI. Pero ¿de dónde surge esa idea?
Es una ilusión muy arraigada y antigua. Se remonta al milenarismo medieval, a la idea de que un tiempo de paz implicaría la desaparición de la guerra. A partir del siglo XVIII, los proyectos de paz perpetua reforzaron esa creencia en un futuro sin conflictos. Las dos guerras mundiales no la destruyeron; en cierto modo, la intensificaron, sobre todo en los años noventa con la desaparición de la Unión Soviética y el fin de la Guerra Fría.
RFI. Vladimir Putin ha calificado la caída de la Unión Soviética como el mayor trauma geopolítico de la historia de su país, algo que ha alimentado un profundo resentimiento. ¿Por qué?
La Unión Soviética, el "monstruo" —como lo llamaba el sociólogo francés Raymond Aron en los años cincuenta—, se derrumbó sin una sola gota de sangre en Europa. Y no vimos dos cosas. Primero, la humillación que eso representaba para la Unión Soviética y, por extensión, para Rusia como Estado sucesor. Segundo, no vimos que esa Rusia derrotada, retraída, que perdió más del 40 % de su población, en realidad nunca asumió su derrota. Putin se convirtió en el instrumento de ese resentimiento, del mismo modo que Hitler lo fue en Alemania tras 1918. Los europeos no quisimos verlo, especialmente hasta 2022. Antes de esa fecha, nos negábamos a creer en una agresión rusa contra Ucrania.
RFI. Sin embargo, hubo señales antes de 2022. ¿Cuáles eran esos indicios que Europa no quiso interpretar?
Sí, las hubo y fueron bastante claras. En primer lugar, los elementos retóricos: el discurso de Múnich de 2007, que marca una ruptura con Europa. Luego, la guerra en Georgia en 2008, la anexión de Crimea en 2014, la insurrección del Donbás apoyada por Rusia ese mismo año y la intervención en Siria, extremadamente violenta, que permitió prolongar el régimen de Assad durante una década. Frente a todo eso, ¿qué hicimos? Seguimos una política de apaciguamiento, comparable a la de los años treinta frente al nazismo. Francia, entre otros países, se alineó en esa lógica. En 2019, el presidente francés invitó a Putin a Brégançon. Viéndolo hoy, uno se pregunta cómo fue eso posible.
RFI. ¿Se puede establecer un paralelismo con la conferencia de Múnich de septiembre de 1938, cuando Francia y el Reino Unido aceptaron que la Alemania nazi de Hitler anexionara parte de Checoslovaquia, con la esperanza de evitar la guerra?
Sí, claramente hay algo de ese orden. Cuando los servicios de inteligencia estadounidenses advirtieron, antes del 24 de febrero de 2022, de la inminencia del ataque ruso contra Ucrania, no quisimos creerlo. ¿Por qué? Porque nos parecía irracional. Pensábamos que un dirigente racional no haría algo así. Pero la racionalidad en tiempos de guerra no es la misma que en tiempos de paz. Existen temporalidades distintas. El poder ruso ha entrado en otra temporalidad, y nosotros tenemos que admitir que también lo hemos hecho. Es, de hecho, un tiempo potencial de preguerra.
RFI. Cuatro años después del inicio del conflicto, ¿esa forma de negacionismo sigue presente entre los europeos?
En Europa del Este se ha esfumado desde hace tiempo. Esos países se preparan para una posible confrontación con Rusia. En Europa occidental, en cambio, todavía estamos lejos de ese punto, al menos en las opiniones públicas. Los responsables políticos y militares saben perfectamente a qué se enfrentan, pero en la sociedad el paso de una temporalidad a otra resulta extremadamente difícil. Nuestro día a día actúa como un obstáculo que impide percibir la magnitud de la crisis. Un dato lo ilustra bien: una encuesta realizada a finales de 2025 y publicada en febrero de 2026 muestra que la principal preocupación de los europeos sigue siendo el poder adquisitivo, no la situación internacional. Y, sin embargo, todo depende de esta última. Aún no hemos invertido el orden de nuestras prioridades.
RFI. Hoy hay una serie de elementos que pueden sugerir que Putin no se encuentra en la posición más favorable. Algunos sondeos apuntan a un descenso reciente de su popularidad de entre 7 y 8 puntos. Además, varios indicadores económicos están deteriorándose. Un informe de los servicios de inteligencia europeos describe también a un presidente ruso más paranoico que nunca, que incluso temería un intento de asesinato. Por último, en el plano geopolítico, ciertos acontecimientos, como el fin del régimen de Orbán en Hungría o la derrota del Afrikakorps en Mali, pueden interpretarse como señales negativas. ¿Se puede concluir que la Rusia de Putin está debilitada?
Es una posibilidad. Pero también podemos estar buscando argumentos para tranquilizarnos demasiado deprisa. La popularidad de Putin ha podido disminuir, pero sigue siendo elevada en comparación con la de muchos dirigentes occidentales. En el plano militar, me temo que el tiempo juega en contra de Ucrania. Salvo un giro inesperado, será muy difícil recuperar el 20 % del territorio perdido. Eso constituye una derrota táctica, grave, en parte vinculada a la insuficiencia del apoyo occidental, incluso antes del inicio de la guerra. Sin embargo, en el plano estratégico, la situación de Rusia es distinta. Rusia no alcanzará su objetivo inicial, que era el sometimiento completo de Ucrania. En ese sentido, parece que está sufriendo una derrota estratégica, cuyos efectos ya empieza a pagar. Y eso es un elemento esencial: esa derrota estratégica debe ser lo más profunda posible. Los ucranianos probablemente están desempeñando un papel decisivo en ello, aunque eso no signifique que puedan ganar militarmente a corto plazo.
RFI. Para terminar, quisiera preguntarle sobre la posibilidad de un ataque ruso contra un país de la OTAN. Es una hipótesis que ha sido evocada por varios servicios de inteligencia occidentales, especialmente alemanes, de aquí a 2029. ¿Le parece un escenario realista?
Lo que es seguro es que los plazos se están acortando. Hace todavía algunos meses se hablaba de un horizonte de cinco años; ahora se habla más bien de dos o tres. Hay, por tanto, un claro estrechamiento del calendario. Cuando se leen, por ejemplo, los análisis del almirante Marc Vandier, se impone una idea: hemos entrado en un proceso de modernización de nuestros ejércitos, pero con el riesgo real de estar modernizando simplemente nuestra propia obsolescencia. Es decir, modernizamos, pero no nos transformamos de verdad. Estamos ante una auténtica y profunda metamorfosis de la guerra, pero en Occidente tenemos enormes dificultades para acompañar ese cambio. Por eso pienso que estamos entrando, de manera bastante evidente en un periodo extremadamente peligroso.
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